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Reseña biográfica |
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Poemas de William Wordsworth:
Agua, puro elemento, dondequiera abandonas...
Ahora, mientras los pájaros cantan alegres melodías...
Camposanto en el sur de Escocia
Halcones
Iba solitario como una nube
La casa de un párroco en el Oxfordshire
Versos escritos pocas millas más allá de la Abadía de Tintern...
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A media voz
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Traducciones de poesía
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Agua, puro elemento, dondequiera abandonas...
Agua, puro elemento, dondequiera abandonas
tu mansión subterránea,
hierbas verdes y flores
de brillante color y plantas con sus bayas,
surgiendo hacia la vida, adornan tu cortejo;
y en el estío, cuando el
sol arde, veloces
insectos resplandecen y, volando, te siguen.
Si
falta tu bondad, resuella el bosque, y ciervo
y cierva y cazador con
su venablo, juntos
languidecen y caen. No deja de sentirse
en el
alma turbada tu benigna influencia;
y tal vez en la entraña marmórea
de la tierra,
donde sufren tormento espíritus que lloran
gracia y
bondad perdidas, tus murmullos apagan
su angustia ya los tuyos
mezclan sus dulces cantos.
Versión de Màrie Montand
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Ahora, mientras los pájaros cantan alegres melodías...
Ahora, mientras los
pájaros cantan alegres melodías
y los pequeños corderos retozan
como si bailaran al son de un tambor,
a mí me invade la pena: un lamento me brindó alivio pasajero
y
ahora recobro la fortaleza.
Desde arriba, resuenan las trompetas de las cascadas,
un
dolor mío no enturbiará otra vez la primavera.
Oigo los ecos que retumban en las montañas,
el viento llega
hasta mí desde valles de ensueño
y mi mundo interior se vuelve feliz.
La tierra y el mar se
entregan a la felicidad,
y a mediados de mayo cada animal se siente alegre.
¡Tú, hijo de
esa alegría, grita a mi alrededor,
quiero oírte gritar, oh, pastor feliz!
Versión de Pedro Bádenas de la Peña
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Amonestación y respuesta
«¿Por qué sobre esa vieja piedra,
durante toda la jornada,
William, así solo te sientas
y entre sueños el tiempo pasas?
¿Dónde están tus libros? ¡La luz
a este ciego mundo legada!
¡Arriba! Aspira la salud
que en ellos los muertos exhalan.
Miras la tierra como un hijo
que a su madre pidiese cuentas
o
como el primer hombre vivo
que conociese la existencia».
Así, del Esthwaite a la orilla,
la vida dulce y sin
porqué,
el buen Matthew me habló un día
y así le quise responder:
«El ojo sólo mirar puede
y el
oído nunca está en paz;
siquiera que va, el cuerpo siente
contra o con nuestra voluntad.
Así, creo que existen fuerzas
que al pensamiento dan traza,
que nutrimos nuestras ideas
con una pasividad sabia.
¿Crees, en el mundo infinito
de estos seres que hablan sin
verbo,
que nada vendrá por sí mismo
y que siempre buscar debemos?
Pues no preguntes por qué a solas,
según me plazca conversando,
me siento en esta vieja roca
y entre sueños el tiempo paso».
Versión de Gabriel Insausti
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Aves acuáticas
Observadas frecuentemente sobre los lagos dtei Rydal y Grasmere
VED cómo los plumosos habitantes del agua,
con tal gracia al
moverse, que apenas se diría
inferior a la angélica, prolongan
su
curioso placer. Describen en el aire
(y a veces con volar osado, que
se cierne
hasta las mismas cumbres),
un círculo más amplio que el
lago, allá en lo hondo,
su dominio; y en tanto que se aplican
a
trazar, una vez y otra vez, el gran círculo,
su jubilosa actividad
describe
centenares de curvas y círculos menudos,
ora abajo, ora
arriba, en avance intrincado,
pero seguro, como si guiase un espíritu
su vuelo infatigable. Ya el juego terminó:
así lo imaginé diez 0 más
veces;
pero, mira: la banda, desvanecida ya,
vuelve a ascender. Se
acercan. Rumorean sus alas,
leves al pronto, y luego su enérgico
batir
pasa a mi vera y vuelve a oírse el rumor leve.
Al sol
invitan, para que juegue con sus plumas,
y al agua o bien al hielo
chispeante,
que les muestren su bella imagen. Ellos mismos,
sus
bellas formas son en el luciente llano,
con colores más suaves y
hermosos, cuando bajan,
casi rozándole... y luego alzan el vuelo
de nuevo, con un súbito empuje presuroso,
como si hicieran burla del
lago y del reposo.
Versión de Màrie Montand
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Camposanto en el sur de Escocia
ACOTADO del hombre y al borde de una sima
donde el torrente
espuma, veréis el cementerio.
Allí la liebre alcanza su más tranquilo
sueño
y los elfos, nevados de luna, entran y danzan
para crédulos
ojos. De aquelarre ni templo
no queda ya vestigio, pero allí se
deslizan
desconsoladas gentes, que con velada angustia
le lloran
su oración al viento y al celaje.
No hay tumbas orgullosas. Mas rudos
caballeros,
que esculpiera el humilde querer de tiempos idos,
en
tierra yacen, entre verdores de cicuta;
no es una mezcla triste, si
quiebra el alba clara
el resplandor del césped, y cerca, en los
arbustos,
coros primaverales entonan su alborozo.
Versión de Màrie Montand
Cielo tras la borrasca
De «La Excursión». Libro II
UN solo paso, que me
libertó de los límites
de aquel ciego vapor, abrió a mis ojos
un
tan vivo esplendor como no viera nunca
el despierto sentido ni el
alma en sus ensueños.
Fué la visión, de pronto desplegada,
una
inmensa ciudad; se hubiera dicho
gran selva de edificios, hacia lo
hondo
retirada de algún ilimitado abismo,
naufragando entre
glorias, ya sin fin.
Fábricas parecían de diamantes y oro,
cúpulas
de alabastro y argénteas agujas
y encendidas terrazas sobre terrazas,
hacia
lo alto; aquí, apacibles, brillantes pabellones,
en
avenidas; torres, allí, adornadas
de almenas, que en sus frentes
incansables
sostenían los astros, luciente pedrería.
La terrestre
natura labraba aquel efecto
con la oscura materia de la borrasca, ya
apaciguada. En ella y en las cavernas y
en las faldas abruptas y en
cresterías, donde
se habían los vapores retirado, fijando
su
estancia bajo aquel cerúleo cielo.
¡Visión no imaginada! Nubes,
nieblas,
arroyos, peñas húmedas y hierba de esmeralda,
nubes de
cien colores y rocas y zafiro
de cielo: confundido, mezclado, en
mutuo ardor,
fundido todo y componiendo,
todo en todo perdido, el
asombroso adorno
de templo y ciudadela y palacio, y la ingente
y
fantástica pompa de vagos edificios,
envueltos como en lana, en
vastos pliegues...
Versión de Màrie Montand
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El barranco encantado
No era ficción de tiempos remotos: una piedra
de azul celeste, al
fondo del barranco sin sol,
muestra aún claramente las pisadas
que
los pequeños elfos, en la escena pulida
dejaron, al danzar con
brillante cortejo,
en festejos ocultos, tras el robo de un niño
dulce, como una flor, trocada por hierbajos,
con que intenta la madre
abstraída acallar
su pena, si es posible. Pero decidme: ¿dónde
hallaréis un vestigio de las notas
que guiaron aquellos salvajes
bailoteos?
¿En la tierra profunda o en las cumbres del aire,
en el
nocturno cierzo o en los bancales donde
telarañas de otoño flotan en
el crepúsculo?
Versión de Màrie Montand
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El preludio
Libro primero
Introducción- Infancia y Escuela
Hay en la suave brisa una ventura
o visita que roza mi mejilla
y es casi sabedora de ese gozo
que trae desde los campos y del cielo.
Sea cual sea su misión, a nadie
hallará más agradecido, hastiado
de la urbe donde he sobrellevado
perpetuo descontento y libre ahora
cual ave que se posa donde quiera.
¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
construiré mi morada? ¿Qué
hondo río
me dará la canción de su murmullo?
La tierra está ante
mí. Con corazón
alegre y sin temer la libertad,
contemplo. Y aunque sea sólo alguna
nubecilla quien guíe mi
camino,
extraviarme no puedo. ¡Al fin respiro!
Pensamientos e
impulsos de la mente
me asaltan, se desprende esa onerosa
máscara que traiciona mi alma auténtica,
el peso de los días que
me fueron
ajenos, como hechos para otros.
Largos meses de paz (si
acaso esta palabra
concuerda con promesas de lo humano),
largos meses de gozo sin molestia
esperan ante mí. ¿Adónde iré,
por los caminos o cruzando el campo,
cuesta arriba o abajo? ¿O tal
vez
me guiará alguna rama por el río?
¡Amada libertad! ¿Y de qué sirve
si no es don que consagra la
alegría?
Pues mientras el dulce aliento del cielo
soplaba en mi
cuerpo, creí sentir
otra brisa en respuesta que corría
con suave rapidez, pero se ha vuelto
tempestad, energía ya
excesiva
que su creación destruye. Gracias doy
a ambas y a sus
fuerzas, que al unirse
ponen fin a una pertinaz helada
y traen tiernas promesas, la esperanza
de los días y horas de
alegría,
¡días de dulce ocio y pensamiento
profundo, sí, con el
divino oficio
de maitines y vísperas en verso!
Hasta ahora, mi amigo, no he solido
escoger como asunto la
alegría
pero hoy quiero verter mi alma en versos
a salvo del
olvido, que aquí quedan
guardados. A los campos he lanzado
mi profecía: sílabas llegaban
espontáneas, vistiendo con sagrados
hábitos al espíritu escogido
-ésa era mi fe- para el sacramento.
Mi propia voz me henchía y en mi mente 55
reverberaba ese imperfecto
son.
A ambos yo escuchaba y obtenía
de ellos la confianza en el
futuro (...)
Versión de Gabriel Insausti
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Halcones
Una abeja zumbadora, un pequeño y susurrante arroyo
un par de halcones girando al vuelo
en clamorosa agitación alrededor de la cima
de una alta roca-su aérea citadela;
por cada una y todas estas cosas
gozó el oído pensativo en el silencio que siguió,
cuando hubimos pasado por el umbral de la cabaña
y al fondo de ese solitario valle,
se destacaba, una vez más, debajo de la bóveda
azul y sin una sola nube.
Versión de Jaime Valdivieso
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Iba solitario como una nube...
Iba solitario como una nube
que flota sobre valles y colinas,
cuando de pronto vi una muchedumbre
de dorados narcisos: se extendían
junto al lago, a la sombra de los árboles,
en danza con la brisa de la tarde.
Reunidos como estrellas
que brillaran
en el cielo lechoso del verano,
Poblaban una orilla
junto al agua
dibujando un sendero ilimitado.
Miles se me ofrecían a la vista,
moviendo sus cabezas danzarinas.
El agua se ondeaba, pero ellas
mostraban una más viva alegría.
¿Cómo, si no feliz, será un poeta
en tan clara y gozosa compañía?
Mis ojos se embebían, ignorando
que aquel prodigio suponía un bálsamo.
Porque a menudo, tendido en mi cama,
pensativo o con ánimo
cansado, 20
los veo en el ojo interior del alma
que es la gloria
del hombre solitario.
y mi pecho recobra su hondo ritmo
y baila
una vez más con los narcisos.
Versión de Gabriel Insausti
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La casa de un párroco en el Oxfordshire
DÓNDE empieza la tierra sagrada o dónde acaba
la profana, no hay
línea visible que lo muestre;
mézclase el césped y los senderos se
enlazan,
y dondequiera vague tu paso sigiloso,
el jardín y el
dominio en que deudos y amigos
y vecinos descansan unidos, aquí
funden
su vario aspecto, al modo de un rumor
de muchas aguas, o
como la tarde en mezcla
con la sombría noche. Dulces brisas de
arbustos
y flores son mensajes a las tumbas calladas;
y mientras
estremecen esos chopos altísimos
sus copas, aparece y se apaga un
azul
brillante, como aquellos atisbos de lo eterno
que a los
santos se otorgan en el supremo día.
Versión de Màrie Montand
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La excursión
Prospecto
«Cuando medito a solas en el hombre,
en la
naturaleza, en esta vida,
veo alzarse ante mí series de imágenes
que acompaña un resquicio de delicia
pura, sin mezcla de tristeza. Y
soy
consciente de afectuosos pensamientos
y de gratos recuerdos que
sosiegan
el alma que desea sopesar
el bien y el mal en nuestra
condición.
A estas emociones -sobrevengan
por una circunstancia sólo externa
o de un impulso propio del
espíritu-
quisiera dedicar copiosos versos.
Verdad, amor, belleza
o esperanza,
miedo o nostalgia por la fe domados,
palabras de
consuelo en la tristeza,
fuerza moral, poder del intelecto,
alegría esparcida por el mundo,
espíritu del hombre que mantiene
su ascético retiro, solamente
sujeto a la conciencia y a la ley
suprema de aquel Ser que todo
rige,
esto canto. ¡Que encuentre mi auditorio!»
Así rezaba el bardo en su sagrado
arrobamiento. «¡Urania,
necesito
la guía de una musa, si es que hay tales
y la tierra o el alto
cielo habitan!
Porque he de fatigar oscuras simas,
hollar
profundidades y otros mundos
para los que el Azul no es más que un
velo.
Ningún terror o fuerza indescriptible
que haya cobrado jamás una
forma,
el mismo Yahvé, su trueno y sus ángeles
canoros en los
tronos del Empíreo,
ninguno temo. Ni siquiera el Caos
ni el más oscuro pozo del Erebo
ni el vacío insondable que los
sueños
escrutan, me provoca este temor
que cae sobre nosotros al
volvernos
hacia el alma del hombre, mi obsesión
y región principal de este mi canto.
La belleza -presencia de la
tierra
que supera las más hermosas formas
que el arte haya
compuesto con materias
terrenales- vigila mi trayecto,
prepara el campamento mientras ando
y me sigue de cerca.
Paraísos,
Campos Elíseos que en el Atlántico
se buscaban antaño
¿por qué deben
ser sólo crónica de un mundo extinto
o una mera ficción, jamás reales?
Porque cuando el intelecto del
hombre
Desposa este universo de hermosura
con amor y pasión, los
halla como
un hecho cotidiano cualquier día.
Antes de la hora definitiva
cantaré solitario la alegría
de
este gran desposorio y, con palabras
que tan sólo refieren lo que
somos,
despertaré al sensual del mortal sueño
y al vacuo y vanidoso propondré
nobles empresas, mientras mi voz
canta
con qué delicadeza el alma humana
(quizá también las mismas
facultades
de la especie en conjunto) se conforma
a este mundo exterior; y al mismo tiempo
-tema éste olvidado por
los hombres-
cómo el mundo se adecua al alma humana.
También he de
cantar la creación
-no merece otro nombre- que esta unión
puede alcanzar: es éste mi argumento.
Con estos mis propósitos,
si a veces
me vuelvo hacia otra parte -con las tribus
y pueblos de
los hombres, donde abundan
recíprocas pasiones de locura,
oigo a la Humanidad cantar su angustia
en los campos, o rumio la
tormenta
del dolor, refugiado ya por siempre
en la ciudad- que
suenen estos versos
ante oídos benévolos y yo
no sea despreciado ni abatido.
¡Desciende, aire profético que
inspiras
al alma con la voz del universo,
soñando el porvenir, y
que posees
un templo en los henchidos corazones
de los grandes poetas! Vierte en mí
el don de la visión y que mi
canto
brille con la virtud en su lugar,
derramando benéfica
influencia
segura de sí misma y siempre a salvo
del efecto fatal
que nos envían,
desde el mundo inferior, las mutaciones
que
acechan a lo humano. Y si con esto
mezclo asuntos más bajos (el
objeto
contemplado y la mente que contempla,
el qué y el quién, el hombre transitorio
que tuvo esa visión, el
cuándo, el dónde
y cómo fue su vida) no habrá sido
en vano esta
tarea. Si este tema
roza objetos más altos -¡pavoroso
Poder cuyo favor es la semilla
de la iluminación!- que mi
existencia
sea imagen de un tiempo más perfecto,
maneras más
sencillas, más juiciosos
deseos. Nutre mi alma en libertad
y puros pensamientos: sea entonces
tu amor mi guía, alivio y
esperanza.
Versión de Gabriel Insausti
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Tal como en una soleada
hondura
se oculta, defendido de los vientos de Marzo,
un tierno cordero
resguardado por su familia,
igualmente ese montoncito de tierra
se halla al amparo de otro muy próximo,
el pequeño montículo habla por sí mismo:
allí descansa un niño
protegido por un túmulo, tumba de su madre.
Versión de Jaime Valdivieso
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Lucía
VIVÍA en las regiones solitarias,
por donde nace el Dove,
una
doncella a quien nadie alababa
y a quien querían pocos:
violeta junto a una musgosa piedra,
medio oculta al viandante,
bella como un lucero, cuando brilla,
muy solo, en el espacio.
Ignorada vivió, y pocos supieron
la muerte de Lucía;
mas ella
está en la tumba, y para mí
ya todo ¡qué distinto!
* * *
Selló el sueño mi espíritu
y miedo no
sentía:
ella me parecía corno algo que no siente
el roce de los
años.
No tiene movimiento ya, ni fuerza,
no oye ni ve nada;
mezclada
con el curso diario de la tierra,
con las rocas, las piedras y los
árboles.
Versión de Màrie Montand
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¡Oh ruiseñor!
¡Oh ruiseñor! Tú eres
de ardiente corazón :
tus notas nos
penetran, nos penetran,
tumultuosa, indómita armonía.
Cantas como
si el dios del vino
te dictara un mensaje de sátira amorosa:
una
canción de burla y de desprecio
a la sombra, al rocío y a la noche
callada
y a la ventura firme y a todos los amores
que descansan en
esos tranquilos bosquecillos.
Escuché a una paloma torcaz, el mismo
día,
cantando o recitando su doméstica historia.
Su voz se
sepultaba entre los árboles
y en alas de la brisa me llegaba.
No
cesaba jamás: arrullaba, arrullaba,
y era su cortejar un tanto
pensativo.
Amor cantaba, muy mezclado en calma,
muy lento al
empezar y sin acabar nunca:
la grave fe y el íntimo alborozo.
Ese
es el canto, el canto para mí.
Versión de Màrie Montand
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¿Por qué estás
silenciosa? ¿Es una planta
tu amor, tan deleznable y pequeñita,
que el aire de la ausencia lo marchita?
Oye gemir la voz en mi garganta:
Yo te he servido como a
regia Infanta.
Mendigo soy que amores solicita...
¡Oh limosna de amor! Piensa y medita
que sin tu amor mi vida se quebranta.
¡Háblame! no hay tormento
cual la duda:
Si mi amoroso pecho te ha perdido
¿su desolada imagen no te mueve?
¡No permanezcas a mis
ruegos muda!
que estoy más desolado que, en su nido,
el ave a la que cubre blanca nieve.
Versión de Pedro Bádenas de la Peña
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Versos escritos pocas millas más allá de la Abadía de Tintern,
al volver a las orillas del Wye durante una excursión
Trece de julio de 1798
¡Cinco años han pasado y sus veranos
largos como inviernos! Y
oigo de nuevo
estas aguas correr desde sus fuentes
con un suave
murmullo. También veo
estas altas colinas escarpadas
cuya imagen salvaje y solitaria
propicia solitarios pensamientos
y une el lugar con la quietud del cielo.
Por fin, hoy es el día en
que descanso
bajo este oscuro árbol y contemplo
que ahora, con sus frutos inmaduros,
visten un verde intenso y se
abandonan
entre soto y maleza. Al cabo miro
estos setos escasos,
más bien líneas
de bosque asilvestrado, aquellas granjas
verdes hasta la puerta
misma, el humo
que asciende silencioso entre los árboles
como el
incierto aviso de un errante
buhonero de los bosques despoblados
o cueva de ermitaño donde aguarda
alguien junto al hogar.
Estas hermosas
formas, cuando era ausente, no me han sido
como un
paisaje a la vista de un ciego
sino que a veces, en frías estancias
y entre el rumor de la ciudad, me han dado
en las horas de hastío la
dulzura
que sentía en el pecho y en la sangre
y alcanzaba el más
puro pensamiento
con tranquilo reposo; sentimientos
de placer olvidado que tal vez
ejercen un influjo no pequeño
en la parte mejor del ser humano:
sus secretas, anónimas acciones
de amor y de bondad. A ellos creo
deber un don de aspecto más
sublime,
ese bendito estado en que el objeto
del misterio y la
onerosa carga
que compone este mundo incomprensible
se aligeran;
estado más sereno
en el que los afectos nos conducen
con suavidad,
hasta que el terco aliento
de este cerco corpóreo e incluso
el
movimiento de la sangre casi
parecen detenerse y llega el sueño
del cuerpo, la vigilia de las almas:
cuando, el ojo calmado por el
orden
yel poder de la alegría, contemplamos
la vida de las cosas.
Si ésta es vana
creencia, sin embargo qué a menudo
en la penumbra
o en las formas múltiples
de una luz sin viveza o en la estéril
impaciencia y la fiebre de este mundo,
he sentido en mi pulso su dominio;
¡qué a menudo, en espíritu, me
he vuelto
hacia ti! ¡Wye silvestre, que entre bosques
caminas,
cuánto ha vuelto a ti mi espíritu!
Y ahora, con destellos de un
agónico
pensamiento y sus débiles recuerdos
y un algo de perpleja
pesadumbre,
la imagen de la muerte resucita:
no sólo mueve aquí mi
pensamiento
el presente placer sino la idea
de que este instante nutrirá los años
por venir. Pues esto oso
esperar
aunque sea distinto del que fui
cuando por vez primera
visité
estas colinas, como un corzo anduve
por montañas y arroyos solitarios,
donde Naturaleza me dictase:
era más una huida que una búsqueda.
Pues la Naturaleza entonces (idos
mis salvajes placeres de la infancia,
sus alegres mociones animales)
lo era todo en mi seno; no sabría
decir quién era yo: la catarata
suponía un hechizo; los peñascos,
las cumbres, el profundo, oscuro bosque,
sus colores y formas, provocaban
una sed, un amor, un sentimiento
ajeno a los encantos más remotos
de la idea ya todo otro interés
que el del mundo visible. Ya ha pasado
ese tiempo y no viven su alegría
y su inquieto arrebato. Sin
embargo,
no encuentro en mí lamento ni desmayo:
otros dones
compensan esta pérdida
pues hoy sé contemplar Naturaleza
no con esa inconsciencia juvenil
sino escuchando en ella la
nostálgica
música de lo humano, que no es áspera
pero tiene el
poder de castigar
y procurar alivio. Y he sentido
un algo que me aturde con la dicha
de claros pensamientos: la
sublime
noción de una simpar omnipresencia
cuyo hogar es la luz
del sol poniente
y el océano inmenso, el aire vivo,
el cielo azul, el alma de los hombres;
un rapto y un espíritu que
empujan
a todo cuanto piensa, a todo objeto
y por todo discurren.
De este modo,
soy aún el amante de los bosques
y montañas, de todo cuanto vemos
en esta verde tierra: el amplio
mundo
de oído y ojo, cuanto a medias crean
o perciben, contento de
tener
en la Naturaleza y los sentidos
el ancla de mis puros pensamientos,
guardián, guía y
nodriza de mi alma
y de mi ser moral.
Si hubiese sido
instruido de otro modo,
sufriría
aún más la decadencia de mi espíritu;
pero tú estás conmigo en
esta orilla,
mi más amada, más querida Amiga,
y en tu voz recupera
aquel lenguaje
mi antiguo corazón y leo aquellos
placeres en la lumbre temblorosa
de tus ojos. ¡Oh, sólo por un
rato
puedo ver en tus ojos al que fui,
querida hermana! Y rezo
esta oración
sabiendo que jamás Naturaleza
traiciona al que la
ama; es privilegio
suyo guiarnos siempre entre alegrías
a través
de los años, darle forma
a la vida que bulle y expresarla
con
quietud y belleza, alimentarla
con claros pensamientos de tal modo
que ni las malas lenguas, la
calumnia,
la mofa o el saludo indiferente
o el tedioso transcurso
de la vida
nos venzan o perturben nuestra alegre
fe en que todo cuanto contemplamos
es bendito. Así, deja a la
luna
brillar en tu paseo solitario
y soplar sobre ti los neblinosos
vientos; que al cabo de los años, cuando
este éxtasis madure en un placer
más sobrio y tu cabeza dé cobijo
a toda forma hermosa que haya habido,
tu memoria será perfecto
albergue
de bellas armonías. Oh, entonces,
si miedo, soledad, dolor o angustia
te asedian, ¡qué consuelo,
qué entrañable
alegría podrá darte el recuerdo
de estos consejos
míos! Y si entonces
estoy donde no pueda ya escuchar
tu voz ni ver tus ojos refulgentes
con la vida pasada, tú podrás
recordar que en la orilla de este río
unidos estuvimos y que yo,
adorador de la Naturaleza,
llegué hasta aquí gozoso en tal servicio,
incluso con mayor celo
y amor
santo. Y también recordarás
que tras los muchos viajes,
muchos años
de ausencia estos peñascos y estos bosques
y esta
escena bucólica me fueron
amables por sí mismos y por ti.
Versión de Gabriel Insausti
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