"...Para toda la vida no basta un solo amor,
tal vez el nuestro sea para toda la muerte..."

"Lady in the park"

Childe Hassam


 

Reseña biográfica

Poeta y ensayista español nacido en Granada en 1910.
Estudió Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad de Granada.
Su vocación poética se cristalizó a raíz de su amistad con García Lorca, Joaquín Amigo y Álvarez Cienfuegos. En 1930 se trasladó a Madrid convirtiéndose en la cabeza visible de la denominada "Generación del 36", y  en uno de los mejores exponentes de la "Poesía arraigada".
Fue además investigador de manuscritos del Siglo de Oro español y miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964.
Recibió entre otros, el Premio Nacional de Poesía de 1949 por «La casa encendida» y el Premio Nacional de Literatura en 1951.
Publicó su ensayo «Cervantes y la libertad, un estudio sobre la «Poesía de Pablo Neruda», además de importantes ensayos y antologías.
«El contenido del corazón», «Piensa mal y acertarás», «Segundo Abril», «Canciones» y «Como el corte hace sangre», son algunas de sus obras.
En 1982 publicó «Un rostro en cada ola», por el que obtuvo el Premio Cervantes.
Dirigió los famosos "Cuadernos Hispanoamericanos" y la revista "Nueva Estafeta" hasta su fallecimiento ocurrido en 1992.  ©


 

A mi me gusta tu tos

Algo queda en el aire

Autobiografía

Ayer vendrá                        

Bajo el limpio esplendor de la mañana

Con un temblor de nieve en la dulzura      

El andamio

El desvivir del corazón         

El espejo

El pecado

El trigo limpio a la sazón cortado    

¿En dónde empieza nuestra sombra?

En la noche final de la ausencia el poeta piensa en la amada y la lluvia los une

Esta lenta escisión de la carne y el cuerpo

Guardo luto por alguien a quien no he conocido

La absolución

La escarcha mutua

La espera forma parte de la alegría

La luz interrumpida

La ola inmóvil

La última luz     

Las alas ciegas

Lo que no quieras oír no lo preguntes

Lo que tú llamas "Quiéreme"        

Nadie es profeta en su espejo

Ola en calma es tu cuerpo         

Palabras para algo más que un dolor

¡Para toda la vida no!

Por amor

Primavera morena

Recordando un temblor en los bosques de los muertos
 
Representación en tres planos de una mujer

Un momento en el cielo

Una huella de violeta en la nieve

Verte, qué visión tan clara       

Vivir para ver

Y escribir tu silencio sobre el agua
       

Puedes escuchar al poeta en:
La voz de los poetas

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A media voz
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A MÍ ME GUSTA TU TOS

En la corriente alterna del jardín y el recuerdo
siempre que pienso en ti la ausencia me deslumbra,
es como un resplandor que se impone a mis ojos:
si los cierro me engañan, si los abro me angustian.
Ayer por la mañana vi la luna en el cielo
como dentro del agua, parecía una pregunta
hecha desde muy lejos; el jardín me recuerda
que vienes, con su asombro de musgo en la penumbra,
su sol pestañeando entre las ramas altas,
y en las ramas centrales su prohibición de fruta
corporal y latiendo bajo las hojas: es
cierto que estoy oyendo la silenciosa música
de tu cuerpo al andar y las magnolias dicen
que sí, que antes de ser redondas fueron tuyas.
Vuelvo a ver tu mirada como un pájaro ciego
que tiembla mientras vuela; tus manos son de juncia,
temo a veces pisarlas y
                                          tu
                                              cuerpo
                                                          es
                                                              un
                                                                  río
de
    amapolas
                   andando
                                  si
                                     me
                                           quieres.
                                                                Y hay una
sombra de hojas que caen y crujen lentamente
en tu voz al hablar como un terrón de AZÚCAR
CHASCA MIENTRAS SE QUEMA; y ríes como tosiendo,
un poco, nada más que un poco: a mí me gusta
tu tos, es lo más tuyo, y me parece ahora
mismo que he vuelto a oír en la alameda última,
igual que un trapo atado se rasga con el viento
su estrangulada y ronca iniciación de lluvia.

12 de agosto de 1976

 


 


ALGO QUEDA EN EL AIRE

Cuando estoy junto a ti,
siento la misteriosa sacralidad del cuerpo femenino
que al extenderse llena el mundo.
Es importante, desde luego,
sin embargo no basta;
hay que acercarse un poco, un poco nada más, para verte
       mejor,
y así comienzo a ver la implantación de tu cabeza sobre el
       hombro,
la frente todavía recibiendo el bautismo,
los ojos empezados y terminantes,
la boca tempranísima,
las orejas que tiemblan si te acercas a ellas,
¡es tan fácil temblar!
la piel premeditada por el sol,
el cabello y sus pájaros.
Y me inclino a pensar que nada es tan inútil como esta
       descripción,
pormenorizada,
pues la belleza pertenece al conjunto y el atractivo es
       personal,
los rasgos siempre son provisionales,
ya que se influyen entre sí como las notas de un acorde.

Cuando estoy junto a ti sé que no eres un sueño
y puedo recordar algunos gestos tuyos, pues los gestos son
       más estables que los rasgos.
Así recuerdo por ejemplo
la descarnada prontitud de tus manos que siempre dicen la
       verdad,
la manera de pintarte los ojos puntuándolos,
la sombra de tu cuerpo que se ha ido haciendo tan pequeña
       que ya no puede acompañarte,
y el gesto de perdón,
ese sobreseimiento que aparece en tus labios y empieza a
       hacerlos sonreír
en ese instante exterminador en que basta callar para acabar
       con todo.
Pero, escúchalo bien,
lo que prefiero, sobre todas las cosas,
es ese empiece,
esa espontaneidad que es lo mejor que tienes y hace que
       vivas lastimándote.

He podido observar que hay un momento en que la
noche se pone de tu parte,
y yo no sé si te das cuenta
de que estando contigo suelo quedarme lelo,
suelo quedarme ensimismado,
y esa única respuesta a tus palabras acaso es la bondad
       ha llegado a mi vida un poco tarde,
como al cortarse un tronco surge la desnudez de la madera,
sus capas temporales demuestran en la veta su unidad,
y ves su reciedumbre reducida a un olor,
un olor que se entrega hasta desvanecerse, pues en ello
consiste su programa vital,

por lo que tú más quieras no lo olvides.

Es fácil comprender que un olor es igual que un recuerdo,
algo deja en nosotros,
y ahora estoy preguntando ¿cuánto puede durar un olor en
       el aire?
Sus horas, sus minutos, sus segundos no pueden calcularse,
       pero su duración es evidente;
y un olor en el aire dura toda su vida.
Y esto me viene a recordar
que ésta es la situación vital en que se encuentran los
       amantes,

por lo que tú más quieras no lo olvides.

Pero no te preocupes,
no la cambio por nada,
para volver a darte la vida que me queda
me basta preguntar qué sería yo si no te hubiera conocido.

2o de agosto de 1977

 


 


AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

 

 

AYER VENDRÁ

La tarde va a morir. En el camino
la flor de las acacias se deshace
al impulso del viento. Entre las ramas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol. La tierra huele,
comienza a oler, no cabe
ya dentro de sí misma y se levanta:
ahora hay tierra en la tierra y en el aire.
Y hay un bardal con sol; hasta él llegamos;
la sombra es el resumen de la tarde.
Te he sentido llorar. No sé a quien lloras.
Hay un humo distante
-un tren que acaso vuelve- mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.

 

 

BAJO EL LIMPIO ESPLENDOR DE LA MAÑANA

Bajo el limpio esplendor de la mañana
en tu adorado asombro estremecido
busco los juncos del abril perdido;
nieve herida eras tú, nieve temprana

tu enamorada soledad humana,
y ahora, Señor, que por la nieve herido
con la risa en el labio me has vencido,
bien sé que la tristeza no es cristiana.

¿No era la voz del trigo mi locura?
Ya estoy solo, Señor -nieve en la cumbre-,
nieve aromada en el temblor de verte,

hombre de llanto y de tiniebla oscura,
que busca en el dolor la mansedumbre,
y esta locura exacta de la muerte.

 

 

CON UN TEMBLOR DE NIEVE EN LA DULZURA

Con un temblor de nieve en la dulzura
de la sombra morena y sonrosada,
en tu pálida carne lastimada
ceñida está la luz por la blancura.

Luz sola desde el llanto a la tersura,
azucenas de nieve desvelada,
y el aroma del mar en tu mirada
de claveles y arcángeles clausura.

Te hace el amor severa la tristeza,
la mano el agua y el laurel el ruego
que en su dorada perfección te inmola.

La intensidad mantiene la pobreza,
y en la mansa ribera del sosiego
todo está en ti, que permaneces sola.

 

EL ANDAMIO

Te he dicho innumerables veces que nosotros  no
       somos únicos
ni mucho menos,
por diversas razones, entre otras
porque nunca quisimos disfrazarnos de amantes,
y además no tenemos esos ojos que se asemejan a una
       pantalla,
en la cual
todos cuantos se miran sienten su conversión;
quiero decir,
que por el hecho de mirarnos
se convierten sin más ni más en televidentes,
y empiezan a vivir,
paralíticos y necrosándose,
en la televisión de la mirada.
No es eso, por supuesto,
y nadie va a pedirnos cuentas de nuestra alegre podredumbre,
ya que no nos ha sido necesario llevar un tren en el bolsillo,
ni queremos que todas las semanas llegue la primavera,
ni hemos juzgado a nadie,
y cuando hablamos con amigos nunca estamos inquietos
como anguilas escurridizas
esperando la menor ocasión para hacer la del humo.

Muchas cosas nos hacen diferentes,
es cierto,
pero no somos únicos
ni nos hemos sentido culpables,
ni siquiera llevamos una escafandra sobre el sexo
para hacer el amor sin ahogos;
y por si todos estos razonamientos fueran inútiles,
que lo son,
puesto que hay que contar con la inutilidad de casi todo lo
       que hacemos,
fuerza es reconocer
que no tenemos lepra ministerial,
ni hemos sido tan ordenados
que pudiéramos anunciar nuestra defunción en la tarjeta de
       visita,
ni llevamos una hormiga en la lengua que nos haga reír a la
       hora justa.

Y tú sabes que en esto estriba nuestra suerte,
nuestra corriente alterna,
ya que somos mortales y vivimos la limosna diaria
y contamos los años por latidos y somos
laminaciones de estupor,
ceniza indivisible y volandera
pero ¡qué importa esto!
qué nos importa lo que pueda venir si la mentira es una
       prórroga,
y nosotros no queremos mentir,
no nos queremos prorrogar,
no lo necesitamos para ser contumaces como dos seres que
       se aman,
como dos tartamudos que se apoyan para encontrar su
       identificación en una sola sílaba,
en una sola huella
o en una sola lágrima
que se va desplazando entre nosotros hasta que se convierte
       en una lágrima dialogada,
mientras se juntan nuestros labios
con esa lenta espontaneidad con que se van uniendo los
       bordes de una herida,
y nuestros corazones suben una vez más,
con esfuerzo testarudo y discípulo,
un amor
o un andamio,
un andamio de huesos que nos lleva a esa altura donde la
       mesa se hace pan
y todo queda vinculado,
mientras sigues subiendo como puedes,
un amor compartido
o un andamio,
ese andamio de juntura y perdón en que consiste la alegría.

3 de agosto de 1976

 

 

EL DESVIVIR DEL CORAZÓN

Mi soledad termina en tu latido.
Tú eres mi compañero;
mi relój de morir que late solo;
mi corazón de Dios dentro del pecho.
¿Recuerdas? Yo contaba tus latidos
como un llanto de ciego,
como un corte en el césped, como un rastro
de lluvia en el espejo,
siempre hacia atrás viviendo la alegría,
para encontrar mi propio sentimiento
desnudo y anterior y en aquel punto
en que el labio de Dios lo está diciendo
ya para siempre. Sí, pero ¿hacia dónde
me llevaba tu mano, compañero
de la esperanza nuestra, que desvives
llorándola volviendo
hacia la sed del mar, que ya la cubre
de sal y de silencio?

(La fronda estremecida, bajo el agua
se quiebra; un viento quieto
va gastando en las hojas la hermosura
que aún era alegre ayer; los troncos viejos,
innumerablemente sucesivos,
se doblan bajo el lento
movimiento mortal del agua viva
-del pie que al caminar borra el sendero-,
y se borran mis huellas en el alma
llevándolas volviendo
siempre hacia atrás, hasta dejar soñado,
y en la mano de Dios cuanto fue nuestro.)

¡Contigo siempre! Sí, pero ¿hacia dónde
me llevará tu mano, compañero?
Sobre el mar sólo queda la esperanza;
debajo de ella el tiempo,
el retrasado corazón que busca
en su propia ceniza el fundamento
de mi vivir; las olas
van y vienen y van; dime, ¿no es cierto
que no vives mi vida, que no vives
la vida que me das?; ¿ dime latiendo
si me has de acompañar cuando mi muerte
tenga la edad de Dios sobre el sendero?;
dime, ¿qué voluntad mueve la tuya?;
dime, ¿volverá el tiempo
a dividir las aguas que ahora cubren
madera, cima y cielo
del bosque agonizando donde nunca
se pierde un niño, ni se olvida un sueño?;
dime, ¿ cuándo sabré que hemos vivido
la misma vida, corazón, si ciego
siempre, pierdes el tino
cuando la luz deslumbra tu silencio,
y quiebras en mis ojos la mirada
con un desprendimiento,
con un temblor de tierra interno y loco
que me arrastra contigo sangre adentro,
contigo y hacia ti, que desvarías
confundiendo hoja y mar, camino y cielo?

 


 


EL ESPEJO

El tiempo es un espejo con distintas imágenes
que brillan en su fondo como una procesión de fuegos fatuos
hasta que el humo las dispersa,
y entonces
siempre ocurre lo mismo:
aparece tu rostro,
y sé que para verte tengo que hacer un gran viaje desde mis
       ojos a los tuyos,
y desvivir distancias, advertencias y defunciones,
pues sólo puedo verte traspasando un espejo
y se astilla el cristal cuando paso por él,
y cada esquirla es una herida,
y vivir es tan sólo un espejo sangrando,
un espejo que se vuelve a quebrar todos los días cuando
       paso por él para mirarte,
porque no hay solución,
no hay claveles adrede,
y al romperse el espejo se multiplican las imágenes
y apareces en todas ellas como eres:
radiante y casual,
pero no puedo verte,
no te veo,
pues en el fondo de mis ojos queda un poco de humo.

Esto es lo que me pasa,
porque el humo me llama por mi nombre,
habla mi propia lengua,
para hacerme saber que todo lo profundo es doloroso,
y hay que ser consecuentes con el humo,
llevarle de la mano mientras quede en el aire una vedija,
pero esto no es tan fácil, pues al hacerlo muchas veces,
puedes quedar desencarnado,
como si te estuvieras viendo en un espejo que se deshiela;
y por esta razón vivimos juntos
mientras nacen las cosas si las tocas,
y van haciéndose reales,
contributivas,
tuyas, porque te quiero tanto,
de tal modo
que me sangran los ojos al mirarte como si todo lo que nos
       une fuese una despedida.

 

 

EL PECADO

A Pedro Lorenzo

Cuando te desentierras en el sueño todo está siendo lo que es,
y al despertar todo se hace impreciso,
pues ya sabes
que el recuerdo es un tacto,
y el tacto tiene a veces una forma adivinatoria
que permite palpar la oscuridad
como las manos se adelantan cuando caminas en la sombra.
Esta mañana al despertarme
la penumbra del cuarto formaba una pantalla,
y
alumbrando lo oscuro igual que brilla una luciérnaga,
vi en ella un solo ojo,
un ojo solo muy castaño y muy tuyo,
que no sabía mirar,
que no podía mirar,
y se movía, por dentro, como se aclara el agua con la luz;
y el ojo estaba sobre el aire,
y yo lo estaba viendo sobre mí
creciendo y arropándome
hasta llenar la habitación y tener la estatura del miedo;
y recuerdo,
también,
que en aquel ojo recién naciendo que alumbraba la habitación
parecía llenarla de agua incólume,
se hizo primero una tensión interna,
y luego una fisura,
y después un vacío que ocupaba el lugar que había tenido
       la pupila,
y aquel vacío llenaba el mundo y era el centro del ojo,
y en el centro del ojo, como se mueven unas cortinas,
fueron apareciendo unas figuras,
unas sombras que iban en busca de su cuerpo,
y
ponían
en mis ojos
como un sello,
el mundo de tu infancia,
el túnel de tu infancia triste y emborronada.

Lo que piensas, sucede,
y
por eso,
cuando estoy a tu lado prefiero recordarte como se cuelga
       un cuadro a tientas,
un cuadro que se clava en las paredes del corazón
para que no cambie de sitio,
ni haya en tu cuerpo o en tus ojos
alguna variante;
y no va a haberla,
amiga mía,
porque en tu rostro sólo ha quedado impreso al contraluz,
       algo que no se sabe bien si es una huella,
o una súplica,
o una perseverancia de procesión de pueblo en donde sólo
       habitan niños;
y recuerdo que el pueblo se llamaba Pilatos,
y los niños marchaban en hileras,
y cada hilera desfilaba por uno de tus ojos,
y los niños llevaban la inocencia en la mano
y andaban con los pies entristeciéndose en la arena,
y tenían en los ojos ese chisporroteo con que las lamparillas
       de aceite se consumen,
y el pueblo aquel,
¿no lo recuerdas?
tenía esa angustia de cal húmeda que hay en las casas donde
       han encarcelado a un inocente,
y había junto a la era un pozo seco
y una luz en el cielo de mirada acabándose,
y a las mujeres no les servía el acento circunflejo para nada
       o para casi nada,
y las calles se barrían únicamente con las olas,
y el pueblo por la noche se lavaba las manos en el mar .

¿No recuerdas que a veces encontramos una persona
cuya infancia podemos reconstruir
por una sola huella que queda en su mejilla
igual que un esqueleto puede reconstruirse por sólo un hueso
       suyo?
pues bien,
del mismo modo,
cuando estoy junto a ti recuerdo o adivino
que alguna vez te he visto en el paseo,
hace ya muchos años,
y andabas en la plaza igual que si bajaras una escalera
porque mientras vivimos hay siempre una escalera en nuestra
       sangre,
y es preciso bajarla,
y algunas veces los escalones se terminan,
y a pesar de ello hay que seguir bajando.
Y luego te recuerdo cuando eras niña aún
y empiezo a comprender que ya entonces querías perseverar
       en algo,
en algo tan humilde como olvidar las letras de tu nombre,
los años de tu vida,
las campanas,
y olvidar,
sobre todo,
la incomunicación de aquellas casas sin paredes,
de aquellas casas hechas con papel de periódico,
de aquellas casas perentorias
que sucesivamente fuiste habitando en tu niñez.

Esto es lo que subsiste
en esa huella de perseveración arrinconada que tienes en los
       ojos
y me hace que al mirarte
te siga viendo aún en aquel pueblo,
desnudita y cubierta con un vestido huérfano
que se acortaba más con cada paso tuyo.
Y siempre te veo así
cuando vas a la playa y hay tapias que te siguen,
y se van levantando en torno tuyo para impedirte ver el mar,
y cada uno de tus pasos tiene su propia tapia,
su propia cesantía,
y tú estás esparcida lo mismo que una concha recién pisada,
y no te puedes reunir con nadie porque nadie te ve,
pero no puedes encerrarte,
no puedes enterrarte todavía,
y pretendes salir,
y quisieras jugar pero no hay niños,
y quisieras andar pero no hay calles,
no hay árboles mirándote,
no hay más que tapias, tapias que cada vez se hacen más altas
y más impeditivas,
en los ojos que a veces tienes que recoger del suelo,
y en tus piernas de humo,
y en tus manos de juncos apretándose,
que van sobreponiéndose
hasta que ya no pueden reducirse más,
hasta que ya no puedes reducirte más
como si el aire fuera una desilusión que hubieran hecho a tu
       medida.

Los hombres necesitan la inocencia para vivir a costa de ella
y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote,
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iban atando
       a una columna
y allí seguías atada al día siguiente,
una vez
y otra,
y otra
porque la infancia es una puerta que camina,
es una puerta abierta que camina y camina en la noche
hasta que llega ese momento en que hay que defenderse por
       sí mismo,
hasta que llega ese momento en que es preciso echar a andar,
       ¡sea como sea!
tienes que recordarlo,
amiga mía,
tienes que recordar que, al fin, dentro de ti se astilló algo
y deseaste ser culpable para no seguir sola.

Esto era lo que el mundo esperaba de ti,
y apenas lo empezaste a desear,
apenas comenzaste a sentir ese cambio como si fuera una
       liberación,
tus manos fueron destrabándose,
y tu cuerpo reunió sus migajas,
y tus piernas corrieron ligerísimas comenzando a sentir la
       firmeza del suelo.
Entonces conseguiste llegar hasta la playa
y allí,
junto a lo libre,
para que todo acabara de una vez,
para no seguir siendo una niña distinta,
una niña lacrada,
te hincaste de rodillas en la linde de la marea,
y te bañaste poco a poco,
y te bañaste lustralmente,
para lavar entre las olas
ese pecado que es más viejo que el mundo,
ese pecado que nunca echa raíces,
ese pecado virgen que consiste en no ser culpable y nadie
       quiere perdonar.

15 y 16 de agosto de 1976

 

 

EL TRIGO LIMPIO A LA SAZÓN CORTADO

El trigo limpio a la sazón cortado.
Dame tu mano, amor, corza en olvido.
Vida y dulzura en el silencio erguido
por ausencias de mar enajenado.

¿En qué playa de cielo abandonado,
toda cántico y mar restablecido,
con ternura de azándar has sentido,
violado el cielo y con razón violado?

Aroma de temblor mi terca frente
tu limpio abril en el espacio abierto.
Sólo un esfuerzo y su misterio cierto

me ordenará en el ruego, dulcemente,
remeros de la sombra en la corriente
ciñen su lago en el candor del puerto.

Abril de 1935


 

¿EN DÓNDE EMPIEZA NUESTRA SOMBRA?

Sabes que llega un día en que el suelo que pisas se
       convierte en pared,
ésta es la gran lección
y la medianería que separa los muertos de los vivos;
los extremos se tocan,
no podemos salir de su contigüidad,
más tarde o más temprano
en cada orilla queda un muerto nuestro.

14 de agosto de 1978

 

 


EN LA NOCHE FINAL DE LA AUSENCIA
EL POETA PIENSA EN LA AMADA Y LA LLUVIA
LOS UNE

Nada tengo de ti, sólo una lenta
comunidad de sombra en la mirada,
y esta necesidad desesperada
que crece sin yivir muerta y violenta.

Dura la sombra hasta que viene el día
y el sol entre los hombres se reparte,
¡qué color tendrá el ojo al contemplarte
si así lo enciende ya tu cercanía!

Mis ojos que en el viento están impresos
miran la noche ya crecer empieza
este quieto empujón de la tristeza
que gasta el andamiaje de mis huesos.

El alba es la inocencia de la aurora,
cuando venga la luz vendrá contigo,
la lentitud del cielo es un castigo
y una habilitación que siento ahora.

Si el sol andando a pie viene en mi ayuda,
aún le falta su luz a la mañana,
no puedo verte y la memoria es vana,
no puedo hablarte y la palabra es muda.

La ausencia tiritante y aleada
se acorta convirtiéndose en espera,
si ceniza de ayer es la ceguera,
ceniza de esperar es la mirada.

La noche que es inútil como un ruego
va maniatando al mundo en su atadura,
y deja en el mirar la quemadura
de ti que me hace verte o me hace ciego.

Para volverte a ver sólo es preciso
que el lucero del alba empiece el vuelo
sobre La Golondrina, y en el cielo
haya un lento deshielo circunciso.

Tengo la sangre convertida en plomo
y la esperanza convertida en fe,
vivir para mirar sin saber qué,
mirar para temblar sin saber cómo.

Si el cielo dice que la luz vendrá
el sol está esperando todavía...
¡qué fuerza le da al hombre la alegría!,
ando tu sombra que en el suelo está.

Los ojos viven lo que están buscando
y hablo en voz alta para estar contigo;
puedo decir: Vendrás, y si lo digo
mañana es sólo una palabra andando.

¿En la lluvia mis manos reconoces?
tal vez nos está uniendo en sus extremos,
yen este mismo instante ya tenemos
un solo corazón que habla a dos voces.

No puedo más, no puedo más, la cita
que hace girar al cielo ya no ceja,
y vienes con la luz como se deja
una palabra en el papel escrita.

El tiempo lañador y transitivo
va dejando en el aire tu traslado;
ya nos empieza a unir y ya ha empezado
la extraña gloria de sentirme vivo.

La ausencia es una luz interrumpida,
el cielo palidece y azulea,
y el sol que nos alumbra, nos recrea;
la espera terminó; llega la vida.

22 de agosto de 1977

 

 


ESTA LENTA ESCISIÓN DE LA CARNE Y EL CUERPO

No es la vida, es la carne lo que siento,
la carne silenciosa y sucedida
que me empieza a dictar su propia vida
y me ha legado el cuerpo en testamento.

4 de agosto de 1978

 

 

GUARDO LUTO POR ALGUIEN A QUIEN NO HE CONOCIDO

Como la ausencia es un cristal que no se empaña
estoy viendo tus ojos cuando cierro los míos.
Vienen desde el dolor
y continúan mirándome igual que siempre me miraron:
desde lo abierto de la herida,
y tienen un color de tabaco quemándose,
de tabaco con miedo,
y ahora estoy recordando que los ví de repente como se abre
       una grieta en la tierra.
Parecían una sala de hospital,
una sala vacía,
y me miraban ya con ese mandamiento que es igual que una
       esponja,
una esponja que ha enjugado el dolor muchas veces,
deletreándolo,
para que sus distintos elementos no vuelvan a reunirse
y ya nada en la vida nos pueda doler junto.

Y recuerdo también que aquella noche
-creo que era el 29 de septiembre-
tus palabras eran de lluvia,
y
sin embargo
en ellas pude ver hasta la sombra de tus huesos.
Y nada habría podido interrumpir aquel diálogo
en que me hacías vivir la primogenitura de la muerte
como si la quisieras compartir conmigo,
y tus ojos me miraban lavándome
el estupor a tientas que es la vida,
y por eso tal vez se hizo una luz extraña,
se hizo una luz que me hizo recordar
nuestra muerte contigua,
la muerte junta y grande que llenaba dos cuartos separados
       por un tabique de rasilla,
y se ha quedado quieta entre nosotros,
de una vez para siempre y para nunca.

Algo evadido nos unía:
era el olor que inundaba los cuartos,
los pasillos,
las paredes blancas y refractarias,
un olor ácido y adhesivo como un esparadrapo
que se pegaba a nuestros labios y hacía de cuando en cuando
       titilar nuestros ojos,
atándonos las manos y los años
con su lengua caliente
y su estertor.

Nada en la vida es gratuito;
lo que no se recuerda se acaba,
y para no acabarme
te voy a recordar que estábamos entonces en el Sanatorio
       Puerta de Hierro,
en la planta primera a la derecha,
viviendo cada cual una postrimería
en las habitaciones encristaladas que dan junto al jardín.
Yo velaba a un poeta,
un amigo indeleble que nunca había podido sostenerse a sí
       mismo,
que nunca tuvo manos,
y ya entonces, en marzo, sólo tenía un muñón de palabras
       agónicas:

-No sé como es igual lo diferente pero todo es lo mismo.
La poesía tiene cáncer. Hay palomas vividas
y no es eso, no es eso. Los hijos se disipan en la niebla.
Sólo quiero decirte que no me gusta despertar
y ya no voy a hacerlo. ¿Me comprendes?
Estoy siempre cayendo y el despertar hace más brusca la
       caída.
Ayúdame a morir un poco. Un poco nada más. Basta con
       que me oigas.
Sólo me queda Dios,
es como un perro que me lame y me limpia la vida y las
       palabras.
Cuando me calle puedes decir amén.
No interrumpas mi muerte. No necesito nada.


Allí en la habitación donde estábamos solos
oíamos siempre un mismo ruido,
un pequeño jadeo legitimado y horadante
que se ahondaba cada vez más,
y a fuerza de escucharlo
comenzamos a sentir el temor de que se interrumpiera con
       el alba.
Era un paso de viento entre hojas secas que llenaba la
       garganta arañándola,
y que alguien retenía con todo el cuerpo
como el fuego se ahoga cuando lo quieres apagar.
La frecuencia termina siendo amor,
y aquel sobrante de agonía,
aquella anhelación,
aquella tos que iba vaciando a un hombre,
hacían más ancha nuestra vida
y queríamos saber su procedencia,
su desdibujamiento en el rostro de alguien,
mientras lo estábamos escuchando
con esa suspensión, casi deshabitada, que se suele sentir
       cuando pasamos por un puente.
Una gota en el ojo borra el mundo
y aquel jadeo, fraternalmente indivisible, fue siendo poco a
       poco mi reloj de vivir,
mi huella medianera,
mi memoria nocturna,
y como lo que no se ve crece continuamente hasta
       manifestarse,
hoy es la punta de un taladro
que ha terminado por socavar mi corazón y el muro.

Esa muerte contigua que nos acompañaba sin conocernos
ha sido el arcoiris del dolor,
y me ha hecho guardar luto,
tienes que recordarlo,
tienes que recordar que yo he guardado un luto tuyo como
       si me vistiera con tu piel,
que yo he guardado luto queriendo acompañarte,
durante mucho tiempo,
durante mucha vida,
por un hombre que amabas y sólo he conocido mirándote a
       los ojos,
y viendo esa manera de esperar que me duele como una llaga,
como una llaga jovencísima y compartida
que hemos vivido juntos,
que hemos llevado entre los dos
y que quizás por ello,
amiga mía,
puedas seguirme encristalando el dolor de vivir.

9 y 10 de agosto de 1976

 

 

LA ABSOLUCIÓN

«Si tú me lo pidieras»,
si tú me lo pidieras cuando llegue esa hora
en que la vida empieza a hacer preguntas sin respuesta,
como se hace un raspado de matriz
o se pone en las venas una inyección de aire,
y después,
pero inmediatamente,
oyeses algo más terminante aún:
una respuesta sin pregunta;
y el viento caminara con muletas,
y el mar dejase a nuestras plantas
sus indefensas olas de puntos suspensivos,
y todo ese mañana que hemos vivido juntos
se hiciera sibilante y disimulador
como las ruedas de un tren chirrían cuando se pone en
       movimiento,
y la rosa de un solo pétalo se convirtiera en una serpiente
       coral,
que levantara su cabeza,
lela y bamboleante,
de tu cuerpo a mi cuerpo
como se cierra una interrogación.

Esto puede ocurrir,
esto puede ocurrir a cualquier hora,
no me digas, que no, quizás va a acontecer
mañana o esta noche
mientras las ramas y las hojas caen,
las hojas y las horas,
y se quedan suspensas en el aire romo se borra en la
       memoria una advertencia inútil,
pues
de algún modo,
amiga mía,
ese asombro que siento junto a ti
ya no es vivir sino velar tu cuerpo.

Y sin embargo,
si tú me lo pidieras,
si tú me lo pidieras aunque ya fuese al despedirte,
si
    yo
         pudiese oírlo,
aunque fuera una sola vez,
tal vez sería posible que la carne agrietada se volviera a
       juntar como se juntan en el labio unas palabras de
       perdón,
y la vida ya no sería un gurruño,
y el cuerpo que aún me queda sonaría,
comenzaría a recuperarse como un río se evapora,
y se convierte en un temblor dialogado y concéntrico
sobre la piel tirante de tu vientre
cuando llega esa hora en que la absolución es algo más que
       una palabra,
cuando llega esa hora
en que despierta al fin el jardín de los pájaros,
y siento que sus alas me golpean en el rostro
buscando la salida y hallando la alegría,
y el cuerpo se hace música,
música tiritante,
una vez
y otra vez,
con su empujón de lluvia y de violetas húmedas,
hasta sentirme tuyo,
hasta nacerme,
ya
     que
            si tú me lo pidieras,

no sé cómo,

pero si tú me lo pidieras,
en ese instante mismo nacería.

4 de agosto de 1976

 

 


LA ESCARCHA MUTUA

¿No piensas tú que todo ha sido un sueño,
pues no es posible que sea real esta ventura infinitiva
       que nosotros tenemos,
y llena nuestras vidas igual que el aire llena una habitación,
sin dejar un vacío,
ni una sombra de nieve en nuestros labios?
¿No piensas tú que las imágenes del sueño son migajas de
       ayer,
humo que se deslíe de unas sombras
que hemos vivido en otro tiempo,
y tal vez
con distintos amantes que van superponiéndose en nuestros
       ojos
como el tronco de un árbol se hace con diferentes capas de
       madera?
¿No piensas tú que los amores que tuvimos,
los amores que hemos ido enterrando al largo del vivir,
se interfieren entrelazándose
y a veces son lianas de apretura y verdor
y a veces son de escarcha mutua?

Cuando te veo reír hay ocasiones en que no sé por qué te ríes,
por quién estás riendo,
y algunas veces,
de igual modo,
cuando se sobreponen nuestros cuerpos,
se me empaña la vista
ya que para llegar hasta tu origen
tengo que compartirte
-lo sé muy bien sabido-,
tengo que compartirte con distintas personas,
tus padres, tus amigos, tus amantes,
y sufro
y no me importa
porque tengo que hacerlo,
es necesario,
amiga mía,
lo mismo que al entrar por vez primera en una casa donde
       vas a vivir,
los ojos agolpados se quedan huérfanos de nacimiento
pues necesitan ver lo que no han conocido,
lo que no he conocido de tu vida anterior
y tengo que hacer mío pues ya me constituye por amarte.

La vida es una herencia sucesiva
y yo sé que he heredado tu cuerpo,
tus palabras,
tus sombras,
y por eso cuando estoy a tu lado
siento a veces una habilitación desconectada como si me
       movieran las raíces,
pero siento también una alegría hecha de imágenes
       superpuestas
que se organizan en mi memoria como un collage
y esto suele pasarme entrando en nuestra casa,
pues entonces recuerdo
que hemos vivido anteriormente
-¿con quién lo hemos vivido?-,
muy quietecitos en un diván
ligeramente verde y ahora estoy viendo otro ligeramente
       gris,
y los colores se confunden en mi retina,
y el tiempo se convierte en un hotel con las habitaciones
incomunicadas,
pues recuerdo,
y nunca dejo de recordar ,
que nosotros hemos estado muy quietecitos y muchas veces
en una casa ajena y con jardines que era una prohibición,
una casa con discos en las sillas y cartas de navegar en las
       paredes,
y en ella era imposible naufragar,
y nunca naufragamos,
ni podíamos hacerlo puesto que en el diván ligeramente
       verde
siempre estábamos saludándonos como los barcos se saludan
       en la lejanía,
y tú me hablabas a todas horas del mismo tema
pues el dolor es igual que el invierno,
y las palabras se iban quedando quietas en tu boca,
quietas y diluyéndose
como las flores en un vaso.

Hay nombres que es difícil recordarlos
y nombres que llevamos con nosotros como se lleva un traje,
pero no debes olvidar
que aquellos días eran de luto,
y así empezó nuestra ventura,
esta ventura un poco amordazada
que tuvo nombre ajeno en su partida de bautismo,
¡no puedes olvidarlo!
no puedes olvidar que la fidelidad a una agonía
hizo que nos amáramos de una manera extraña
igual que la respiración se convierte en silencio junto a una
       cama de hospital.
La muerte todo lo hermosea
y el luto iba creciendo entre nosotros,
creciendo y habitándonos,
y nuestros ojos se coagulaban al mirarse
porque durante mucho tiempo, amiga mía, fuimos los brazos
       de una cruz.
Así tenía que ser
ya que lo verdadero es como un río
y el agua va tomando la forma de su cauce;
así debía de ser
ya que lo verdadero es como un molde
que da su forma a todo lo existente
¡y hay tantas cosas en la vida que se viven así desde un
hueco anterior que las sitúa
y les da su lugar en la tierra!
y hay tantas cosas nuestras que nacieron de un hueco,
y no sé si han pasado, ¡no lo sé!,
pues sólo tú puedes decirme
si hay algo entre nosotros que no ha nacido para morir
y es perdurable,
lo mismo que ese nombre o ese hombre que dio su forma
       a nuestro amor
cuando sólo era un hueco bajo tierra,
esto es: una verdad,
que aún dice sus palabras en nosotros,
que aún vive, pero sólo entre nosotros, para siempre jamás.

20 de agosto de 1976

 

 


LA ESPERA FORMA PARTE DE LA ALEGRÍA

Cuando vuelvas
mis ojos estarán extenuados
como si en estos meses dejativos y transeúntes
nunca hubieran dejado de andar para mirarte.
La ausencia pesa tanto que es preciso convertirla en espera,
apaciguarla
igual que se hace un torniquete sobre el brazo para evitar la
       pérdida de sangre;
y ahora quiero decir
que en cada uno de los sitios en donde nos citamos
la esperanza de verte tiene un nivel distinto,
cada lugar tiene su profecía,
éste es el rito de la espera.
Dicen, amiga mía, «que el humo sabe adónde va»,
y por lo tanto en esta hora sólo tengo que hacer un
       sustraendo,
una ligera operación mental,
y recordar los ruiseñores absolutos,
las sombras disponibles,
los membrillos,
las llagas,
y así he llegado hasta tu calle,
y ahora me encuentro ante tu puerta
para quedarme quieto, sin llamar, porque la dilación forma
       parte de la alegría,
y sé que el corazón hay que reunirlo poco a poco,
hay que reunirlo prematuramente
para poder tenerlo junto en el momento necesario.

La puerta es un espejo que se mueve
y al acercarme
pesa tanto la mano que no la puedo levantar para tocar el
       timbre,
no llego hasta esa altura,
hay días en que la muerte está tan cerca que no se puede
       alzar la mano;
ya causa de ello
he iniciado el retorno
para seguir callejeando sólo un momento más,
sólo un momento,
detenido,
igual que el agua fría se bebe sorbo a sorbo,
o
también
como a veces se detiene el orgasmo,
cuando la dicha es tan intensa que no queremos que se agote,
y volver a empezar se parece a morir.

Los amigos me dicen que cuando estás en la playa bañándote
       las nubes se adelantan a las olas,
y yo estoy solo ante tu casa
tratando de vivir este momento previo,
y salgo a la avenida
en donde todos los portales tienen el mismo número igual
       que las arterias tienen la misma sangre,
y las casas sienten de tal manera su vecindad que abandonan
       la acera
y tienden a acercarse como las letras de una sílaba,
y todas las ventanas comienzan a cerrarse,

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que acabar este
       paseo


y demorar los pasos y los ojos hasta entrar en el cine
cumpliendo un rito de purificación,
ya
que
lo cierto es como un parto,
y al entrar en la sala te adentras en la sombra,
y en el silencio escuchas la sangre dialogada,
y sientes un calor primigenio y anónimo que te taladra con
       una especie de rubor corporal,
¿no has observado que al sentarte en el cine te inmovilizas
       y tardas mucho tiempo en atreverte a mirar hacia tus
       compañeros de butaca por temor a encontrarlos
       desnudos?
y desnudos están,
configurándose,
en la antesala del vivir,
y si entonces les tocaras los ojos tocarías la esperanza.

Esto pudiera sucederme
ahora,
si no salgo a la calle para desplacentarme,
-tengo que hacerlo pronto-
y al salir estoy viendo que los políticos de izquierdas hablan
       siempre del pueblo,
y los políticos de derechas hablan siempre de España,
¡es tan fácil mentir!

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este
paseo,


y tú estarás ahora con el cuerpo dormido bajo el sol,
mientras las casas convecinas,
las casas que tantas veces vimos juntos,
continúan acercándose y estrechando la calle,
estrechando la calle para hacerla más íntima y más tuya
igual que las paredes de la alcoba,
cuando llega la noche,
se empiezan a abrazar para darnos facilidades.

Así llego hasta el bar que está vacío,
pero lleno de huellas,
como queda la tierra coceada donde hubo una estampida,
ayer quizá fue día de fiesta,
y el inmenso salón me recuerda una playa
en cuyo extremo hay un sofá de terciopelo rojo,
y en el extremo del sofá está sentada una pareja
que ha venido al café para esperar,
y ambos se esperan aunque están mirándose,
pues algo de ellos no ha llegado aún,
y ambos tienen una misma desolación
que les está neutralizando
como si se tuvieran que suicidar ahora para hacer el amor
       a la salida.
(Hay personas así, que tienen el amor despavorido
y el miedo no les da nunca cesantía.)

Y yo fui acostumbrándote a estar en este bar
en donde veo dos gatos que se están generalizando
-la cafetera lagrimeante, el anaquel, la tortiIla difunta-
y una mujer muy rubia que como no tiene nada que hacer
deposita su rostro en el espejo,
y otra mujer muy cierta que entra ahora, se sienta junto a
mí y está moreneando,
mientras que los amantes venideros,
los amantes que deshabitan el sofá se empiezan a tocar de
       una manera exánime,
y siento que el reloj es un goteo de sangre en la muñeca,
y el tiempo se hace un grito,
y me bebo de un sorbo el café solo,
y la sangre se mueve por mis venas con ese miedo líquido
de la felicidad
cuando salgo a la calle

todavía no, mi amor, espera un poco, hay que alargar este
       paseo


y siento ya bajo la lengua la miel anticipada
como un interruptor que apaga el mundo

todavía no, mi amor, espera un poco

y comienza a entreabrirse una puerta,

todavía no, mi vida,

y tú estás encuadrada en el dintel,

espera un poco

y yo puedo mirarte para seguir creyendo en lo que veo.

5 y 6 de agosto de 1976

 

 

LA LUZ INTERRUMPIDA

Homenaje a Juan Ramón

Nunca pero contigo, aunque la vida sea
la luz de esa mañana que nunca viviremos,
un tren que no esperabas y ha llegado, una hora
que empieza siendo alondra y acaba siendo espejo.

Cuántas veces he visto un columpio en tus ojos
mirando y sin mirar un ayer venidero,
viviendo y sin vivir algo que nunca llega
y a fuerza de esperarlo se va haciendo más nuestro.

Miradas con recuerdos por hacer que aún se doran
¿en qué sol amarillo o en qué tarde de invierno?
soles que ya estuvieron ardiendo en otra boca
y luego al enfriarse se convierten en besos.

Manos que poco a poco se han ido haciendo sombras
y alucinadamente te acarician durmiendo,
cenizas ¿de qué luto?, despertar ¿en qué vida?,
y esta mínima y lenta procesión de los huesos,

y este temblor de azúcar bajo la lengua cuando
te toco y no sé cómo despiertas y te veo
y tu cuerpo es un río que pasa ante mis ojos
y el amor vuelve a darnos su desmemoriamiento,

y esto quizás no vuelva a suceder, quizás
no vuelva a despertarme con los ojos abiertos,
ni sepa en qué momento de luz interrumpida
la nieve vendrá a verme cuando estemos naciendo

juntos y para siempre, ¿en qué mañana? ¿cuándo
seré sólo una lluvia de ceniza en tu cuerpo
y aún querré estar contigo y vivir una vida,
de después o de nunca, para seguir cayendo?

14 de agosto de 1976

 

 

LA OLA INMÓVIL

Es curioso saber que todo empieza en la transmigración de la saliva
y mis ojos dentro de poco van a cumplir dos años.
Lo cierto está tan cerca que el silencio me ha cortado los pies
y la sangre gotea sobre la alfombra
ya que no basta ver lo que se ve, es necesario adivinarlo.
Lo que se ve es un cuerpo en la penumbra,
un cuerpo que en la noche de amor tiene la plenitud de una
       ola inmóvil,
que está siempre en su altura de dominio.
¿Nunca has pensado, amiga mía, que el cuerpo al desnudarse
       está más junto?
y luego,
en el momento en que lo miras,
cobra su exactitud porque el mirar lo va configurando.
Todo consiste en la transmigración,
y hoy al verte he sabido
que el tacto es el recuerdo más antiguo que tiene el hombre,
y a veces puede aterrorizarnos
con su temblor de miel
lenta y originaria y envolvente.
El tacto es como el mar
y el cuerpo amado es de agua despacísima que no se mueve
sino hacia adentro,
desnaciéndose,
ya que la carne tiembla porque mira y al entregarse está
mirándonos.
Hay zonas de tu cuerpo que en la sombra relumbran
y tienen un calor reverberante
y un temblor desciñéndose que es la memoria de su origen,
y ya sabes que a veces
el cuerpo participa de la luz
pues el que toca lo cierto muere,
y noche adentro sientes que la profundidad del mar se hace
       inmediata
con el roce más leve
pues lo profundo aterra: es desnacer,
y el agua de tu cuerpo está muy junta y muy temblada
ascendiendo de la sombra a la luz,
y nunca acaba su ascensión,
su encendimiento gradual,
y el pulso empieza en las estrellas,
y la creación del mundo se suspende hasta que ya en el mar
       sólo queda una ola,
sólo cabe una ola que al llegar a la playa queda en vilo,
sabiendo
que no puede romper sino acabándose.

21 de agosto de 1977

 

 


LAS ALAS CIEGAS

Quien no sufre se quema,
y yo recuerdo que la primera vez que hablamos
me mirabas con tal intensidad
que te quedabas añadida a mis ojos.
Así ha pasado el tiempo desde entonces
y las cosas que he vivido contigo se convirtieron en
       necesidades
y la vida que no vivimos juntos es una casa sin ventanas.
Las alas llevan a la niñez,
pero tú me mirabas de tal modo,
me mirabas doliendo de tal modo,
que a partir de aquel día no he logrado saber
si hay que vivir o hay que morir lo que se ama
pues cuanto no se muere más de una vez en nuestra vida
no llega a madurar: es gratuito.

Morir es un aprendizaje
¿no recuerdas que los amigos que más queremos
se nos fueron haciendo indispensables,
poco a poco,
y hoy los vemos andar como sonámbulos en el sueño de Dios,
y su rostro al mirarlo se desdibuja,
nos parece movido
como
cayendo a bien morir?
El temblor es un muro que separa la sangre en dos orillas,
y ahora quiero decirte,
amiga mía,
que aquel diálogo primerizo no ha terminado aún,
no puede terminar
ya que «la muerte no interrumpe nada»
y esto no son palabras, son latidos
y distienden la sangre como se alargan las palabras cuando
       haces el amor.

Quien no sufre se quema,
y yo quiero decirte,
quiero añadir aún,
que hay ocasiones en que la certidumbre de vivir se hace
       tan dirimente
que ya no puedes sostenerte ni sostenerla.
No lo olvides,
amiga mía,
hay personas que no saben que sufren y hay personas que
       no saben sufrir
como hay lugares en el mundo donde nunca ha volado una
       paloma,
y tú sabes muy bien que cuando estoy a tu lado nunca te
       dejo de mirar porque temo perderte,
no sé cómo,
                     no sé,
pero temo perderte cuando juntas el cielo con la tierra,
cuando lo juntas todo: la víspera, el insomnio, los adioses,
la nieve cuando cae,
¿no recuerdas su lástima cayendo?
¿no recuerdas también
que el amor tiembla al derramarse para juntar dos cuerpos,
y es lo mismo que un gas que al concentrarse se licúa?

Morir es como amar,
morir es un aprendizaje progresivo
y asiduo,
y yo recuerdo otros momentos tuyos
más difíciles
en los que me mirabas con los ojos empalizados
y la sonrisa veraneándote en la boca,
pues cuando estás a la defensiva
la indecisión te agrieta un poco,
te va agrietando lentamente
como la carne se cae del cuerpo con la lepra.

Las alas llevan a la niñez,
esto está claro, pero ahora,
para que nunca vuelvas a sufrir,
voy a inventarte una alegría,
voy a extraer,
de donde esté,
algún recuerdo tuyo que pueda sostenerte,
y te recuerdo niña,
y te veo despertar cada mañana en un pueblo distinto,
y te estoy viendo sola, callejeando y velocísima
con las trenzas siguiéndote y corriendo
cada vez más amparadoras
para no separarse de tu cuello y de ti,
y he sentido crecer tus ojos, tus zapatos,
tu cabello que busca el mar para embarcarse,
y he visto que tu cuerpo te llevaba en volandas,
y no podías gritar
porque ya entonces ibas con tu secreto al hombro,
mientras que toda la población del cielo te miraba
       escandalizada
repitiendo con los labios jaculatorios y contumaces:

-¡Caramba con la niña!-

Y despúes al llegar a tu casa, como un copo de nieve
       se deshace,
te quedabas dormida con el cuerpo despierto,
con el cuerpo corriendo todavía,
y la noche era un puente roto
sin más,
sin otra cosa,
hasta que muy de mañanita te lavabas de chapuzón,
y subías ál dormitorio de tus padres para besarlos sin chistar,
y como entonces no tenías en el mundo más amiga que el
       ama,
te marchabas al colegio con ella
y en el momento en que llegabais juntas a la calle,
todo se hacía domingo porque os necesitabais mutuamente
y ella reunía su desamparo con el tuyo,
y te miraba para vivir,
y te hablaba despacio y tiritando las palabras
con la voz agachada mientras marchabais apretujándoos
ya que a ti te gustaba pisar seguido, muy seguido y sin
       salirte del bordillo;
y no sé cómo podíais llevar el mismo paso
porque tú andabas como saltando y ella andaba como
       rezando.

Y yo he visto en la calle muchos años después
y la he mirado con los ojos que tú entonces tenías,
y la calle era un árbol con monjas en las ramas,
no me digas que no,
no me interrumpas,
ya sé que en torno del colegio la calle era distinta
como si comenzase a hablar contigo en una lengua vuestra,
pero al llegar hasta el zaguán en donde os despedíais,
te sentías desahuciada,
y comenzabas a tener un temblor muy despacito pero muy
       junto,
pues al quedarte sola vivías tu vida entera
como se vive una premonición.

Y esto es lo que recuerdo,
lo que he podido recordar
cuando vuelvo a mirarme en tus ojos de niña para tratar de
       devolverte algo,
una migaja de alegría,
siguiendo el vuelo de las alas ciegas.

11 y 12 de agosto de 1977

 

 

LA ÚLTIMA LUZ

Eres de cielo hacia la tarde, tienes
ya dorada la luz en las pupilas,
como un poco de nieve atardeciendo
que sabe que atardece,
                                        y yo querría
cegar del corazón, cegar de verte
cayendo hacia ti misma,
cayendo hacia avanzar, como la noche
ciega de amor el bosque en que camina
de copa en copa, cada vez más alta,
hasta la rama isleña, sonreída
por la postrera luz,
                                  ¡y sé que avanzas
porque avanza la noche, y que iluminas
tres hojas solas en el bosque!,
                                                      y pienso
que la sombra te hará clara y distinta,
que todo el sol del mundo en ti descansa
¡en ti, la retrasada, la encendida
rama del corazón en la que aún tiembla
la luz, sin sol, donde se cumple el día!

Rimas   1937-1951

 


LO QUE NO QUIERAS OÍR NO LO PREGUNTES

Nadie puede reunir las hojas de un otoño
y sería inútil intentarlo
puesto que no se juntan los labios de un amen,
ni cabe en la mirada
esa noche del mundo que llena exactamente la mitad de la
tierra.
Lo que no quieras oír no lo preguntes,
no lo preguntes nunca,
ya que es innecesario que nos enseñen lo que llevamos en el
tuétano,
lo que sientes caer dentro de ti,
más dentro cada vez,
alucinándote,
hasta que en tu mirada no queda más que un cuadro
       maniatado.

Ya se sabe que el hombre por el asunto de la
       evolución tiene los pies un poco muertos
y es sabido,
también,
que en la vendimia de violencia que es el mundo actual
se ha ido quedando solo,
más solo cada vez con su venda y su parálisis interna,
por lo cual no es extraño que cerremos los ojos para poder
       dormir,
aunque nadie se duerme un año entero
ya que los ojos tienen vacaciones
pero tienen también una función indeclinable
       y administrativa,
y pueden ver suicidios, ciudades y mujeres,
como ahora te estoy viendo,
como ahora te estoy viendo con tu perfil que es tan exacto
       como un número,
tus labios casi de limosna,
y tus huesudas manos testamentarias.
¿No recuerdas,
amiga mía,
que yo a veces te miro sosteniéndome en ti?
Así he visto tu piel de azúcar distraída,
tu tic parpadeante,
tu delgadez aprendiendo a escribir,
tus huesos prontos pero tan sólo en esa parte de tu cuerpo
donde suele terminar el abrazo,
el álabe de tu cadera que llega suavecito hasta tu vientre
igual que llega el tren a la estación,
y esa sonrisa tuya que confunde tus labios y tus ojos
y está siempre acercándose a ellos
entrevolando una alegría.

Y yo estoy a tu lado,
mi vida,
tal vez mi vida pequeñita,
y el corazón me pesa tanto que lo siento crujir como una
rama se desgaja,
y el beso que te doy se va haciendo cada vez más anónimo,
y en mis ojos ya ha empezado el deshielo
y siento la succión de esa memoria ciega,
esa memoria entablillada
que ata lo que ya nunca se ha de unir
como una ligadura que se afloja y deja el hueso en
       tenguerengue.
Así pasan las cosas en mis ojos diarios:
es como si la vida me hubiese hecho un empréstito,
nada más que un empréstito,
para asistir a tu desfile,
ya causa de ello vivo continuamente en el andén de una
       estación
donde a veces te acercas preguntando por mí:

-¿Cómo estás, amor mío, cómo estás, cómo estás?,


y yo estoy quieto, quieto,
y la quietud me ha hecho saber que vivir de repente es lo
mismo que morir de repente,
y todo lo que vivo es transeúnte,
y todo lo que pienso carece de importancia,
carece de importancia, amiga mía, porque no tiene arreglo,
y ya no es hora de pensar sino de vivir,
y es justo y necesario
que cada uno de nosotros siga teniendo su propia historia,
y yo tengo la mía,
yo tengo esta oquedad que me cuenta las horas goteando,
este vacío que me defiende
como la cámara de aire impide a la humedad que penetre
en el muro.

Así pasan las cosas,
ya ves,
y sin embargo
debes tener en cuenta
que mis palabras no son en modo alguno una pregunta
pues lo que no se quiere oír no debe preguntarse,
pero tampoco son una queja pues quejarse es inútil,
tan inútil como esos cuentos que sólo hacen reír a quien los
       dice;
éste es mi modo de vivir,
éste es mi modo natural de vivir la alegría que nos está
       quemando juntos,
y a pesar de ello
I no la puedo perder porque tú eres
el corazón que me he olvidado de cerrar,
mi sed,
mi sangre aparte,
mi empujón en la noche,
y quizás ya estás siendo mi tren para morir;
y sé muy claramente que no importa,
que nada importa sino pedirte que convivas este
       desasimiento,
esta alegría,
esta emoción pávida y terminal de ver tu rostro a todas horas
       en el espejo de un vacío.

19 de agosto de 1976

 

 

LO QUE TU LLAMAS "QUIÉREME"

Busca un sitio en mi piel que no haya sido
escrito por tu mano, y que no tenga
algún temblor, alguna
luz de tu carne en su memoria ciega;
busca un sitio en mis ojos
que no haya sido espejo y que no sienta
cristalizar esa sonrisa tuya
que está aprendiendo a andar sobre la tierra:
lo que tú llamas "niño"
ya en tus manos se quiebra y se azucena,
lo que tú llamas "quiéreme" no es sangre
pero late también, lo mismo que ella,
y ¡todo es tuyo!
                              y sin embargo, siento
algo que está más cerca
de mí que la esperanza, algo que vive
de mi propio vivir, algo que cesa
contigo, amor, y que me hará imposible,
la misma vida que me das entera.

 

 

NADIE ES PROFETA EN SU ESPEJO

Dime, ¿sientes aún la antigua herida
cuando el amor te baña en su oleaje
y el beso es luz como el amor es traje
y el labio es sed como la noche es vida?

Dime que sí, que sí, como me dices
que no con la tristeza arrinconada
cuando ya el beso se convierte en nada
en los mártires labios aprendices.

Tú, mi instantaneidad, mi únicamente,
la lluvia que vino a vivir conmigo,
trigo es mi voz cuando te nombra, trigo,
puente es mi cuerpo al abrazarte, puente.

Tú, mi diaria eternidad primera,
la noche que se junta con el día
cuando cruje en la carne la alegría
y a la puerta del cuarto el mar espera,

y el espejo es un agua tiritando,
y el agua sube lentamente un monte
donde tu cuerpo llena el horizonte
y veo lo mismo en lo que estoy soñando.

7 de agosto de 1976

 

 

OLA EN CALMA ES TU CUERPO

Yo siempre culparé los ojos míos.
                          Fernando de Herrera


Albos senos en púberes jardines;
se abre una puerta, el aire se apresura,
y brillan de la noche en la ola oscura
tus muslos como saltan los delfines;

tus ojos dan al mundo sus confines,
juega el mar a la comba en tu cintura,
y la miel se convierte en atadura,
y en tu mano se encienden los jazmines,

y el sol nace en tu cuerpo, y se oye el canto
del amor como un puente entre dos ríos,
¡tan humano el milagro!, dulces bríos,

dulce sueño de ti que acaba en llanto,
porque Cuba eres tú me dueles tanto;
yo siempre culparé los ojos míos.

De: Poesía reunida 1935 - 1974


 


PALABRAS PARA ALGO MÁS QUE UN DOLOR

Tal vez sólo es posible que podamos amarnos
       mientras que dura un beso
o si se quiere una ardentía
que, poco más o menos, es una lástima de incendio,
quizá una lágrima de incendio,
y no puede vivir sino acabándose,
como la duración de una palabra sólo nos dice su verdad
       cuando está terminada
y deja su memoria en el oído.
Tal vez tengo un cansancio dirimente
y he llegado hasta ti como el náufrago si le empujan las olas
       puede llegar hasta la playa,
y he comenzado a andar con unos pasos tartamudos
hasta quedar extenuado,
y esto es ya como ver la espalda al día,
esto ya no es amar sino caer,
seguir cayendo sobre tu cuerpo como la noche cae en el
       mundo,
mientras siento crujir mis huesos y mis besos.

Tal vez es cierto y sin embargo es triste
que nuestro amor sólo puede durar mientras que dure
       un beso,
pero al besarte el tiempo se establece,
y tu cuerpo comienza a ser una pregunta,
cada una de tus manos tiene su gesto propio,
y el mirar de tus ojos empieza a conjugarse en voz pasiva.
Así me voy llenando de música y de tiempo,
y la música es sed,
y la sed es tan corta que tiene que nacer continuamente
como nacen mis ojos cuando el vestido empieza a resbalar
sobre tus caderas
y aparecen tus hombros soleados,
tu momentánea piel,
y tu cuello de miel agonizante,
y tu cintura que es de agua,
y recorro, una vez y otra vez, el corto territorio de tu
       vientre,
con un mirar infinitesimal,
con un encendimiento que cada vez se hace mayor
y que al fin se convierte en bautismo
sobre un pecho pequeño que cabe en un dedal
y unas rodillas fuertes y despiertísimas que alguna vez como
       las nubes tienden a separarse,
y las manos te nacen de repente igual que brota un
       manantial,
y las caricias vienen del origen del mundo,
ya que cuando se ama
todo el cuerpo termina siendo labio.

Y no puedo olvidar que esto es un premio,
amiga mía,
un premio que me han dado para identificarme con la nieve,
mientras te miro
y se borra poco a poco tu rostro como se empañan los
       cristales
pues estoy atendiendo a otro diálogo,
y este diálogo es una lágrima que tengo ya en el ojo,
puesta a punto
y nunca acaba de caer,
y se va convirtiendo en araña,
y siento tu temblor,
su velludo temblor parpadeándome,
y es un poco de miedo
o una embolia
que toca con su hielo esta vida que es mía
y la contabiliza, hora tras hora, como se cierra un inventario.
Y esto no es doloroso,
amiga mía,
esto es así,
como una mano que te agarra por dentro
pensando en que la carne se encienda sin arder,
y la demora se convierta en culpa
y el beso que te doy deje de ser una caricia
y sea más bien una pregunta,
esa pregunta destituyente
que no me atrevo a hacer sino en tu boca,
pues todo lo que soy depende de ella,
depende de saber que nuestro amor pudo resucitarnos
-ésta fue su misión y la ha cumplido--
pero
sólo puede durar
mientras que dura un beso.

2 de agosto de 1976

 



¡PARA TODA LA VIDA NO!

He caído tantas veces que el aire es mi maestro;
tengo en la mano el aire que nunca nos olvida,
si nuestro amor fue siempre como una despedida,
cuando todo termine quedará lo más nuestro.

Ya he empezado a morir para aprender a verte
con los ojos cerrados. Así será mejor,
para toda la vida no basta un solo amor,
tal vez el nuestro sea para toda la muerte.

 

 

POR MOR

A Miguel Hernández

Los ojos se me cierran y no puedo
atarme al sueño de las horas muertas.
Despertar es peor, cuando despiertas
ya estás atornillado con el miedo.

Una luz en la noche dice adiós
y en un instante el beso se hace amargo;
donde hay dos hay dolor y sin embargo
la vida sólo empieza donde hay dos.

Debo tener los ojos tan abiertos
que despierto insepulto, y es la vida
una disposición entelerida:
hay despertares que producen muertos.

Esta España de luz, mierda y aulaga,
que muere de su misma obstinación,
confunde la soberbia y la ambición
y duele siempre con la misma llaga.

Y este amontonamiento, este despiece
que nos va arrinconando en el trastero;
la vida nunca es mutua, ya prefiero
que el tiempo acabe y el silencio empiece.

La prensa con su ayer momificado
que todo lo sujeta a su dominio;
las noticias de Bolsa y su exterminio,
el odio divisor y acelerado.

Nos basta hablar para pagar tributo
y el revés de la trama vuelve a verse
cuando el tapiz empieza a destejerse
y el cuerpo vive ya su propio luto,

y sabes que el orgasmo es un autismo
que tienen el amado y el amante,
y sientes su terror participante
que te hace resbalar hacia ti mismo.

Doy todo lo que tengo y lo que soy
y de mi propia entrega desconfío,
quizás no he dado nunca nada mío,
tiempo perdido y testamento doy.

Si el alba nos renueva el nacimiento,
la noche nos confirma la agonía,
y entre un súbito olor de enfermería,
despierto, busco, sufro, callo y siento

la herida hereditaria en que me hundo,
y este sabor de sangre en el amor,
y ese largo deshielo de estupor
que va llenando con su sombra el mundo.

17 de agosto de 1977

 

 

PRIMAVERA MORENA

Tu abril siempre y ya logrado,
¡oh maravilla sin huella!
Trigo y agua de doncella
y aurora de sol mojado,
naranjo en su flor celado,
cristal de mimbre sin dueño
pulsador, ¿cuándo mi empeño
de luna al fin modelada,
primavera resbalada
desde el donaire hasta el sueño?

Tan dulcemente morena
tendida en risa liviana,
abril de carne temprana,
esbelta gracia serena,
sólo penumbra y arena
tu lenta piel sin ayuda,
siesta deleitosa y muda
estática madrugada,
piadosa yerba segada
ya para siempre desnuda.

Circuncisión de mi celo,
madre en júbilo de río
tu desamparado brío
estremecido de anhelo.
Toda la presencia en vuelo
por el temblor obediente,
misericordiosamente
doy gracias a tu alegría;
¿de qué dolores María,
sierva de luz en mi frente?

Abril de 1935

 

 

RECORDANDO UN TEMBLOR EN EL BOSQUE DE LOS MUERTOS

Si el corazón perdiera su cimiento,
y vibraran la tierra y la madera
del bosque de la sangre, y se pusiera
toda tu carne en leve movimiento

total, como un alud que avanza lento
borrando en cada paso una frontera,
y fuese una luz fija la ceguera,
y entre el mirar y el ver quedara el viento,

y formasen los muertos que más amas
un bosque ardiente bajo el mar desnudo
-el bosque de la muerte en que deshoja

un sol, ya en otro cielo, su oro mudo-
y volase un enjambre entre las ramas
donde puso el temblor la primer hoja...


 


REPRESENTACIÓN EN TRES PLANOS DE UNA MUJER

I
ANDAR ES TU DEFINICIÓN

Si alguien me hiciera una pregunta
sólo podría decirle que a mí me gusta verte andar,
y en vez de contestarle
trasladaría mis ojos a los suyos para que recordara,
sin haberlo vivido,
la convencida seriedad con que andas lo mismo que la luz
       se mueve haciendo testamento,
pues tus pasos transmiten un orden instantáneo
como si tú llevaras al andar el movimiento de la tierra.
Destrabada y solar vienes desde la sangre y tienes el oficio
       del verano,
andar es tu definición
y tu gracia es el orden,
y tu fuerza es el ímpetu con que a veces te paras mientras
       hablas
igual que se repliegan las defensas de una ciudad para
       hacerla más fuerte.

Alguna vez me has dicho:

-Las mujeres parecen gorriones que se mueven saltando-

y en efecto se les ve la premura,
la entrega anticipada,
la premeditación de ser mujeres que andan con los pies
       juntos
para quedarse pequeñitas y repetidas en los ojos de alguien;
pero la libertad tiene su propio ritmo y tú eres diferente,
pues tu modo de andar es un modo de hablar
que no pregunta nada,
y hace tiempo he pensado que vives como andas,
que vives con la misma propiedad con que andas porque la
       calle es tu licenciatura.
Es cierto, amiga mía, lo espontáneo libera,
y tu espontaneidad se nos acerca tanto
que quien te vio una vez te necesita,
sigue tus pasos en la tierra como la oruga procesionaria
       marcha en reata sobre el pino,
y yo te he visto andar de manera tan persuasiva
que el aire tintinea
y las calles progresan al mirarte,
y hay nubes que en el cielo van tomando tu forma,
y un solo paso tuyo puede atar mucha gente,
atarla y desatarla,
pues estás en la tierra,
entre nosotros,
y no hay nada en tu cuerpo que no nazca al andar,
y no hay nada en el mundo que no lleve tu paso.

II
LA PALABRA SE CONVIERTE EN ESPANTO

Si alguien me hiciera una pregunta
sólo podría decirle que a mí me gusta hablar contigo,
que a mí me gusta oírte
cuando tu claridad se convierte en dureza lo mismo que el
       carbón cristaliza en diamante,
porque lo justo es necesario y tú hablas con justeza,
con pronosticación,
para mostrarme que no hay presentimientos sino jubilaciones,
que el espanto no nace de vivir,
es anterior al hombre
y quien quiere evitarlo agoniza.
La claridad se mira y no se ve,
viene desde muy lejos,
y a mí sólo me importa hablar contigo,
hablar contigo ahora como el agua se coge entre las manos
sabiendo que sólo puedes retenerla unos cuantos segundos:
unos segundos bastan,
cuando el amor se acabe voy a seguirte oyendo:

-¡Por favor, no te duermas mientras hablo!
Si estás cansado, vete. La ternura se acaba en el deseo.
Luego el silencio se convierte en vacío,
y las noches comienzan en el alba.
Te he dicho muchas veces que hay que aceptar la realidad:
ni los sueños se viven, ni las alas se juntan,
por eso a veces no tenemos sino una sola mano y no es
       la nuestra.
Los muertos crecen recordándolos y ya no vuelven a morir.
Escucha. No te mueras. No te puedes morir. Te necesito.

Ahora me estás hablando y sé que tu dureza no tiene causa alguna,
viene desde tu origen
y tus palabras nacen para doler,
pero llevan la sonrisa en la espalda
y cuando las recuerdo me liberan de esa profanación que
       es siempre el miedo.
Tengo una gran velocidad para sufrir
y cuando estoy contigo
siempre llega un momento en el que tus palabras se quedan
       sin hablar
y me aprietan lo mismo que una venda,
sosteniendo su abrazo,
y me hacen comprender que lo que nunca dices me sostiene.
Pero también alguna vez te he oído,
neutralizado y descendiente,
con ese escalofrío que nos produce la raspadura de un
       cristal,
y tu voz me mantuvo anestesiado sobre la mesa de
       operaciones,
durante varias horas,
hasta quitarme las adherencias,
las contaminaciones personales,
los supuestos,
para después, Como una aguja, irme cosiendo el vientre
       poco a poco,
mientras el camarero nos decía para legitimarse:

-Esta noche hay frambuesas.

La verdad suele maniatarnos como la mantis religiosa
       paraliza a quien ama,
pero tú no nos atas a ninguna verdad,
tu voz es tu atadura,
tu voz es tu andadura,
vives en ella despaciándote
como si concibieras durante nueve meses lo que vas a decir
y hablar contigo fuera un parto.

III
MIENTRAS VUELAN LOS PÁJAROS

Si alguien me hiciera una pregunta,
se lo agradecería
ya que podría decirle que me gusta mirarte como si regresara
       de vivir
y es porque veo tus ojos temiendo que se acaben.
La alegría de mirarte crece con el temor
y si sigue creciendo de este modo puede llegar a hacerse
       insostenible
Como una deuda pública que es preciso pagar durante varias
       generaciones.
Empiezo a verte ahora
y en tus ojos hay pájaros que no regresan nunca,
olas que se disgustan a fecha fija,
cicatrices que pueden despertar,
y algo tuyo, muy tuyo, que al declararse se convierte en
       misterio
igual que la dulzura se convierte en pregunta.
Tu mirada se extiende cuando llega la noche
y tiene esa bondad un poco intransigente de las personas
       a quienes se les nota que saben elegir,
y ese color tostado de azúcar vagabunda,
y esa continua averiguación que en tus ojos es igual que
       una grapa.
Debo decir, amiga mía, que cuento tu mirada entre mis
       bienes gananciales,
y lo que nunca olvido es ese instante
en que el amor se interna hacia su origen,
y tus ojos se quedan descielados,
y ya no miran, ceden, y caen, pero hacia atrás,
como una piedra entra lentamente en el agua.
y no hay nada en la vida,
nada,
nada,
que se parezca a esos segundos
en que tus ojos vueltos miran dentro de ti,
y sólo quieren ya seguir cayendo,
cedientes,
desasidos,
arrastrados,
y yo no sé mirar pero los sigo
en esa internación que nunca encuentra fondo en su caída,
detrás de ellos, amor, detrás de todo,
detrás de todo, amor, pero sabiendo
que empezará el recuerdo cuando la luz acabe.

14 de agosto de 1977

 

 

UN MOMENTO EN EL CIELO

El recuerdo camina en la vigilia y en el sueño,
camina noche y día
para hacerse transparente al andar,
y es un suelo de agua
o un espejo,
y ahora el espejo tiembla
y me encuentro ante ti como si me hubiera cortado los
       párpados para verte mejor;
y el mirar es un no que nada puede detener,
pues no sé si te veo,
si puedo ver tu rostro como se lee un periódico,
ya que te quiero mucho,
¿sabes?
te quiero tanto que cuando sigo tu mirada puedo llegar hasta
       tu niñez,
pero también hay veces, muchas veces, que al mirarte te
       estoy profetizando.
Alguien viene cantando entre los árboles
alguien me viene a ver:
es la alegría,
que llegó de puntillas para no despertarnos
y ahora forma una linde con el cielo y la tierra.

Hay días en que las horas son lo mismo que las olas,
y todo lo que vives,
hasta lo más pequeño y lo más raudo,
deja su huella en nuestra sangre
como esa golondrina deja en los ojos que la ven la sombra
       de su vuelo.
Así te llega el turno de vivir cuando menos lo esperas,
una imagen se ahínca y empiezas a sentir su clavazón,
y ahora te vuelvo a ver cuando acabas de llegar de un viaje
y estás con un pañuelo, campesino y doméstico, en la cabeza,
haciendo la limpieza de la casa,
tan concienzudamente
como si fuera necesario que tus manos lavaran los pecados
       del mundo.

El aire en torno tuyo tiene calor de absolución,
y yo quiero ayudarte,
¡no te rías!
no estoy diciendo un disparate,
hay muchas cosas imposibles que nos ayudan a vivir,
y yo estoy ayudándote a andar porque tienes los pies un poco
       distraídos,
y te encuentro distinta, como si hubieras adoptado a una niña
       que te estuviera ya sustituyendo;
ya sé que esto es difícil de entender mas los ojos no engañan
       y tengo que encontrarles alguna explicación,
¿no recuerdas que al volver de un viaje nos hacemos más
       jóvenes?
y
   yo
        estoy
                 trascordado,
y no niego a saber si lo que estoy mirando es un recuerdo,
pues el tiempo se ha puesto de tu parte
y sólo sé que estás conmigo
con un balde apoyado en la escalera y una esponja en las
       manos,
haciendo la limpieza de la casa
-ya sabes queja casa es el bautismo de cada día-
lavando las cortinas, los cristales y la luz de la tarde
para que todo lo que nos rodea participe de la resurrección,
y las paredes, para darte alegría, desentierran el humo
de las celebraciones con amigos que dan calor humano y dan
       trabajo,
y escuchamos las sonatas de Bach para violín y clave,
porque la música es de agua,
y recuerdo muy bien
que tú lavabas las estanterías
dándole a cada libro su vigilia,
y en cada balda que limpiábamos
te saltaba el jabón desde el agua a las manos igual que saltan
       los delfines,
y la limpieza daba a la casa un acento más íntimo,
era como tu voz,
y tú mirabas de cuando en cuando la labor concluida con los
       ojos certificados para mayor seguridad,
y la esponja ya sabes que se apasiona mucho con el agua,
la toalla parecía desvivirse,
la escalera de mano había adquirido cierto fervor itinerante
pues nosotros, aquella tarde, dimos tantos paseos que
       llegamos al Paraíso Terrenal,
y no hemos regresado todavía.

Esto pasó como lo estoy contando
y me enseñó a vivir con los ojos abiertos;
ahora sé que la casa es tu investidura,
tu niñez
y tu cordón umbilical,
pues nunca me he sentido tan sirviente y tan tuyo,
y sé que para siempre estás casada,
y no voy a olvidarlo
ya que la puesta en orden de la casa ha ido poniendo en
       orden nuestra vida,
y fue un momento sólo,
y fue sólo un momento pero definitivo
igual que si estuviéramos haciendo la limpieza del cielo
       juntos.

13 de agosto de 1976

 

 

UNA HUELLA DE VIOLETA EN LA NIEVE

Me contaba su sueño hasta agotarse
y sus palabras eran
como el paso del tren cuando te encuentras junto a la vía,
y sientes su atracción en todo el cuerpo al mismo tiempo,
y vibras empujado por el vacío
que tiene un fundamento de dulzura y terror.
Mientras me hablaba
ella vivía desde este fundamento
en donde el miedo de vivir se nos acerca tanto
que la carne se agrieta para arder,
que la carne se agrieta
como la llama tiene un vacío, en su centro, de sombra natural;
y ella se iba llenando de ese hueco,
de ese espejo de nieve simultánea
mientras seguía contándome su sueño como si no pudiera despertar,
como si hablara sola,
sintiéndose empujada únicamente
por ese miedo transitivo que aún empapaba sus palabras.
Y sin embargo algo ha nacido de esa conversación extenuante,
algo que siento ahora,
que seguiré sintiendo siempre
como escucho a esta niña de tierra improvisándose
que reúne su temblor para decirme
que no sabe vivir,
que no puede vivir
porque la carne se le queda cada día más pequeña;
tan pequeña que ha llegado a sentirse impedida,
y ya no podrá nunca llegar hasta su casa,
y ya sólo recuerda que vivía en un colegio,
y ya sólo recuerda que vivía dentro del dormitorio de un colegio,
donde todas las noches despertaba
viendo pasar un tren por el pasillo atónito,
viendo pasar todas las noches el mismo tren
por el mismo pasillo titilante de camas sucesivas,
de camas con guirnaldas de muchachas que duermen
sin salir del espejo,
sin ver pasar el tren
que a ella, todas las noches, va despertándola un poco más,
a fuerza de seguirlo,
a fuerza de seguirlo cuando pasa y se pierde en la sombra,
y la desclava de su cuerpo igual que se desclava con la humedad un cuadro en la pared,
y la deja tronchada en las vías
sobre las cuales pasa el tren donde ella misma va sonriendo en todas las ventanas.

 


 


VERTE, QUE VISIÓN TAN CLARA

Verte, qué visión tan clara.
Vivir es seguirte viendo.
Permanecer en la viva
sensación de tu recuerdo.

Verte. La distancia nace.
El cielo suprime al cielo.
La vida se multiplica
por el número de puertos.

Todo colmado por ti.
No ser más que el ojo abierto,
y eternizar el más leve
escorzo de tu silencio.

Verte para amarlo todo.
Claustro en tranquilo destierro.
Dulzor de caña lunada.
Luz en órbita de sueño.

Mortal límite de ti.
Cielo adolescente y tierno.
Núbil paciencia de playa.
Vivir es seguirte viendo.

¡Verte, abril, verte tan sólo!
Tranquilísimo desierto.
Pena misericordiosa.
Sosegado advenimiento.

Verte: qué oración tan pura,
islas, nubes, mares, vientos,
las cinco partes del mundo
en las yemas de los dedos.

 

 

VIVIR PARA VER

Todo era alegre en el claro
resplandor de la mañana
y al mirarte sentí el llanto
borrándome la mirada.

Llorar y ver son virtudes
que un mismo sentido enlaza
como acompaña en la nieve
el silencio a la pisada.

Todo era alegre y sentía
con la visión, la distancia;
le di descanso a mis ojos:
¡de sólo mirar lloraban!

 



Y ESCRIBIR TU SILENCIO SOBRE EL AGUA

"Sólo florece el agua que está queda. "
                                           Unamuno

A Maria Esteban Valera.

No sé si es sombra en el cristal, si es sólo
calor que empaña un brillo. Nadie sabe
si es de vuelo este pájaro o de llanto,
nadie le oprime con su mano, nunca
le he sentido latir, y está cayendo
como sombra de lluvia dentro y dulce
del bosque de la sangre, hasta dejarla
casi acuñada y vegetal, tranquila.
No sé. Siempre es así. Tu voz me llega
como el aire de marzo en un espejo,
como el paso que mueve una cortina
detrás de la mirada. Mira, vivo
oscuro y casi andado. No sé cómo
podré llegar, buscándote, hasta el centro
de nuestro corazón, y allí decirte,
madre, que yo he de hacer en tanto viva
que no te quedes huérfana de hijo,
que no te quedes sola, allá en tu cielo,
que no te falte yo como me faltas.

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