Balada de la cárcel de Reading

Traducción de E. Caracciolo Trejo
Oscar Wilde, Poemas  -2oo1 -Ediciones Colección de poesía RÍO NUEVO/XXVI
Barcelona, España
 

 

BALADA DE LA CÁRCEL DE READING


A la memoria de C. T. W.
antiguo soldado de la Guardia Real de Caballería.
Muerto en el Presidio de Reading, Berkshire, 7 de julio de 1896:


I

No vistió su chaqueta
escarlata
    porque el vino y la sangre ya son rojos,
y sangre y vino había en sus manos
    cuando lo hallaron con la muerta,
la pobre que él amó
    y a quien en su lecho asesinara.

Caminó entre los jueces
    vistiendo el gris raído
con gorra en la cabeza
    y paso alegre y leve.
Pero jamás vi a nadie que mirara el día
    con igual ansiedad.

Jamás vi a nadie que mirara
    con ojos tan ansiosos
la pequeña tienda azul
    que los presos llaman cielo,
y a cada nube fugitiva
    que cruzaba con velamen de plata.

Confinado en otros patios con otras almas
    en pena me preguntaba
si había hecho algo grande
    o algo insignificante,
cuando una voz me susurró al oído
    «ese hombre va a la horca».

¡Cristo! Los muros de la prisión
    de pronto parecían tambalearse
y sobre mi cabeza era el cielo
    un casco de quemante acero.
Y aunque era yo un alma en pena,
    mi pena sentir no podía.

Supe qué pensamiento perseguido
    su paso apresuraba; supe por qué
miraba el día brillante
    con ojos tan ansiosos.
Había matado aquello que él amaba
    y tenía que morir.

* * * * *

Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama.
    Que todos oigan esto:
unos lo hacen con mirada torva
    otros con la palabra halagadora;
el cobarde lo hace con un beso,
    con la espada el valiente.

Matan algunos el amor de joven
    y otros cuando viejos;
estrangulan algunos con manos de lujuria,
    otros con manos de oro:
el más amable usa el puñal
    para que el frío llegue antes.

Aman algunos poco tiempo, largamente otros.
    Hay quienes compran y también quienes venden.
El acto es cometido a veces en el llanto
    y otras sin un suspiro.
Pues todos matan lo que aman;
    pero no todos mueren.

No muere una muerte de vergüenza
    un día de desgracia oscura;
ni nudo al cuello en la garganta lleva
    ni paño sobre el rostro;
ni caen los pies primero por el piso
    al espacio vacío.

* * * * *

No se sienta con hombres silenciosos
    que lo vigilan noche y día,
que lo vigilan cuando busca el llanto
    y también cuando busca la plegaria.
Que lo vigilan; no sea que él mismo robe
    de la prisión la presa.

No se despierta al alba para ver
    formas temibles en tropel por la celda:
el aterido Capellán en su túnica blanca,
    el Alguacil adusto en su tristeza,
el Director en esplendente traje negro
    y el amarillo rostro del Desastre.

No se apresura en prisa lamentable
    a vestir el ropaje del convicto,
y un Doctor mordaz se regodea
    notando el tic nervioso de cada pose nueva;
y en la mano un reloj cuyos tictacs
    son como horribles golpes de martillo.

No conoce la sed brutal que lija la garganta
    antes de que el verdugo
se deslice con guantes de jardín
    por la puerta acolchada,
y lo ate con tres correas para apagar por siempre
    la sed de la garganta.

No baja la cabeza para oír
    la lectura del oficio mortuorio,
mientras el temor de su alma
    le dice que no está muerto;
ni se cruza con su propio ataúd
    al acercarse al cobertizo horrible.

Ni mira fijamente el aire
    por un techo de vidrio;
ni reza con labios de arcilla
    porque termine su agonía;
ni siente en su mejilla vacilante
    el beso de Caifás.
 

II

Seis semanas nuestro soldado dio vueltas
    por el patio, vistiendo el gris raído,
con gorra en la cabeza
    y paso alegre y leve.
Pero jamás vi a nadie que mirara
    el día con igual ansiedad.

Jamás vi a nadie que mirara
    con ojos tan ansiosos
la azul tienda pequeña
    que llaman los presos cielo
y a cada nube arrastrando
    sus enredados vellones.

No retorció las manos como lo hacen
    los necios que se atreven a alentar
a la Esperanza retadora
    en la misma cueva oscura de la Desesperación:
Miró hacia el sol solamente
    y bebió el aire matinal.

No retorció las manos ni lloró
    ni miró furtivamente o languideció;
sino bebió el aire como si allí encontrara
    saludable calmante;
la boca abierta bebió el sol
    como si fuera vino!

Y yo y todas esas almas en pena
    que caminaban en el otro patio
olvidamos si nosotros mismos
    habíamos hecho algo grande o algo insignificante,
y contemplamos con asombro torpe
    al hombre al que iban a colgar.

Pues era extraño verlo así pasar
    con paso tan alegre y leve,
y extraño era verlo contemplar
    con tal ansiedad el día.
Y pensar era también extraño
    en esa deuda que pagar tenía.


* * * * *

El olmo, el roble tienen bellas hojas
    que brotan en la primavera:
pero era horrible ver el árbol del cadalso
    con la raíz mordida por las víboras,
y, verde o seco, debe morir un hombre
    antes de dar su fruto.

El lugar más exaltado es ese trono de gracia
    al que aspira todo el mundo.
¿Pero quién se erguiría en correa de cáñamo
    en el alto patíbulo y echaría
a través de collar asesino
    su última mirada al cielo?

Dulce es bailar al ritmo de violines
    cuando la vida y el amor son justos;
y extraño y delicado
    al ritmo de laúdes y de flautas;
mas no hay dulzura cuando un ágil pie
    baila en e aire.

Así, con curiosos ojos y aprehensión oscura
    lo observamos día a día,
preguntándonos, si cada uno de nosotros
    terminaría de manera igual,
pues nadie puede decir en qué Infierno rojo
    su alma ciega extraviarse podría.

Por fin, el hombre muerto
    cesó de caminar entre los Jueces,
y supe que estaba de pie
    en el negro redil del acusado
y su rostro jamás vería otra vez
    en bienestar o desastre.

Cual barcos condenados que en la tormenta se cruzan
    nuestras rutas se habían encontrado:
no hicimos gesto alguno, no dijimos palabra,
    y no había palabra que decir;
pues no nos encontramos en la noche sagrada
    sino en día de vergüenza.

Un muro de prisión nos envolvía
    y éramos dos parias;
nos arrojara el mundo de su corazón
y Dios de su cuidado:
la trampa de hierro nos había atrapado,
    aquella que el Pecado siempre espera.
 

III

En el Patio de los Deudores
    son duras las piedras, húmedo el alto muro,
y cuando tomaba el aire
    bajo el cielo plomizo
a cada lado un guardia caminaba
    para que el hombre no muriera.

A veces se sentaba con esos que guardaban
    su angustia día y noche;
con quienes lo guardaban al llorar
    y al arrodillarse para el rezo.
Con quienes lo guardaban, no sea que robara
    la presa del patíbulo.

El Director era inflexible en aplicar
    las disposiciones de la Ley;
el Doctor afirmó que la muerte
    era un acto científico;
y dos veces al día lo visitaba el Capellán
    y dejaba su pequeño folleto.

Y dos veces al día fumaba su pipa
    y bebía su cuarto de cerveza;
su alma en actitud resuelta
    no dejaba escondrijo para el miedo.
A menudo decía estar contento
    de que el día del verdugo se acercara.

Pero por qué decía cosa tan extraña
    ningún guardián osaba preguntar;
pues quien asume
    la misión de guardián
debe sellar sus labios y transformar
    en máscara su rostro.

De lo contrario, podría conmoverse,
    podría tratar de dar consuelo:
¿Y qué podría lograr la Piedad Humana
    acorralada en un Hoyo de Asesinos?
¿Qué palabra de gracia en tal lugar
    podría ayudar el alma de un hermano?


* * * * *


Cabizbajos por el ruedo
    hicimos el Desfile de los Locos.
Nada nos importaba: sabíamos bien
    que éramos la Brigada del Diablo,
y con cabeza rapada y pies de plomo
    nos prestamos a la alegre mascarada.

Desgarramos la cuerda alquitranada
    con uñas romas, sangrantes;
frotamos las puertas, fregamos los pisos
    y pulimos los barrotes brillantes;
y madero tras madero el tablón jabonamos
    entre el estruendo de los cubos.

Cosimos los sacos, rompimos las piedras
    y trabajó el taladro polvoriento:
golpeamos las latas y gritamos los himnos,
    y sudamos en el molino,
mas en el corazón de cada hombre
    quieto yacía el terror.

Y se hallaba tan quieto que cada día
    se arrastraba cual ola sofocada por algas;
y olvidamos nuestro destino amargo
    que espera por igual a pillo o necio,
hasta que una vez, volviendo del trabajo con andar pesado
    pasamos junto a una tumba abierta.

Con bostezo feroz el amarillo pozo
    a bocanadas parecía pedir algo viviente
y aun el barro mismo clamaba por la sangre
    al ruedo de sediento asfalto.
Sabíamos que antes que cierto alba aclarara
    un preso habría de ser colgado.

Y entramos con el alma absorta
    en Muerte y Sueño y Hado.
El verdugo con su valijita
    arrastraba los pies en la penumbra;
yo temblaba, a tientas en camino
    hacia mi tumba numerada.


* * * * *


Esa noche los vacíos corredores
    se llenaban de formas del Temor,
y por toda la ciudad de hierro
    había pasos furtivos que no oíamos
y a través de las barras que esconden las estrellas
    parecían asomarse caras blancas.

Yacía como quien soñase
    en prados placenteros.
Los guardias en custodia de su sueño
    no podían comprender
que alguien durmiera ese sueño dulce
    tan cerca de un verdugo.

Pero no hay sueño cuando debe haber llanto
    en quien nunca ha llorado.
Y nosotros -el necio, el pillo, el impostor-,
    quedamos en vigilia interminable,
y en cada seso en manos del dolor
    el terror de otro hombre se insinuaba.

¡Ay, es algo tan terrible
    sentir la culpa de otro!
La Espada del Pecado penetraba
    hasta su empuñadura envenenada
y nuestras lágrimas eran de plomo derretido
    pues la sangre no habíamos nosotros derramado.

Los guardias con calzado de felpa se acercaban
    a cada puerta cerrada con candado
y atisbaban con ojos consternados
    grises figuras en el suelo,
preguntándose por qué se arrodillaban a rezar
    quienes jamás antes rezaran.

¡Rezamos toda la noche arrodillados,
    insensatos dolientes de un cadáver!
Las agitadas plumas de medianoche
    agitaron las plumas funerarias.
Y como el vino amargo de la esponja
    era el sabor del arrepentimiento.


* * * * *

El gallo gris cantó, cantó el gallo rojo
    mas el día no llegó:
formas torcidas del Terror se agazaparon
    por los rincones donde yacíamos
y cada espíritu maligno que vaga por la noche
    se nos aparecía.

Pasaban deslizándose, ligeros
    cual viajeros en velo neblinoso;
se mofaban de la luna bailando
    un rigodón de vueltas y pasos delicados,
y con ritmo formal y gracia repugnante
    los fantasmas acudían a su cita.

Con mueca consternada los miramos pasar,
    esbeltas sombras tomadas de la mano;
giraron y giraron en grupos fantasmales
    y bailaron allí la lenta zarabanda:
¡Condenados grotescos hicieron arabescos
    como el viento en la arena!

Y con piruetas como de marionetas
    sus pasos afilados tropezaron;
llenaron los oídos con las flautas del Miedo
    en esa horrible mascarada,
y a toda voz cantaron mucho tiempo
    pues cantaban para despertar los muertos.

«¡Oh!», cantaban, «¡ancho es el mundo
    pero cojean las extremidades aherrojadas!
Y tirar los dados una vez o dos veces,
    es juego caballeresco
pero no gana jamás quien con el Pecado juega
    en la secreta Casa de la Vergüenza.»


No eran cosas de aire esas bufonadas
    que con tal júbilo retozaban
para hombres con vidas en grilletes,
    cuyos pies jamás serían libres.
¡Ah! ¡Por las heridas de Cristo! Eran algo viviente
    y algo horrible de ver

Girando y girando devanaron el vals,
    dieron vueltas algunos en parejas sonrientes;
con el paso afectado de un viajante,
    algunos se acercaron con sigilo al peldaño
y con burla sutil y mirar de malicioso servilismo
    todos ayudaron a decir nuestras preces.

Comenzó su lamento el viento matinal
    pero la noche continuó;
en su enorme telar la red de la tristeza
    se extendió hasta que cada hebra fue hilada:
y al rezar, nuestro miedo creció
    ante la justicia del sol.

Vagó con su lamento el viento
    por los muros llorosos de la cárcel.
Hasta que como rueda de acero giratorio
    sentimos los minutos que avanzaban a rastras:
¡oh, viento clamoroso! ¿Qué habíamos hecho
    para merecer tal alguacil?

Al fin pude ver los barrotes sombreados
    cual enrejado que forjado en plomo
se moviese por el muro blanqueado
    frente a mi camastro de tablas
y supe que en un lugar del mundo
    era roja el alba horrible de Dios.

Limpiamos nuestras celdas a las seis,
    todo era calmo a las siete,
pero el susurro y el vaivén del viento
    colmaba la prisión:
con su aliento helado el señor de la Muerte
    había entrado a matar.

Y no pasó en purpúreo esplendor
    ni montó corcel de blanco lunar.
Tres yardas de cuerda y un tablón
    es lo que la horca necesita:
y así con cuerda de vergüenza el Heraldo llegó
    a perpetrar la acción secreta.

Éramos como hombres que a través de un pantano
    de inmunda oscuridad a tientas van.
No osamos murmurar una plegaria
    ni tampoco alentamos nuestra angustia,
algo muerto se encontraba en nosotros
    y eso muerto era la Esperanza.

La justicia del hombre inexorable avanza
    y no habrá de apartarse:
mata al débil, mata al fuerte
    en mortífera zancada:
¡mata con taco de hierro
    el monstruoso parricida!

Esperamos que sonaran las ocho.
    Con la lengua hinchada por la sed
pues el octavo golpe era el Destino
    que hace a un hombre maldito.
Y usará el Destino un nudo corredizo
    para el hombre mejor y para el peor.

Nada teníamos que hacer,
    sólo esperar que la señal llegara.
Así como piedras en valle solitario
    mudos e inmóviles quedamos;
pero cada corazón latía agitado e intenso,
    cual tambor de un demente.

En súbita conmoción el reloj de la prisión
    golpeó el aire estremecido
y de toda la cárcel una queja se elevó
    de impotente desespero.
Como el gemido que oyen pantanos asustados
    de algún leproso en su cueva.

Y como quien ve algo horrible
    en el cristal de un sueño,
vimos la soga de cáñamo grasiento
    que montaba la viga ennegrecida
y escuchamos el rezo que el nudo del verdugo estrangulara
    hasta que fuera un grito.

Y toda la aflicción lo conmoviera tanto
    que soltó un grito amargo;
y los locos pesares, los sudores sangrientos
    nadie los conocía como yo:
quien vive más de una vida
    muere más de una muerte.


IV

No hay capilla esos días
    cuando cuelgan a un hombre:
el corazón del Capellán está demasiado enfermo
    o su rostro demasiado macilento,
o hay algo escrito en sus ojos
    que nadie debería ver.

Así, nos tuvieron encerrados hasta casi el mediodía
    y sonaron entonces. las campanas.
Los guardias con llaves tintineantes
    abrieron cada celda atenta,
con estrépito bajamos la escalera de hierro
    dejando cada uno su separado Infierno.

Salimos al dulce aire de Dios
    mas no del modo acostumbrado,
pues este rostro estaba blanco de miedo
    y aquél estaba gris;
jamás hombres tristes vi mirar el día .
    con ansiedad igual.

Jamás hombres tristes vi
    que miraran con ojos tan ansiosos
la azul tienda pequeña
    que los presos llamamos cielo
y cada nube indiferente que pasaba
    en libertad tan feliz.

Pero algunos de nosotros
    que íbamos cabizbajos bien sabíamos
que habríamos elegido la muerte
    si hubiéramos podido.
Mató él algo viviente,
    ellos mataron lo que estaba muerto.

Pues quien peca una segunda vez
    despierta un alma muerta al dolor,
sácala de su mortaja manchada
    y hace que sangre otra vez,
la hace sangrar a borbotones
    ¡y hace que sangre en vano!


* * * * *


Como mono o payaso en atuendo monstruoso
    y con flechas torcidas adornados
dimos vuelta tras vuelta silenciosos
    por el asfalto resbaladizo del patio.
Silenciosos marchamos vuelta tras vuelta
    y nadie pronunció palabra.

Marchamos silenciosos
    y en cada mente vacía
el recuerdo de algo horrible
    pasó como un vendaval
y el Horror acechaba a cada hombre
    y detrás el Terror se arrastraba sigiloso.
 

* * * * *


Los guardias se pavoneaban en idas y venidas
    cuidando sus rebaños de brutos;
llevaban uniformes impecables
    o vestían los trajes de Domingo;
sabíamos dónde habían estado:
    la cal viva manchaba sus zapatos.

Pues donde ancha sepultura antes se abriera
    no quedaba más tumba.
Sólo un tramo de arena y barro
    junto al horrible muro
y un cúmulo de cal ardiente
    como su paño mortuorio.

Pues tiene una mortaja ese desafortunado
    como muy pocos pueden reclamar:
en lo profundo, bajo el patio de una prisión,
    desnudo, para mayor vergüenza,
yace con los pies aherrojados
    envuelto en una sábana de llamas.

Y todo el tiempo la cal ardiente
    devora carne y hueso,
devora frágiles huesos en la noche
    y carne blanda de día;
alterna carne con hueso;
    pero siempre devora el corazón.


* * * * *


Tres largos años estarán sin sembrar,
    sin plantar o cultivar allí;
y por tres largos años el lugar infeliz
    será estéril, baldío,
y mirará el cielo perplejo,
    con mirar sin reproche.

Piensan que el corazón de un asesino infectaría
    cada semilla inocente que plantaran.
¡No es verdad! La tierra bondadosa de Dios
    es más generosa que lo que los hombres imaginan;
la rosa roja florecería más roja
    y más blanca la blanca.

¡De su boca saldría una rosa muy roja
    y de su corazón una muy blanca!
Pues, ¿quién puede decir de qué extraña manera
    Cristo saca a la luz Su voluntad
desde que el cayado estéril que portó el peregrino
    floreciera a la vista del gran Papa?

Pero ni a la nívea rosa blanca ni a la roja
    es permitido florecer en el aire de la prisión;
pedazos de loza, guijarros, pedernal
    es lo que aquí nos dan:
pues sabido es que las flores pueden restañar
    del desaliento al común de las gentes.

Por eso, jamás la rosa roja ni la blanca
    caerá pétalo a pétalo
en ese barro, esa arena
    junto al horrible muro de la cárcel,
para decir a quienes dan pesadamente vuelta por el patio
    que el Hijo de Dios murió por todos.


* * * * *


Y, sin embargo, aunque el horrible muro
    lo cerca por cada lado
y un espíritu no puede caminar de noche
    cuando se halla aherrojado,
y puede sólo llorar cuando yace
    en tierra no consagrada,

está en paz -este hombre desgraciado-,
    en paz, o pronto lo estará:
nada hay que ya pueda enloquecerle,
    ni camina el Terror a mediodía
porque la tierra oscura en que yace
    no tiene ni Sol ni Luna.

Como a bestia lo colgaron;
    ni hubo siquiera un réquiem
que tal vez trajera paz
    a su alma sobrecogida.
Apresuradamente lo sacaron
    y lo escondieron en un hoyo.

Los guardias lo desnudaron,
    lo entregaron a las moscas:
se mofaron de la garganta grana e inflamada,
    y de los ojos que miraban rígidos.
Entre risotadas le echaron el sudario
    en el que yace el convicto.

El Capellán no se arrodilló a rezar
    junto a su tumba deshonrada:
ni la marcó con esa Cruz bendita
    que Cristo dio a los pecadores,
pero era el hombre de aquéllos
    por quienes Cristo descendiera.

Pero todo está bien; solamente ha llegado
    hasta el límite que la vida ha fijado
y lágrimas extrañas llenarán para él
    esa urna de piedad tanto tiempo destrozada.
Quienes por él están desconsolados serán parias
    y los parias jamás hallan consuelo.


V

No sé si son Leyes justas
    o Leyes equivocadas;
sabemos quienes estamos en la cárcel
    que el muro es muy poderoso,
y que cada jornada es como un año
    de interminables días.

Pero hay algo que sé; sé que toda Ley
    que los hombres han concebido para el Hombre,
desde que el primero quitara la vida al hermano
    y así el triste mundo comenzara,
desecha el trigo y la paja retiene
    con los aventadores más perversos.

Y esto también sé -y sabio sería
    que todos lo supiéramos-
que cada prisión que los hombres erigen
    está construida con ladrillos de vergüenza
y cercada con rejas no sea que Cristo pueda ver
    cómo los hombre mutilan a sus hermanos.

Con barrotes ocultan la luna clemente
    y ciegan el sol bienhechor:
y bien hacen escondiendo tal Infierno
    pues allí se cometen tales actos
que ni Hijo de Dios ni hijo de hombre
    jamás debería contemplar.
 

* * * * *

Los actos más viles, cual hierbas venenosas
    crecen lozanos en el aire de la prisión.
Sólo aquello que en el hombre es bueno
    allí se arruina y se marchita:
la pálida angustia guarda el pesado portal
    y el guardián es la desesperación.

Hambrean al niño aterrado
    hasta que llora noche y día;
azotan al débil y flagelan al necio;
    se mofan del viejo ceniciento
y algunos enloquecen, y todos se malogran
    y nadie puede pronunciar palabra.

Cada celda angosta que habitamos
    es una oscura letrina maloliente
y cada apertura que cierran las barras
    es fétido aliento de Muerte viviente;
y todo, menos la lascivia, se reduce a polvo
    en la máquina Humana.

El agua salobre que bebemos
    lleva una baba nauseabunda
el pan amargo que en las balanzas pesan
    está lleno de cal
y el sueño no se acuesta jamás, camina
    con ojos desorbitados y llora al Tiempo.


* * * * *

Pero aunque el Hambre magro y la verde Sed
    luchan como víbora con áspid,
poco nos interesa la pitanza carcelaria;
    porque aquello que enfría y mata por completo
es que cada piedra levantada de día
    se torna en corazón de noche.

Con la medianoche siempre en el corazón
    y el crepúsculo en la celda
damos vuelta el manubrio o desgarramos la cuerda
    cada uno en su Infierno separado.
Y es más terrible el silencio
    que el estrépito de cínica campana.

Jamás se acerca voz humana
    para decir una palabra amable:
y el ojo que por la puerta espía
    es duro, sin misericordia.
De todos olvidados nos pudrirnos
    con cuerpo y alma mancillados.

De tal modo herrumbramos la cadena de la Vida,
    solitaria, degradada,
Y algunos hombres maldicen y otros lloran;
    los hay que no profieren lamento.
Pero la eterna Ley de Dios es bondadosa
    y rompe también el corazón de piedra.


* * * * *


Y todo corazón que se destruye
    en la celda o en el patio de la prisión
es igual que esa caja destruida
    que rindió sus tesoros al Señor
y que llenó la casa impura del leproso
    con la fragancia del nardo más preciado.

¡Oh! Felices son los corazones que se rompen
    y ganan la paz que da el perdón.
¿De qué otro modo puede el hombre ordenar su vida
    y purificar su alma del Pecado?
¿Cómo si no por destrozado corazón
    puede Cristo Señor hallar su ingreso?


* * * * *

Y aquél de la inflamada y púrpura garganta,
    el de los ojos desorbitadas
aguarda las manos sagradas
    que llevaron Ladrón al Paraíso.
Y un destrozado corazón contrito
    el Señor no habrá de despreciar.

El hombre que vestido de rojo lee la Ley
    otorgóle tres semanas de vida,
tres semanas cortas solamente para restañar
    su alma de todas sus contiendas
y limpiar de cada mancha de sangre
    la mano que sostuvo el puñal.

Y con lágrimas de sangre limpió la mano
    que sostuvo el acero,
pues tan sólo la sangre sangre limpia
    y tan sólo las lágrimas restañan;
y aquella roja sangre que fuera de Caín
    tornóse en níveo sello de Jesús.

 

VI

En la Cárcel de Reading, junto a la ciudad de Reading
    se encuentra un pozo de vergüenza
en el que yace un desgraciado
    por dientes de fuego devorado.
Yace en mortaja llameante
    y está su tumba sin nombre.

Y allí, hasta que Cristo llame a los muertos,
    que en silencio descanse.
No es necesario gastar lágrimas necias
    o entregarse a suspiros profundos:
el hombre había matado lo que amaba
    y tenía que morir.

Y todos matan lo que aman,
    que todos oigan esto;
algunos lo hacen con mirada torva
    otros con la palabra halagadora,
el cobarde lo hace con un beso,
    ¡con la espada el valiente!
 

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