Todas las fábulas de Samaniego

 

Libro primero:

1.    El asno y el cochino
2.   La cigarra y la hormiga
3.   El muchacho y la fortuna
4.   La codorniz
5.   El águila y el escarabajo
6.   El león vencido por el hombre
7.   La zorra y el busto
8.   El ratón de la corte y el del campo
9.   El herrero y el perro
10. La zorra y la cigüeña
11.  Las moscas
12. El leopardo y las monas
13. El ciervo en la fuente
14. El león y la zorra
15. La cierva y el cervato
16. El labrador y la cigüeña
17. La serpiente y la lima
18. El calvo y la mosca
19. Los dos amigos y el oso
20. La águila, la gata y la jabalina


Libro segundo:

1.   El león con su ejército
2.  La lechera
3.  El asno sesudo
4.  El zagal y las ovejas
5.   La águila, la corneja y la tortuga
6.   El lobo y la cigüeña
7.   El hombre y la culebra
8.   El pájaro herido de una flecha
9.   El pescador y el pez
1o. El gorrión y la liebre
11.  Júpiter y la tortuga
12. El charlatan
13. El milano y las palomas
14. Las dos ranas
15. El parto de los montes
16. Las ranas pidiendo rey
17. El asno y el caballo
18. El cordero y el lobo
19. Las cabras y los chivos
20. El caballo y el ciervo

Libro tercero:

1.  El águila y el cuervo
2.  Los animales con peste
3.  El milano enfermo
4.  El león envejecidos
5.  La zorra y la gallina
6.  La cierva y el león
7.  El león enamorado
8.  Congreso de los ratones
9.  El lobo y la oveja
10. El hombre y la pulga
11. El cuervo y la serpiente
12. El asno y las ranas
13. El asno y el perro
14. El león y el asno cazando
15. El charlatán y el rústico

Libro cuarto:

1.  La mona corrida
2.  El asno y Júpiter
3.  El cazador y la perdiz
4.  El viejo y la muerte
5.  El enfermo y el médico
6.  La zorra y las uvas
7.  La cierva y la viña
8.  El asno cargado de reliquias
9.  Los dos machos
10. El cazador y el perro
11. La tortuga y el águila
12. El león y el ratón
13. Las liebres y las ranas
14. El gallo y el zorro
15. El león y la cabra
16. La hacha y el mango
17.  La onza y los pastores
18. El grajo vano
19. El hombre y la comadreja
20. Batalla de las comadrejas
21. El león y la rana
22. El ciervo y los bueyes
23. Los navegantes
24. El torrente y el río
25. El león, el lobo y la zorra

Libro quinto:

1.    Los ratones y el gato
2.   El asno y el lobo
3.   El asno y el caballo
4.   El labrador y la providencia
5.   El asno vestido de león
6.   La gallina de los huevos de oro
7.    Los cangrejos
8.   Las ranas sedientas
9.    El cuervo y el zorro
10. Un cojo y un picarón
11.  El carretero y Hércules
12.  La zorra y el chivo
13.  El lobo, la zorra y el mono juez
14.  Los dos gallos
15.  La mona y la zorra
16.  La gata mujer
17.  La leona y el oso
18.  El lobo y el perro flaco
19.  La oveja y el ciervo
20. La alforja
21.  El asno infeliz
22. El jabalí y la zorra
23. El perro y el cocodrilo
24. La comadreja y los ratones
25. El lobo y el perro

Libro sexto:

1.    El pastor y el filósofo
2.   El hombre y la fantasma
3.   El jabalí y el carnero
4.   El raposo, la mujer y el gallo
5.   El filósofo y el rústico
6.   La pava y la hormiga
7.    El enfermo y la visión
8.   El camello y la pulga
9.   El cerdo, el carnero y la cabra
10. El león, el tigre y el caminante
11.  La muerte
12. El amor y la locura

Libro séptimo:

1.   El raposo enfermo
2.   Las exequias de la leona
3.   El poeta y la rosa
4.   El búho y el hombre
5.   La mona
6.   Esopo y un ateniense
7.    Demetrio y Menandro
8.   Las hormigas
9.   Los gatos escrupulosos
10. El águila y la asamblea de los animales
11.  La paloma
12. El chivo afeitado

Libro octavo:

1. El naufragio de Simónides
2. El filósofo y la pulga
3. El cazador y los conejos
4. El filósofo y el faisán
5. El zapatero médico
6. El murciélago y la comadreja
7. La mariposa y el caracol
8. Los dos titiriteros
9. El raposo y el perro

Libro noveno:

1.    El gato y las aves
2.    La danza pastoril
3.    Los dos perros
4.    La moda
5.    El lobo y el mastín
6.    La hermosa y el espejo
7.    El viejo y el chalán
8.   La gata con cascabeles
9.    El ruiseñor y el mochuelo
10. El amo y el perro
11.  Los dos cazadores
12. El gato y el cazador
13. El pastor
14. El tordo flautista
15. El raposo y el lobo
16. El ciudadano pastor
17.  El ladrón
18. El joven filósofo y sus compañeros
19. El elefante, el toro, el asno y los demás animales

Las penitencias calculadas      

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LIBRO PRIMERO

1. El asno y el cochino

A los caballeros alumnos 
del Real Seminario Patriótico Vascongado 

Oh jóvenes amables,
que en vuestros tiernos años 
al templo de Minerva 
dirigís vuestros pasos, 
seguid, seguid la senda
en que marcháis, guiados, 
a la luz de las ciencias, 
por profesores sabios. 
aunque el camino sea, 
ya difícil, ya largo,
lo allana y facilita
el tiempo y el trabajo. 
Rompiendo el duro suelo, 
con la esteva agobiado, 
el labrador sus bueyes 
guía con paso tardo; 
mas al fin llega a verse, 
en medio del verano, 
de doradas espigas, 
como Ceres, rodeado. 
A mayores tareas,
a más graves cuidados 
es mayor y más dulce 
el premio y el descanso. 

Tras penosas fatigas,
la labradora mano 
¡con qué gusto recoge 
los racimos de Baco! 
Ea, jóvenes, ea,
seguid, seguid marchando 
al templo de Minerva, 
a recibir el lauro.
mas yo sé, caballeros, 
que un joven entre tantos 
responderá a mis voces: 
no puedo, que me canso. 
Descansa enhorabuena; 
¿digo yo lo contrario? 
Tan lejos estoy de eso, 
que en estos versos trato 
de daros un asunto
que instruya deleitando, 
los perros y los lobos, 
los ratones y gatos,
las zorras y las monas, 
los ciervos y caballos 
os han de hablar en verso, 
pero con juicio tanto, 
que sus máximas sean 
los consejos más sanos. 
deleitaos en ello,
y con este descanso, 
a las serias tareas 
volved más alentados. 

Ea, jóvenes, ea.
Seguid, seguid marchando 
al templo de Minerva, 
a recibir el lauro.
pero ¡qué! ¿os detiene 
el ocio y el regalo?
Pues escuchad a Esopo, 
mis jóvenes amados:

Envidiando la suerte del Cochinos, 
un Asno maldecía su destino. 
«Yo, decía, trabajo y como paja;
él come harina, berza, y no trabaja: 
a mí me dan de palos cada día;
a él le rascan y halagan a porfia.» 
Así se lamentaba de su suerte; 
pero luego que advierte
que a la pocilga alguna gente avanza 
en guisa de matanza,
armada de cuchillo y de caldera, 
y que con maña fiera
dan al gordo Cochino fin sangriento, 
dijo entre sí el jumento:
«si en esto para el ocio y los regalos, 
al trabajo me atengo y a los palos.»

 




FÁBULA II

2. La cigarra y la hormiga

Cantando la Cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno;
los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Viose desproveída
del precioso sustento:
sin mosca, sin gusano,
sin trigo, sin centeno.

Habitaba la Hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
la dijo: «Doña Hormiga,
pues que en vuestro granero
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste cigarra,
que alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.»

La codiciosa hormiga
respondió con denuedo,
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
«¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana,
¿qué has hecho en el buen tiempo?»
«Yo, dijo la Cigarra,
a todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento.»
«¡Hola! ¿conque cantabas
cuando yo andaba al remo?
Pues ahora, que yo como,
baila, pese a tu cuerpo.»

 



FÁBULA III

3. El muchacho y la fortuna

A la orilla de un pozo,
sobre la fresca yerba, 
un incauto Mancebo 
dormía a pierna suelta. 
Gritóle la Fortuna: 
«Insensato, despierta; 
¿no ves que ahogarte puedes, 
a poco que te muevas?
Por ti y otros canallas 
a veces me motejan, 
los unos de inconstante, 
y los otros de adversa. 
Reveses de Fortuna 
llamáis a las miserias; 
¿por qué, si son reveses 
de la conducta necia?»

 



FÁBULA IV

4. La codorniz

Presa en estrecho lazo 
la Codorniz sencilla, 
daba quejas al aire, 
ya tarde arrepentida. 
«¡Ay de mí miserable 
infeliz avecilla,
que antes cantaba libre, 
y ya lloro cautiva! 
Perdí mi nido amado, 
perdí en él mis delicias, 
al fin perdilo todo, 
pues que perdí la vida. 
¿Por qué desgracia tanta? 
¿Por qué tanta desdicha? 
¡Por un grano de trigo! 
¡oh cara golosina!»
El apetito ciego
¡a cuántos precipita, 
que por lograr un nada, 
un todo sacrifican!

 




FÁBULA V

5. El águila y el escarabajo

«Que me matan; favor»: así clamaba 
una liebre infeliz, que se miraba
en las garras de una Águila sangrienta. 
A las voces, según Esopo cuenta, 
acudió un compasivo Escarabajo;
y viendo a la cuitada en tal trabajo, 
por libertarla de tan cruda muerte, 
lleno de horror, exclama de esta suerte: 
«¡Oh reina de las aves escogida!
¿Por qué quitas la vida
a este pobre animal, manso y cobarde? 
¿No sería mejor hacer alarde
de devorar a dañadoras fieras,
o ya que resistencia hallar no quieras, 
cebar tus uñas y tu corvo pico
en el frío cadáver de un borrico?»
Cuando el Escarabajo así decía, 
la Águila con desprecio se reía,
y sin usar de más atenta frase, 
mata, trincha, devora, pilla y vase. 
El pequeño animal así burlado 
quiere verse vengado.
En la ocasión primera
vuela al nido del Águila altanera, 
halla solos los huevos, y arrastrando, 
uno por uno fuelos despeñando; 
mas como nada alcanza
a dejar satisfecha una venganza, 
cuantos huevos ponía en adelante 
se los hizo tortilla en el instante. 
La reina de las aves sin consuelo, 
remontaba su vuelo,
a Júpiter excelso humilde llega, 
expone su dolor, pídele, ruega 
remedie tanto mal; el dios propicio, 
por un incomparable beneficio,
en su regazo hizo que pusiese 
el Águila sus huevos, y se fuese; 
que a la vuelta, colmada de consuelos, 
encontraría hermosos sus polluelos. 
Supo el Escarabajo el caso todo: 
astuto e ingenioso hace de modo 
que una bola fabrica diestramente 
de la materia en que continuamente 
trabajando se halla,
cuyo nombre se sabe, aunque se calla, 
y que, según yo pienso,
para los dioses no es muy buen incienso. 
Carga con ella, vuela, y atrevido
pone su bola en el sagrado nido. 
Júpiter, que se vio con tal basura, 
al punto sacudió su vestidura, 
haciendo, al arrojar la albondiguilla, 
con la bola y los huevos su tortilla. 
Del trágico suceso noticiosa, 
arrepentida el Águila y llorosa 
aprendió esa lección a mucho precio:
a nadie se le trate con desprecio, 
como al Escarabajo,
porque al más miserable, vil y bajo, 
para tomar venganza, si se irrita, 
¿le faltará siquiera una bolita?

 



FÁBULA VI

6. El león vencido por el hombre

Cierto artífice pintó
Una lucha, en que valiente 
Un Hombre tan solamente 
A un horrible León venció. 
Otro león, que el cuadro vio, 
Sin preguntar por su autor, 
En tono despreciador 
Dijo: «Bien se deja ver 
Que es pintar como querer, 
Y no fue león el pintor.»

 



FÁBULA VII

7. La zorra y el busto

Dijo la Zorra al Busto,
Después de olerlo:
«Tu cabeza es hermosa, 
Pero sin seso»

Como éste hay muchos,
Que aunque parecen hombres, 
Sólo son bustos.

 



FÁBULA VIII

8. El ratón de la corte y el del campo

Un Ratón cortesano
Convidó con un modo muy urbano 
A un Ratón campesino.
Diole gordo tocino, 
Queso fresco de Holanda, 
Y una despensa llena de vianda 
Era su alojamiento,
Pues no pudiera haber un aposento 
Tan magníficamente preparado, 
Aunque fuese en Ratópolis buscado 
Con el mayor esmero,
Para alojar a Roepan primero. 
Sus sentidos allí se recreaban; 
Las paredes y techos adornaban,
Entre mil ratonescas golosinas, 
Salchichones, perniles y cecinas. 
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso! 
De pernil en pernil, de queso en queso. 
En esta situación tan lisonjera
Llega la Despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan, 
Pierden el tino, mas al fin se escapan 
Atropelladamente
Por cierto pasadizo abierto a diente. 
«¡Esto tenemos! dijo el campesino; 
Reniego yo del queso, del tocino 
Y de quien busca gustos
Entre los sobresaltos y los sustos» 
Volvióse a su campaña en el instante 
Y estimó mucho más de allí adelante, 
Sin zozobra, temor ni pesadumbres, 
Su casita de tierra y sus legumbres.

 



FÁBULA IX

9. El herrero y el perro

Un Herrero tenía
Un Perro que no hacía
Sino comer, dormir y estarse echado; 
De la casa jamás tuvo cuidado; 
Levantábase sólo a mesa puesta; 
Entonces con gran fiesta
Al dueño se acercaba,
Con perrunas caricias lo halagaba, 
Mostrando de cariño mil excesos 
Por pillar las piltrafas y los huesos. 
«He llegado a notar, le dijo el amo, 
Que aunque nunca te llamo
A la mesa, te llegas prontamente; 
En la fragua jamás te vi presente, 
Y yo me maravillo
De que, no despertándote el martillo, 
Te desveles al ruido de mis dientes. 
Anda, anda, poltrón; no es bien que cuentes 
Que el amo, hecho un gañán y sin reposo, 
Te mantiene a lo conde muy ocioso.»
El Perro le responde:
¿Qué más tiene que yo cualquiera conde? 
Para no trabajar debo al destino
Haber nacido perro, no pollino.» 
«Pues, señor conde, fuera de mi casa; 
Verás en las demás lo que te pasa.» 
En efecto salió a probar fortuna,
Y las casas anduvo de una en una. 
Allí le hacen servir de centinela 
Y que pase la noche toda en vela, 
Acá de lazarillo y de danzante,
Allá dentro de un torno, a cada instante, 
Asa la carne que comer no espera.
Al cabo conoció de esta manera 
Que el destino, y no es cuento,
A todos nos cargó como al jumento.

 



FÁBULA X

10. La zorra y la cigüeña

Una Zorra se empeña
En dar una comida a una Cigüeña; 
La convidó con tales expresiones, 
Que anunciaban sin duda provisiones 
De lo más excelente y exquisito. 
Acepta alegre, va con apetito;
Pero encontró en la mesa solamente 
jigote claro sobre chata fuente.
En vano a la comida picoteaba, 
Pues era para el guiso que miraba 
Inútil tenedor su largo pico.
La Zorra con la lengua y el hocico 
Limpió tan bien su fuente, que pudiera 
Servir de fregatriz si a Holanda fuera. 
Mas de allí a poco tiempo, convidada 
De la Cigüeña, halla preparada
Una redoma de jigote llena;
Allí fue su aflicción, allí su pena; 
El hocico goloso al punto asoma 
Al cuello de la hidrópica redoma,
Mas en vano, pues era tan estrecho, 
Cual si por la Cigueña fuese hecho. 
Envidiosa de ver que a conveniencia 
Chupaba la del pico a su presencia, 
Vuelve, tienta, discurre,
Huele, se desatina, en fin se aburre; 
Marchó rabo entre piernas, tan corrida, 
Que ni aun tuvo siquiera la salida
De decir: Están verdes, como antaño. 

También hay para pícaros engaño.

 


FÁBULA XI

11. Las moscas

A un panal de rica miel 
Dos mil Moscas acudieron, 
Que por golosas murieron, 
Presas de patas en él.
Otra dentro de un pastel 
Enterró su golosina. 
Así si bien se examina 
Los humanos corazones 
Perecen en las prisiones 
Del vicio que los domina.

 



FÁBULA XII

12. El leopardo y las monas

No a pares, a docenas encontraba
Las Monas en Tetuán, cuando cazaba, 
Un Leopardo; apenas lo veían,
A los árboles todas se subían, 
Quedando del contrario tan seguras, 
Que pudiera decir: No están maduras. 
El cazador, astuto, se hace el muerto 
Tan vivamente, que parece cierto. 
Hasta las viejas Monas,
Alegres en el caso y juguetonas, 
Empiezan a saltar; la más osada 
Baja, arrímase al muerto de callada, 
Mira, huele y aun tienta,
Y grita muy contenta:
«Llegad, que muerto está de todo punto, 
Tanto, que empieza a oler el tal difunto.» 
Bajan todas con bulla y algazara:
Ya le tocan la cara,
Ya le saltan encima, 
Aquélla se le arrima, 
Y haciendo mimos, a su lado queda; 
Otra se finge muerta y lo remeda. 
Mas luego que las siente fatigadas 
De correr, de saltar y hacer monadas, 
Levántase ligero,
Y más que nunca fiero,
Pilla, mata, devora, de manera 
Que parecía la sangrienta fiera, 
Cubriendo con los muertos la campaña, 
Al Cid matando moros en España.

Es el peor enemigo el que aparenta 
No poder causar daño; porque intenta 
Inspirando confianza,
Asegurar su golpe de venganza.

 



FÁBULA XIII

13. El ciervo en la fuente

Un Ciervo se miraba
En una hermosa cristalina Fuente; 
Placentero admiraba
Los enramados cuernos de su frente, 
Pero al ver sus delgadas, largas piernas, 
Al alto cielo daba quejas tiernas. 
«¡Oh dioses! ¿A qué intento,
A esta fábrica hermosa de cabeza 
Construir su cimiento
Sin guardar proporción en la belleza? 
¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo! 
¡No haber gloria cumplida en este mundo!» 
Hablando de esta suerte
El Ciervo, vio venir a un lebrel fiero. 
Por evitar su muerte,
Parte al espeso bosque muy ligero; 
Pero el cuerno retarda su salida, 
Con una y otra rama entretejida.
Mas libre del apuro
A duras penas, dijo con espanto: 
«Si me veo seguro,
Pese a mis cuernos, fue por correr tanto; 
Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos, 
Haga mis feos pies el cielo eternos:»

Así frecuentemente
El hombre se deslumbra con lo hermoso; 
Elige lo aparente,
Abrazando tal vez lo más dañoso; 
Pero escarmiente ahora en tal cabeza. 
El útil bien es la mejor belleza.

 



FÁBULA XIV

14. El león y la zorra

Un León en otro tiempo poderoso, 
Ya viejo y achacoso,
En vano perseguía, hambriento y fiero, 
Al mamón Becerrillo y al Cordero, 
Que trepando por la áspera montaña, 
Huían libremente de su saña. 
Afligido de la hambre a par de muerte, 
Discurrió su remedio de esta suerte: 
Hace correr la voz de que se hallaba 
Enfermo en su palacio, y deseaba
Ser de los animales visitado. 
Acudieron algunos de contado; 
Mas como el grave mal que lo postraba 
Era un hambre voraz, tan sólo usaba 
La receta exquisita
De engullirse al monsieur de la visita. 
Acércase la Zorra de callada,
Y a la puerta asomada,
Atisba muy despacio
La entrada de aquel cóncavo palacio. 
El León la divisó, y en el momento 
La dice: «Ven acá; pues que me siento 
En el último instante de mi vida, 
Visítame como otros, mi querida.» 
«¡Como otros! ¡Ah señor! he conocido 
Que entraron, sí, pero no han salido. 
Mirad, mirad la huella,
Bien claro lo dice ella;
Y no es bien el entrar do no se sale.» 
La prudente cautela mucho vale.

 



FÁBULA XV

15. La cierva y el cervato

A una Cierva decía
Su tierno Cervatillo: «Madre mía, 
¡Es posible que un perro solamente 
Al bosque te haga huir cobardemente, 
Siendo él mucho menor, menos pujante! 
¿Por qué no has de ser tú más arrogante?» 
«Todo es cierto, hijo mío;
Y cuando así lo pienso, desafío
A mis solas a veinte perros juntos. 
Figúrome luchando, y que difuntos 
Dejo a los unos; que otros, falleciendo,
Pisándose las tripas, van huyendo
En vano de la muerte,
Y a todos venzo de gallarda suerte; 
Mas si embebida en este pensamiento, 
A un perro ladrar siento,
Escapo más ligera que un venablo, 
Y mi victoria se la lleva el diablo.» 

A quien no sea de ánimo esforzado 
No armarlo de soldado,
Pues por más que, al mirarse la armadura, 
Piense, en tiempo de paz, que su bravura 
Herirá, matará cuanto acometa,
En oyendo en campaña la trompeta, 
Hará lo que la Corza de la historia, 
Mas que el diablo se lleve la victoria.

 



FÁBULA XVI

16. El labrador y la cigüeña

Un Labrador miraba
Con duelo su sembrado, 
Porque gansos y grullas 
De su trigo solían hacer pasto. 
Armó sin más tardanza 
Diestramente sus lazos,
Y cayeron en ellos
La Cigüeña, las grullas y los gansos. 
«Señor rústico, dijo
La Cigüeña temblando, 
Quíteme las prisiones, 
Pues no merezco pena de culpados; 
La diosa Ceres sabe
Que, lejos de hacer daño, 
Limpio de sabandijas,
De culebras y víboras los campos.» 
«Nada me satisface,
Respondió el hombre airado: 
Te hallé con delincuentes,
Con ellos morirás entre mis manos.» 

La inocente Cigüeña
Tuvo el fin desgraciado, 
Que pueden prometerse
Los buenos que se juntan con los malos.

 




FÁBULA XVII

17. La serpiente y la lima

En casa de un cerrajero
Entró la Serpiente un día, 
Y la insensata mordía 
En una Lima de acero. 
Díjole la Lima: «El mal, 
Necia, será para ti;
¿Cómo has de hacer mella en mí, 
Que hago polvos el metal?» 

Quien pretende sin razón
Al más fuerte derribar 
No consigue sino dar 
Coces contra el aguijón.



FÁBULA XVIII

18. El calvo y la mosca

Picaba impertinente
En la espaciosa calva de un Anciano 
Una Mosca insolente.
Quiso matarla, levantó la mano, 
Tiró un cachete, pero fuese salva, 
Hiriendo el golpe la redonda calva. 
Con risa desmedida
La Mosca prorrumpió: «Calvo maldito, 
Si quitarme la vida
Intentaste por un leve delito,
¿A qué pena condenas a tu brazo, 
Bárbaro ejecutor de tal porrazo?» 
«Al que obra con malicia,
Le respondió el varón prudentemente, 
Rigurosa justicia
Debe dar el castigo conveniente, 
Y es bien ejercitarse la clemencia 
En el que peca por inadvertencia. 
Sabe, Mosca villana,
Que coteja el agravio recibido 
La condición humana,
Según la mano de donde ha venido»; 

Que el grado de la ofensa tanto asciende 
Cuanto sea más vil aquel que ofende.

 



FÁBULA XIX

19. Los dos amigos y el oso

A dos Amigos se aparece un Oso:
El uno, muy medroso,
En las ramas de un árbol se asegura; 
El otro, abandonado a la ventura, 
Se finge muerto repentinamente. 
El Oso se le acerca lentamente;
Mas como este animal, según se cuenta, 
De cadáveres nunca se alimenta,
Sin ofenderlo lo registra y toca, 
Huélele las narices y la boca; 
No le siente el aliento,
Ni el menor movimiento;
Y así, se fue diciendo sin recelo:
«Este tan muerto está como mi abuelo.» 
Entonces el cobarde,
De su grande amistad haciendo alarde, 
Del árbol se desprende muy ligero, 
Corre, llega y abraza al compañero, 
Pondera la fortuna
De haberle hallado sin lesión alguna, 
Y al fin le dice: «Sepas que he notado 
Que el Oso te decía algún recado. 
¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido; 
Estas dos palabritas al oído:
Aparta tu amistad de la persona
Que si te ve en el riesgo, te abandona.»

 




FÁBULA XX

20. La águila, la gata y la jabalina

Una Águila anidó sobre una encina.
Al pie criaba cierta Jabalina,
Y era un hueco del tronco corpulento 
De una Gata y sus crías aposento. 
Esta gran marrullera
Sube al nido del Águila altanera, 
Y con fingidas lágrimas la dice: 
«¡Ay mísera de mí! ¡ay infelice! 
Este si que es trabajo:
La vecina que habita el cuarto bajo, 
Como tú misma ves, el día pasa 
Hozando los cimientos de la casa. 
La amainará, y en viendo la traidora 
Por tierra a nuestros hijos, los devora.» 
Después que dejó al Águila asustada, 
A la cueva se baja de callada,
Y dice a la cerdosa: «Buena amiga, 
Has de saber que la Águila enemiga, 
Cuando saques tus crías hacia el monte, 
Las ha de devorar; así disponte.»
La Gata, aparentando que temía, 
Se retiró a su cuarto, y no salía 
Sino de noche, que con maña astuta 
Abastecía su pequeña gruta.
La Jabalina, con tan triste nueva, 
No salió de su cueva.
La Águila, en el ramaje temerosa 
Haciendo centinela, no reposa.
En fin, a ambas familias la hambre mata, 
Y de ellas hizo víveres la Gata.

Jóvenes, ojo alerta, gran cuidado;
Que un chismoso en amigo disfrazado 
Con copa de amistad cubre sus trazas, 
Y así causan el mal sus añagazas.



LIBRO SEGUNDO


FÁBULA PRIMERA

1. El león con su ejército

A Don Javier María de Munive e Maquez, 
conde de Peñaflorida, director perpetuo 
de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País 


Mientras que con la espada en mar y tierra
Los ilustres varones
Engrandecen su fama por la guerra, 
Sojuzgando naciones,
Tú, Conde, con la pluma y el arado, 
Ya enriqueces la patria, ya la instruyes, 
Y haciendo venturosos has ganado
El bien que buscas y el laurel que huyes. 
Con darte todo al bien de los humanos 
No contento tu celo,
Supo unir a los nobles ciudadanos 
Para felicidad del patrio suelo.
La hormiga codiciosa
Trabaja en sociedad fructuosamente, 
Y la abeja oficiosa
Labra siempre ayudada de su gente. 
Así unes a los hombres laboriosos 
Para hacer sus trabajos más fructuosos. 
Aquél viaja observando
Por las naciones cultas;
Éste con experiencias va mostrando 
Las útiles verdades más ocultas.
Cuál cultiva los campos, cuál las ciencias; 
Y de diversos modos,
Juntando estudios, viajes y experiencias,
Resulta el bien en que trabajan todos. 
¡En que trabajan todos! Ya lo dije,
Por más que yo también sea contado. 
El sabio Presidente que nos rige 
Tiene aun al más inútil ocupado. 
Darme, Conde, querías un destino, 
Al contemplarme ocioso e ignorante. 
Era difícil; mas al fin tu tino 
Encontró un genio en mí versificante. 
A Fedro y Lafontaine por modelos 
Me pusiste a la vista,
Y hallaron tus desvelos
Que pudiera ensayarme a fabulista. 
Y pues viene al intento,
Pasemos al ensayo: va de cuento.

El León, rey de los bosques poderoso, 
Quiso armar un ejército famoso. 
Juntó sus animales al instante: 
Empezó por cargar al elefante
Un castillo con útiles, y encima 
Rabiosos lobos, que pusiesen grima. 
Al oso le encargó de los asaltos;
Al mono con sus gestos y sus saltos 
Mandó que al enemigo entretuviese; 
A la Zorra que diese
Ingeniosos ardides al intento.
Uno gritó: «La liebre y el jumento.
Éste por tardo, aquélla por medrosa, 
De estorbo servirán, no de otra cosa.» 
«¿De estorbo? dijo el Rey; yo no lo creo. 
En la liebre tendremos un correo,
Y en el asno mis tropas un trompeta.» 
Así quedó la armada bien completa. 

Tu retrato es el León, Conde prudente, 
Y si a tu imitación, según deseo, 
Examinan los jefes a su gente,
A todos han de dar útil empleo.
¿Por qué no lo han de hacer? ¿Habrá cucaña 
Como no hallar ociosos en España?.

 

 
FÁBULA II

2. La lechera

Llevaba en la cabeza
Una Lechera el cántaro al mercado 
Con aquella presteza,
Aquel aire sencillo, aquel agrado,
Que va diciendo a todo el que lo advierte 
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!» 
Porque no apetecía
Más compañía que su pensamiento, 
Que alegre la ofrecía
Inocentes ideas de contento, 
Marchaba sola la feliz Lechera, 
Y decía entre sí de esta manera: 
«Esta leche vendida,
En limpio me dará tanto dinero, 
Y con esta partida
Un canasto de huevos comprar quiero, 
Para sacar cien pollos, que al estío
Me rodeen cantando el pío, pío. 
Del importe logrado
De tanto pollo mercaré un cochino; 
Con bellota, salvado,
Berza, castaña engordará sin tino, 
Tanto, que puede ser que yo consiga 
Ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero; 
Compraré de contado
Una robusta vaca y un ternero, 
Que salte y corra toda la campaña, 
Hasta el monte cercano a la cabaña.»
Con este pensamiento 
Enajenada, brinca de manera, 
Que a su salto violento
El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, 
Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero. 
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento! 
Modera tu alegría
No sea que saltando de contento, 
Al contemplar dichosa tu mudanza, 
Quiebre su cantando la esperanza.
No seas ambiciosa
De mejor o más próspera fortuna, 
Que vivirás ansiosa
Sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro; 
Mira que ni el presente está seguro.

 




FÁBULA III

3. El asno sesudo

Cierto Burro pacía
En la fresca y hermosa pradería
Con tanta paz como si aquella tierra 
No fuese entonces teatro de la guerra. 
Su dueño, que con miedo lo guardaba, 
De centinela en la ribera estaba. 
Divisa al enemigo en la llanura,
Baja, y al buen Borrico le conjura 
Que huya precipitado.
El Asno, muy sesudo y reposado, 
Empieza a andar a paso perezoso. 
Impaciente su dueño y temeroso 
Con el marcial ruido
De bélicas trompetas al oído,
Le exhorta con fervor a la carrera. 
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera; 
Que llegue en hora buena Marte fiero; 
Me rindo, y él me lleva prisionero. 
¿Servir aquí o allí no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda; 
Siempre seré un esclavo con albarda.» 
No estuvo más en sí ni más entero 
Que el buen Pollino Amiclas el Barquero, 
Cuando en su humilde choza le despierta 
César, con sus soldados a la puerta,
Para que a la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quien no temblase 
Entre los poderosos
De insultos militares horrorosos 
De la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga 
Esta gran exención: de aquí le viene. 

Nada teme perder quien nada tiene.

 



FÁBULA IV

4. El zagal y las ovejas

Apacentando un joven su ganado, 
Gritó desde la cima de un collado: 
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.» 
Éstos, abandonando sus labores, 
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente. 
Vuelve a clamar, y temen la desgracia; 
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia! 
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera. 
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita, 
No se mueve la gente escarmentada, 
Y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño, 
Contra el engañador el mayor daño!

 




FÁBULA V

5. La águila, la corneja y la tortuga

A una Tortuga una Águila arrebata;
La ladrona se apura y desbarata 
Por hacerla pedazos,
Ya que no con la garra, a picotazos. 
Viéndola una Corneja en tal,faena, 
La dice: «En vano tomas tanta pena: 
¿No ves que es la Tortuga, cuya casa 
Diente, cuerno ni pico la traspasa, 
Y si siente que llaman a su puerta,
Se finge la dormida, sorda o muerta?»
«Pues ¿qué he de hacer?» «Remontarás tu vuelo,
Y en mirándote allá cerca del cielo 
La dejarás caer sobre un peñasco,
Y se hará una tortilla el duro casco.» 
La Águila, porque diestra lo ejecuta, 
Y la Comeja astuta,
Por autora de aquella maravilla, 
juntamente comieron la tortilla.

¿Qué podrá resistirse a un poderoso 
Guiado de un consejo malicioso?
De estos tales se aparta el que es prudente; 
Y así por escaparse de esta gente
Las descendientes de la tal Tortuga 
A cuevas ignoradas hacen fuga.

 



FÁBULA VI

6. El lobo y la cigüeña

Sin duda alguna que se hubiera ahogado 
Un Lobo con un hueso atragantado,
Si a la sazón no pasa una Cigüeña. 
El paciente la ve, hácela seña; 
Llega, y ejecutiva,
Con su pico, jeringa primitiva, 
Cual diestro cirujano,
Hizo la operación y quedó sano. 
Su salario pedía,
Pero el ingrato Lobo respondía:
«<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa 
Que el no haberte causado leve ofensa, 
Y dejarte vivir para que cuentes
Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
Marchó por evitar una desdicha, 
Sin decir tus ni mus, la susodicha. 

Haz bien, dice el proverbio castellano, 
Y no sepas a quién; pero es muy llano 
Que no tiene razón ni por asomo: 
Es menester saber a quién y cómo. 
El ejemplo siguiente
Nos hará esta verdad más evidente.

 



FÁBULA VII

7. El hombre y la culebra

A una Culebra que, de frío yerta, 
En el suelo yacía medio muerta
Un labrador cogió; mas fue tan bueno, 
Que incautamente la abrigó en su seno. 
Apenas revivió, cuando la ingrata
A su gran bienhechor traidora mata.

 




FÁBULA VIII

8. El pájaro herido de una flecha

Un Pájaro inocente,
Herido de una flecha 
Guarnecida de acero 
Y de plumas ligeras, 
Decía en su lenguaje 
Con amargas querellas: 
«¡Oh crueles humanos! 
Más crueles que fieras, 
Con nuestras propias alas, 
Que la naturaleza
Nos dio, sin otras armas 
Para propia defensa, 
Forjáis el instrumento 
De la desdicha nuestra, 
Haciendo que inocentes 
Prestemos la materia.
Pero no, no es extraño 
Que así bárbaros sean 
Aquellos que en su ruina 
Trabajan, y no cesan. 
Los unos y otros fraguan 
Armas para la guerra,
Y es dar contra sus vidas 
Plumas para las flechas.»

 




FÁBULA IX

9. El pescador y el pez

Recoge un Pescador su red tendida, 
Y saca un pececillo. «Por tu vida, 
Exclamó el inocente prisionero, 
Dame la libertad: sólo la quiero, 
Mira que no te engaño,
Porque ahora soy ruín; dentro de un año 
Sin duda lograrás el gran consuelo
De pescarme más grande que mi abuelo. 
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto? 
Sólo por otro tanto
A un hermanito mío
Un Señor pescador lo tiró al río.» 
«¿Por otro tanto al río? ¡qué manía! 
Replicó el pescador: ¿pues no sabía 
Que el refrán castellano
Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...! 
A sartén te condeno; que mi panza 
No se llena jamás con la esperanza.»

 




FÁBULA X

1o. El gorrión y la liebre

Un maldito Gorrión así decía
A una Liebre que una Águila oprimía: 
«No eres tú tan ligera,
Que si el perro te sigue en la carrera, 
Lo acarician y alaban como al cabo 
Acerque sus narices a tu rabo?
Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?» 
De este modo la insulta, cuando viene 
El diestro Gavilán y la arrebata.
El preso chilla, el prendedor lo mata; 
Y la Liebre exclamó: «Bien merecido. 
¿Quién te mandó insultar al afligido, 
Y a más, a más meterte a consejero, 
No sabiendo mirar por ti primero?»

 




FÁBULA XI

11. Júpiter y la tortuga

A las bodas de Júpiter estaban 
Todos los animales convidados: 
Unos y otros llegaban
A la fiesta nupcial apresurados.
No faltaba a tan grande concurrencia 
Ni aun la reptil y más lejana oruga, 
Cuando llega muy tarde y con paciencia, 
A paso perezoso, la Tortuga.
Su tardanza reprende el dios airado, 
Y ella le respondió sencillamente: 
«Si es mi casita mi retiro amado, 
¿Cómo podré dejarla prontamente?» 
Por tal disculpa Júpiter tonante, 
Olvidando el indulto de las fiestas, 
La ley del caracol le echó al instante, 
Que es andar con la casa siempre a cuestas.
Gentes machuchas hay que hacen alarde 
De que aman su retiro con exceso;
Pero a su obligación acuden tarde: 
Viven como el ratón dentro del queso.

 



FÁBULA XII

12. El charlatan

«Si cualquiera de ustedes
Se da por las paredes 
O arroja de un tejado, 
Y queda, a buen librar, descostillado, 
Yo me reiré muy bien: importa un pito, 
Como tenga mi bálsamo exquisito.» 
Con esta relación un chacharero
Gana mucha opinión y más dinero; 
Pues el vulgo, pendiente de sus labios,
Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. 
Por esta conveniencia
Los hay el día de hoy en toda ciencia, 
Que ocupan, igualmente acreditados, 
Cátedras, academias y tablados.	
Prueba de esta verdad será un famoso 
Doctor en elocuencia, tan copioso 
En charlatanería,
Que ofreció enseñaría
A hablar discreto con fecundo pico,
En diez años de término, a un borrico. 
Sábelo el Rey; lo llama, y al momento 
Le manda dé lecciones a un jumento; 
Pero bien entendido
Que sería, cumpliendo lo ofrecido, 
Ricamente premiado;
Mas cuando no, que moriría ahorcado. 
El doctor asegura nuevamente
Sacar un orador asno elocuente. 
Dícele callandito un cortesano: 
«Escuche, buen hermano;
Su frescura me espanta:
A cáñamo me huele su garganta.» 
«No temáis, señor mío,
Respondió el Charlatán, pues yo me río. 
¿En diez años de plazo que tenemos, 
El Rey, el asno o yo no moriremos?» 

Nadie encuentra embarazo
En dar un largo plazo
A importantes negocios; mas no advierte 
Que ajusta mal su cuenta sin la muerte.

 



FÁBULA XIII

13. El milano y las palomas

A las tristes Palomas un Milano,
Sin poderlas pillar, seguía en vano; 
Mas él a todas horas
Servía de lacayo a estas señoras.
Un día, en fin, hambriento e ingenioso, 
Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo, 
Vuestra seguridad y conveniencia? 
Pues creedme en mi conciencia:
En lugar de ser yo vuestro enemigo, 
Desde ahora me obligo,
Si la banda por rey me aclama luego, 
A tenerla con sosiego,
Sin que de garra o pico tema agravio; 
Pues tocante a la paz seré un Octavio.» 
Las sencillas palomas consintieron;
Aclamándole por rey, «Viva, dijeron, 
Nuestro rey el Milano.»
Sin esperar a más, este tirano 
Sobre un vasallo mísero se planta; 
Déjalo con el viva en la garganta; 
Y continuando así sus tiranías, 
Acabó con el reino en cuatro días.

Quien al poder se acoja de un malvado 
Será, en vez de feliz, un desdichado.

 



FÁBULA XIV

14. Las dos ranas

Tenían dos Ranas
Sus pastos vecinos, 
Una en un estanque, 
Otra en el camino. 
Cierto día a ésta 
Aquélla la dijo:
«¡Es creíble, amiga, 
De tu mucho juicio, 
Que vivas contenta 
Entre los peligros, 
Donde te amenazan, 
Al paso preciso, 
Los pies y las ruedas 
Riesgos infinitos!
Deja tal vivienda; 
Muda de destino; 
Sigue mi dictamen 
Y vente conmigo.» 
En tono de mofa, 
Haciendo mil mimos, 
Respondió a su amiga: 
«¡Excelente aviso!
¡A mí novedades! 
Vaya, ¡qué delirio! 
Eso sí que fuera 
Darme el diablo ruido. 
¡Yo dejar la casa
Que fue domicilio 
De padres, abuelos 
Y todos los míos, 
Sin que haya memoria 
De haber sucedido 
La menor desgracia 
Desde luengos siglos!» 
«Allá te compongas; 
Mas ten entendido 
Que tal vez sucede
Lo que no se ha visto.» 
Llegó una carreta
A este tiempo mismo, 
Y a la triste Rana 
Tortilla la hizo.

Por hombres de seso 
Muchos hay tenidos, 
Que a nuevas razones 
Cierran los oídos. 
Recibir consejos
Es un desvarío;
La rancia costumbre 
Suele ser su libro.

 




FÁBULA XV

15. El parto de los montes

Con varios ademanes horrorosos
Los montes de parir dieron señales; 
Consintieron los hombres temerosos 
Ver nacer los abortos más fatales. 
Después que con bramidos espantosos 
Infundieron pavor a los mortales,
Estos montes, que al mundo estremecieron, 
Un ratoncillo fue lo que parieron.

Hay autores que en voces misteriosas 
Estilo fanfarrón y campanudo
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele a menudo
Ser el gran parto de su pensamiento, 
Después de tanto ruido sólo viento.

 



FÁBULA XVI

16. Las ranas pidiendo rey

Sin Rey vivía, libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente. 
La amable libertad sola reinaba
En la inmensa laguna que habitaba; 
Mas las Ranas al fin un Rey quisieron, 
A Júpiter excelso lo pidieron; 
Conoce el dios la súplica importuna, 
Y arroja un Rey de palo a la laguna: 
Debió de ser sin duda buen pedazo, 
Pues dio su majestad tan gran porrazo, 
Que el ruido atemoriza al reino todo; 
Cada cual se zambulle en agua o lodo, 
Y quedan en silencio tan profundo 
Cual si no hubiese ranas en el mundo. 
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, 
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga 
A recurrir al dios humildemente. 
«Padeced, les responde, eternamente; 
Que así castigo a aquel que no examina 
Si su solicitud será su ruina.»

 




FÁBULA XVII

17. El asno y el caballo

«¡Ah! ¡quién fuese Caballo!
Un Asno melancólico decía; 
Entonces sí que nadie me vería 
Flaco, triste y fatal como me hallo. 
Tal vez un caballero
Me mantendría ocioso y bien comido, 
Dándose su merced por muy servido 
Con corvetas y saltos de carnero.
Trátanme ahora como vil y bajo; 
De risa sirve mi contraria suerte; 
Quien me apalea más, más se divierte, 
Y menos como cuando más trabajo.
No es posible encontrar sobre la tierra 
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, 
Cuando al Caballo ve cómo pasaba, 
Con su jinete y armas, a la guerra.
Entonces conoció su desatino, 
Rióse de corvetas y regalos,
Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, 
No me saquen los dioses de Pollino.»

 



FÁBULA XVIII

18. El cordero y el lobo

Uno de los corderos mamantones, 
Que para los glotones
Se crían, sin salir jamás al prado, 
Estando en la cabaña muy cerrado, 
Vio por una rendija de la puerta 
Que el caballero Lobo estaba alerta, 
En silencio esperando astutamente 
Una calva ocasión de echarle el diente. 
Mas él, que bien seguro se miraba, 
Así lo provocaba:
«Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso,
Porque sabe el pastor que soy travieso; 
Mas si él no fuese bobo,
No habría ya en el mundo ningún Lobo. 
Pues yo corriendo libre por los cerros, 
Sin pastores ni perros,
Con sólo mi pujanza y valentía 
Contigo y con tu raza acabaría.» 
«Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza
De regalar a mi vacía panza. 
Cuando este miserable me provoca 
Es señal de que se halla de mi boca 
Tan libre como el cielo de ladrones.» 

Así son los cobardes fanfarrones,
Que se hacen en los puestos ventajosos 
Más valentones cuanto más medrosos.

 




FÁBULA XIX

19. Las cabras y los chivos

Desde antaño en el mundo
Reina el vano deseo 
De parecer iguales
A los grandes señores los plebeyos. 
Las Cabras alcanzaron
Que Júpiter excelso 
Les diese barba larga 
Para su autoridad y su respeto. 
Indignados los Chivos
De que su privilegio
Se extendiese a las Cabras,
Lampiñas con razón en aquel tiempo, 
Sucedió la discordia
Y los amargos celos 
A la paz octaviana 
Con que fue gobernado el barbón pueblo. 
Júpiter dijo entonces,
Acudiendo al remedio:
«¿Qué importa que las Cabras 
Disfruten un adorno propio vuestro 
Si es mayor ignominia
De su vano deseo, 
Siempre que no igualaren 
En fuerzas y valor a vuestro cuerpo?» 

El mérito aparente
Es digno de desprecio; 
La virtud solamente
Es del hombre el ornato verdadero.

 



FÁBULA XX

20. El caballo y el ciervo

Perseguía un Caballo vengativo
A un Ciervo que le hizo leve ofensa; 
Mas hallaba segura la defensa
En veloz carrera el fugitivo.
El vengador, perdida la esperanza 
De alcanzarlo, y lograr así su intento, 
Al hombre le pidió su valimiento 
Para tomar del ofensor venganza.
Consiente el hombre, y el Caballo airado 
Sale con su jinete a la campaña;
Corre con dirección, sigue con maña, 
Y queda al fin del ofensor vengado. 
Muéstrase al bienhechor agradecido; 
Quiere marcharse libre de su peso;
Mas desde entonces mismo quedó preso, 
Y eternamente al hombre sometido.

El Caballo que suelto y rozagante 
En el frondoso bosque y prado ameno 
Su libertad gozaba tan de lleno, 
Padece sujeción desde ese instante.
Oprimido del yugo ara la tierra; 
Pasa tal vez la vida más amarga; 
Sufre la silla, freno, espuela, carga, 
Y aguanta los horrores de la guerra.
En fin perdió la libertad amable 
Por vengar una ofensa solamente. 
Tales los frutos son que ciertamente 
Produce la venganza detestable.

 



LIBRO TERCERO


FÁBULA PRIMERA
A Don Tomás de Iriarte

1.El águila y el cuervo

En mis versos, Iriarte, 
Ya no quiero más arte 
Que poner a los tuyos por modelo. 
A competir anhelo
Con tu numen, que el sabio mundo admira, 
Si me prestas tu lira,
Aquélla en que tocaron dulcemente 
Música y Poesía juntamente.
Esto no puede ser: ordena Apolo 
Que, digno sólo tú, la pulses solo. 
¿Y, por qué sólo tú? Pues cuando menos, 
¿No he de hacer versos fáciles, amenos, 
Sin ambicioso ornato?
¿Gastas otro poético aparato?
Si tú sobre el Parnaso te empinases, 
Y desde allí cantases:
Risco tramonto de época altanera, 
«Góngora que te siga», te dijera; 
Pero si vas marchando por el llano, 
Cantándonos en verso castellano
Cosas claras, sencillas, naturales, 
Y todas ellas tales,
Que aun aquel que no entiende poesía 
Dice: Eso yo también me lo diría;
¿Por qué no he de imitarte, y aun acaso 
Antes que tú trepar por el Parnaso? 
No imploras las sirenas ni las musas, 
Ni de númenes usas,
Ni aun siquiera confias en Apolo. 
A la naturaleza imploras solo,
Y ella, sabia, te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco a las deidades, 
Y por mejor consejo,
Sea mi sacro numen cierto viejo, 
Esopo digo. Díctame, machucho, 
Una de tus patrañas; que te escucho.


Una Águila rapante,
Con vista perspicaz, rápido vuelo, 
Descendiendo veloz de junto al cielo, 
Arrebató un cordero en un instante.
Quiere un Cuervo imitarla: de un carnero 
En el vellón sus uñas hacen presa;
Queda enredado entre la lana espesa, 
Como pájaro en liga prisionero. 
Hacen de él los pastores vil juguete, 
Para castigo de su intento necio. 
Bien merece la burla y el desprecio 
El Cuervo que a ser Águila se mete.
El viejo me ha dictado esta patraña, 
y astutamente así me desengaña.
Esa facilidad, esa destreza,
Con que arrebató el Águila su pieza, 
Fue la que engañó al Cuervo, pues creía 
Que otro tanto a lo menos él haría.
Mas ¿qué logró? Servirme de escarmiento. 
¡Ojalá que sirviese a más de ciento, 
Poetas de mal gusto inficionados,
Y dijesen, cual yo, desengañados: 
«El Águila eres tú, divino Iriarte;
Ya no pretendo más sino admirarte: 
Sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
Y no sea yo el cuervo de la historia!»

 




FÁBULA II

2.Los animales con peste

En los montes, los valles y collados, 
De animales poblados,
Se introdujo la peste de tal modo,
Que en un momento lo inficiona todo. 
Allí, donde su corte el León tenía, 
Mirando cada día
Las cacerías, luchas y carreras
De mansos brutos y de bestias fieras, 
Se veían los campos ya cubiertos
De enfermos miserables y de muertos. 
«Mis amados hermanos,
Exclamó el triste Rey, mis cortesanos, 
Ya véis que el justo cielo nos obliga
A implorar su piedad, pues nos castiga 
Con tan horrenda plaga:
Tal vez se aplacará con que se le haga 
Sacrificio de aquel más delincuente, 
Y muera el pecador, no el inocente. 
Confiese todo el mundo su pecado.
Yo, cruel, sanguinario, he devorado 
Inocentes corderos,
Ya vacas, ya terneros,
Y he sido, a fuerza de delito tanto,
De la selva terror, del bosque espanto.»
«Señor, dijo la Zorra, en todo eso
No se halla más exceso
Que el de vuestra bondad, pues que se digna 
De teñir en la sangre ruin, indigna,
De los viles cornudos animales
Los sacros dientes y las uñas reales.» 
Trató la corte al Rey de escrupuloso. 
Allí del Tigre, de la Onza y Oso
Se oyeron confesiones
De robos y de muertes a millones; 
Mas entre la grandeza, sin lisonja, 
Pasaron por escrúpulos de monja. 
El Asno, sin embargo, muy confuso 
Prorrumpió: «Yo me acuso
Que al pasar por un trigo este verano, 
Yo hambriento y él lozano,
Sin guarda ni testigo,
Caí en la tentación: comí del trigo.» 
«¡Del trigo! ¡y un jumento!
Gritó la Zorra, ¡horrible atrevimiento!» 
Los cortesanos claman: «Éste, éste 
Irrita al cielo, que nos da la peste.»
Pronuncia el Rey de muerte la sentencia. 
Y ejecutóla el Lobo a su presencia.

Te juzgarán virtuoso
Si eres, aunque perverso, poderoso; 
Y aunque bueno, por malo detestable 
Cuando te miran pobre y miserable. 
Esto hallará en la corte quien la vea
Y aún en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!

 



FÁBULA III

3.El milano enfermo

Un Milano, después de haber vivido 
Con la conciencia peor que un forajido, 
Enfermó gravemente.
Supuesto que el paciente
Ni a Galeno ni a Hipócrates leía, 
A bulto conoció que se moría. 
A los dioses desea ver propicios, 
Y ofrecerles entonces sacrificios 
Por medio de su madre, que, afligida, 
Rogaría sin duda por su vida.
Mas ésta le responde: «Desdichado, 
¿Cómo podré alcanzar para un malvado 
De los dioses clemencia,
Si en vez de darles culto y reverencia, 
Ni aun perdonaste a víctima sagrada, 
En las aras divinas inmolada?»

Así queremos irritando al cielo
Que en la tribulación nos dé consuelo.

 




FÁBULA IV

4.El león envejecidos

Al miserable estado
De una cercana muerte reducido 
Estaba ya postrado
Un viejo León, del tiempo consumido, 
Tanto más infeliz y lastimoso, 
Cuanto había vivido más dichoso.
Los que cuando valiente 
Humildes le rendían vasallaje, 
Al verlo decadente,
Acuden a tratarle con ultraje;
Que como la experiencia nos enseña, 
De árbol caído todos hacen leña. 
Cebados a portea,
Lo sitiaban sangrientos y feroces. 
El lobo le mordía,
Tirábale el caballo fuertes coces, 
Luego le daba el toro una cornada, 
Después el jabalí su dentellada.
Sufrió constantemente 
Estos insultos, pero reparando 
Que hasta el asno insolente
Iba a ultrajarle, falleció clamando:
«Esto es doble morir; no hay sufrimiento, 
Porque muero injuriado de un jumento.» 

Si en su mudable vida
Al hombre la fortuna ha derribado 
Con mísera caída
Desde donde lo había ella encumbrado 
¿Qué ventura en el mundo se promete 
Si aun de los viles llega a ser juguete?

 



FÁBULA V

5.La zorra y la gallina

Una Zorra, cazando,
De corral en corral iba saltando; 
A favor de la noche, en una aldea 
Oye al gallo cantar: maldito sea. 
Agachada y sin ruido,
A merced del olfato y del oído, 
Marcha, llega, y oliendo a un agujero, 
«Este es», dice, y se cuela al gallinero. 
Las aves se alborotan, menos una,
Que estaba en cesta como niño en cuna, 
Enferma gravemente.
Mirándola la Zorra astutamente,
La pregunta: «¿Qué es eso, pobrecita? 
¿Cuál es tu enfermedad? ¿Tienes pepita? 
Habla; ¿cómo la pasas, desdichada?» 
La enferma la responde apresurada: 
«Muy mal me va, señora, en este instante; 
Muy bien si usted se quita de delante.»

Cuántas veces se vende un enemigo, 
Como gato por liebre, por amigo;
Al oír su fingido cumplimiento, 
Respondiérale yo para escarmiento: 
«Muy mal me va, señor, en este instante; 
Muy bien si usted se quita de delante.»

 



FÁBULA VI

6.La cierva y el león

Más ligera que el viento, 
Precipitada huía
Una inocente Cierva, 
De un cazador seguida. 
En una oscura gruta, 
Entre espesas encinas, 
Atropelladamente 
Entró la fugitiva.
Mas ¡ay! que un León sañudo, 
Que allí mismo tenía
Su albergue, y era susto 
De la selva vecina, 
Cogiendo entre sus garras 
A la res fugitiva,
Dio con cruel fiereza
Fin sangriento a su vida.

Si al evitar los riesgos 
La razón no nos guía, 
Por huir de un tropiezo, 
Damos mortal caída.

 



FÁBULA VII

7.El león enamorado

Amaba un León a una zagala hermosa; 
Pidióla por esposa
A su padre, pastor, urbanamente.
El hombre, temeroso mas prudente,
Le respondió: «Señor, en mi conciencia, 
Que la muchacha logra conveniencia; 
Pero la pobrecita, acostumbrada
A no salir del prado y la majada, 
Entre la mansa oveja y el cordero, 
Recelará tal vez que seas fiero.
No obstante, bien podremos, si consientes,
Cortar tus uñas y limar tus dientes,
Y así verá que tiene tu grandeza 
Cosas de majestad, no de fiereza.» 
Consiente el manso León enamorado, 
Y el buen hombre lo deja desarmado; 
Da luego su silbido:
Llegan el Matalobos y Atrevido, 
Perros de su cabaña; de esta suerte 
Al indefenso León dieron la muerte.
Un cuarto apostaré a que en este instante 
Dice, hablando del León, algún amante,
Que de la misma muerte haría gala,
Con tal que se la diese la zagala. 
Deja, Fabio, el amor, déjalo luego;
Mas hablo en vano, porque, siempre ciego, 
No ves el desengaño,
Y así te entregas a tu propio daño.

 


FÁBULA VIII

8.Congreso de los ratones

Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio, 
Que después de las aguas del diluvio
Fue padre universal de todo gato, 
Ha sido Miauragato
Quien más sangrientamente 
Persiguió a la infeliz ratona gente. 
Lo cierto es que, obligada
De su persecución la desdichada, 
En Ratópolis tuvo su congreso. 
Propuso el elocuente Roequeso 
Echarle un cascabel, y de esa suerte 
Al ruido escaparían de la muerte. 
El proyecto aprobaron uno a uno, 
¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno. 
«Yo soy corto de vista. Yo muy viejo.
Yo gotoso», decían. El concejo
Se acabó como muchos en el mundo. 
Proponen un proyecto sin segundo: 
Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento! 
Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.

 



FÁBULA IX

9.El lobo y la oveja

Cruzando montes y trepando cerros, 
Aquí mato, allí robo,
Andaba cierto Lobo,
Hasta que dio en las manos de los perros. 
Mordido y arrastrado
Fue de sus enemigos cruelmente; 
Quedó con vida milagrosamente, 
Mas inválido, al fin, y derrotado.
Iba el tiempo curando su dolencia; 
El hambre al mismo tiempo le afligía; 
Pero como cazar aún no podía,
Con las yerbas hacía penitencia.
Una Oveja pasaba, y él la dice: 
«Amiga, ven acá, llega al momento; 
Enfermo estoy y muero de sediento: 
Socorre con el agua a este infelice.»
«¿Agua quieres que yo vaya a llevarte? 
Le responde la Oveja recelosa;
Dime pues una cosa:
¿Sin duda que será para enjuagarte, 
Limpiar bien el garguero,
Abrir el apetito,
Y tragarme después como a un pollito? 
Anda, que te conozco, marrullero.» 
Así dijo, y se fue; si no, la mata.

¡Cuánto importa saber con quién se trata!

 



FÁBULA X

10.El hombre y la pulga

«Oye, Júpiter sumo, mis querellas,
Y haz, disparando rayos y centellas, 
Que muera este animal vil y tirano, 
Plaga fatal para el linaje humano; 
Y si vos no lo hacéis, Hércules sea 
Quien acabe con él y su ralea.»
Este es un Hombre que a los dioses clama, 
Porque una Pulga le picó en la cama;
Y es justo, ya que el pobre se fatiga, 
Que de Júpiter y Hércules consiga, 
De éste, que viva despulgando sayos; 
De aquél, matando pulgas con sus rayos.
Tenemos en el cielo los mortales 
Recurso en las desdichas y en los males, 
Mas se suele abusar frecuentemente 
Por lograr un antojo impertinente.

 




FÁBULA XI

11.El cuervo y la serpiente

Pilló el Cuervo dormida a la Serpiente, 
Y al quererse cebar en ella hambriento, 
Le mordió venenosa. Sepa el cuento 
Quien sigue a su apetito incautamente.

 




FÁBULA XII

12.El asno y las ranas

Muy cargado de leña un burro viejo, 
Triste armazón de huesos y pellejo, 
Pensativo, según lo cabizbajo, 
Caminaba llevando con trabajo
Su débil fuerza la pesada carga. 
El paso tardo, la carrera larga,
Todo, al fin, contra el mísero se empeña, 
El camino, los años y la leña.
Entra en una laguna el desdichado, 
Queda profundamente empantanado. 
Viéndose de aquel modo
Cubierto de agua y lodo, 
Trocando lo sufrido en impaciente, 
Contra el destino dijo neciamente 
Expresiones ajenas de sus canas; 
Mas las vecinas Ranas,
Al oír sus lamentos y quejidos, 
Las unas se tapaban los oídos,
Las otras, que prudentes le escuchaban, 
Reprendíanle así y aconsejaban: 
«Aprenda el mal jumento
A tener sufrimiento;
Que entre las que habitamos la laguna 
Ha de encontrar lección muy oportuna. 
Por Júpiter estamos condenadas
A vivir sin remedio encenagadas 
En agua detenida, lodo espeso, 
Y a más de todo eso,
Aquí perpetuamente nos encierra, 
Sin esperanza de correr la tierra, 
Cruzar el anchuroso mar profundo,
Ni aun saber lo que pasa por el mundo. 
Mas llevamos a bien nuestro destino; 
Y así nos premia Júpiter divino, 
Repartiendo entre todas cada día
La salud, el sustento y alegría.» 

Es de suma importancia 
Tener en los trabajos tolerancia;
Pues la impaciencia en la contraria suerte 
Es un mal más amargo que la muerte.

 

 


FÁBULA XIII

13.El asno y el perro

Un Perro y un Borrico caminaban, 
Sirviendo a un mismo dueño; 
Rendido éste del sueño,
Se tendió sobre el prado que pasaban. 
El Borrico entretanto aprovechado 
Descansa y pace; mas el Perro, hambriento, 
«Bájate, le decía, buen jumento;
Pillaré de la alforja algún bocado.»
El Asno se le aparta como en chanza; 
El Perro sigue al lado del Borrico, 
Levantando las manos y el hocico, 
Como perro de ciego cuando danza.
«No seas bobo, el Asno le decía; 
Espera a que nuestro amo se despierte, 
Y será de esta suerte
El hambre más, mejor la compañía.»
Desde el bosque entre tanto sale un lobo: 
Pide el Asno favor al compañero;
En lugar de ladrar, el marrullero 
Con fisga respondió: «No seas bobo; 
Espera a que nuestro amo se despierte;
Que pues me aconsejaste la paciencia, 
Yo la sabré tener en mi conciencia, 
Al ver al lobo que te da la muerte.»

El Pollino murió, no hay que dudarlo; 
Mas si resucitara
Corriendo el mundo a todos predicara: 
Prestad auxilio si queréis hallarlo.

 



FÁBULA XIV

14.El león y el asno cazando

Su majestad leonesa en compañía
De un Borrico se sale a montería. 
En la parte al intento acomodada, 
Formando el mismo León una enramada, 
Mandó al Asno que en ella se ocultase 
Y que de tiempo en tiempo rebuznase, 
Como trompa de caza en el ojeo.
Logró el Rey su deseo,
Pues apenas se vio bien apostado, 
Cuando al son del rebuzno destemplado, 
Que los montes y valles repetían,
A su selvoso albergue se volvían
Precipitadamente
Las fieras enemigas juntamente, 
Y en su cobarde huida,
En las garras del León pierden la vida. 
Cuando el Asno se halló con los despojos 
De devoradas fieras a sus ojos,
Dijo: «Pardiez, si llego más temprano, 
A ningún muerto dejo hueso sano.» 
A tal fanfarronada
Soltó el Rey una grande carcajada; 
Y es que jamás convino
Hacer del andaluz al vizcaíno.

 




FÁBULA XV

15.El charlatán y el rústico

«Lo que jamás se ha visto ni se ha oído 
Verán ustedes. atención les pido.»
Así decía un Charlatán famoso, 
Cercado de un concurso numeroso. 
En efecto, quedando todo el mundo 
En silencio profundo,
Remedó a un cochinillo de tal modo, 
Que el auditorio todo,
Creyendo que lo tiene y que lo tapa, 
Atumultuado grita: «Fuera capa.» 
Descubrióse, y al ver que nada había, 
Con víctores lo aclaman a porfía. 
«Pardiez, dijo un patán, que yo prometo 
Para mañana, hablando con respeto, 
Hacer el puerco más perfectamente;
Si no, que me la claven en la frente.» 
Con risa prometió la concurrencia 
A burlarse del payo su asistencia; 
Llegó la hora, todos acudieron:
No bien al Charlatán gruñir oyeron, 
Gentes a su favor preocupadas,
«Viva», dicen, al son de las palmadas. 
Sube después el Rústico al tablado 
Con un bulto en la capa, y embozado 
Imita al Charlatán en la postura
De fingir que un lechón tapar procura; 
Mas estaba la gracia en que era el bulto 
Un marranillo que tenía oculto. 
Tírale callandito de la oreja: 
Gruñendo en tiple el animal se queja; 
Pero al creer que es remedo el tal gruñido, 
Aquí se oía un fuera, allí un silbido,
Y todo el mundo queda
En que es el otro quien mejor remeda. 
El Rústico descubre su marrano;
Al público le enseña, y dice ufano: 
«¿Así juzgan ustedes?»
¡Oh preocupación, y cuánto puedes!

 




LIBRO CUARTO


FÁBULA PRIMERA

1.La mona corrida

El autor a sus versos

Fieras, aves y peces 
Corren, vuelan y nadan, 
Porque Júpiter sumo
A general congreso a todos llama. 
Con sus hijos se acercan,
Y es que un premio señala 
Para aquel cuya prole
En hermosura lleve la ventaja. 
El alto regio trono
La multitud cercaba, 
Cuando en la concurrencia 
Se sentía decir: la Mona falta. 
«Ya llega», dijo entonces 
Una habladora urraca, 
Que, como centinela,
En la alta punta de un ciprés estaba. 
Entra rompiendo filas,
Con su cachorro ufana, 
Y ante el excelso trono 
El premio pide de hermosura tanta. 
El dios Júpiter quiso,
Al ver tan fea traza, 
Disimular la risa, 
Pero se le soltó la carcajada. 
Armóse en el concurso 
Tal burla y algazara,
Que corrida la Mona,
A Tetuán se volvió desengañada. 

¿Es creíble, señores,
Que yo mismo pensara 
En consagrar a Apolo 
Mis versos, como dignos de su gracia? 
Cuando, por mi fortuna,
Me encontré esta mañana, 
Continuando mi obrilla, 
Este cuento moral, esta patraña, 
Yo dije a mi capote:
¡Con qué chiste, qué gracia 
Y qué vivos colores
El jorobado Esopo me retrata! 
Mas ya mis producciones 
Miro con desconfianza, 
Porque aprendo en la Mona 
Cuánto el ciego amor propio nos engaña.

 



FÁBULA II

2.El asno y Júpiter

«No sé cómo hay jumento
Que, teniendo un adarme de talento, 
Quiera meterse a burro de hortelano. 
Llevo a la plaza desde muy temprano 
Cada día cien cargas de verdura, 
Vuelvo con otras tantas de basura, 
Y para minorar mi pesadumbre, 
Un criado me azota por costumbre. 
Mi vida es ésta; ¿qué será mi muerte, 
Como no mude Júpiter mi suerte?» 
Un Asno de este modo se quejaba. 
El dios, que sus lamentos escuchaba, 
Al dominio le entrega de un tejero. 
«Esta vida, decía, no la quiero:
Del peso de las tejas oprimido, 
Bien azotado, pero mal comido, 
A Júpiter me voy con el empeño 
De lograr nuevo dueño.»
Envióle a un curtidor; entonces dice: 
«Aun con este amo soy más infelice. 
Cargado de pellejos de difunto
Me hace correr sin sosegar un punto, 
Para matarme sin llegar a viejo,
Y curtir al instante mi pellejo.» 
Júpiter, por no oír tan largas quejas, 
Se tapó lindamente las orejas,
Y a nadie escucha, desde el tal pollino, 
Si le hablan de mudanza de destino.

Sólo en verso se encuentran los dichosos, 
Que viven ni envidiados ni envidiosos.
La espada por feliz tiene al arado, 
Como el remo a la pluma y al cayado; 
Mas se tiene por míseros en suma 
Remo, espada, cayado, esteva y pluma. 
Pues ¿a qué estado el hombre llama bueno? 
Al propio nunca; pero sí al ajeno.

 




FÁBULA III

3.El cazador y la perdiz

Una Perdiz en celo reclamada
Vino a ser en la red aprisionada. 
Al Cazador la mísera decía:
«Si me das libertad, en este día
Te he de proporcionar un gran consuelo. 
Por ese campo extenderé mi vuelo; 
Juntaré a mis amigas en bandadas,
Que guiaré a tus redes, engañadas, 
Y tendrás, sin costarte dos ochavos, 
Doce perdices como doce pavos.» 
«¡Engañar y vender a tus amigas! 
¿Y así crees que me obligas? 
Respondió el Cazador; pues no, señora; 
Muere, y paga la pena de traidora.»

La Perdiz fue bien muerta; no es dudable. 
La traición, aun soñada, es detestable.

 




FÁBULA IV

4.El viejo y la muerte

Entre montes, por áspero camino, 
Tropezando con una y otra peña, 
Iba un Vejo cargado con su leña, 
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte 
Que apenas levantarse ya podía, 
Llamaba con colérica porfía
Una, dos y tres veces a la Muerte. 
Armada de guadaña, en esqueleto, 
La Parca se le ofrece en aquel punto; 
Pero el Viejo, temiendo ser difunto, 
Lleno más de terror que de respeto, 
Trémulo la decía y balbuciente: 
«Yo ... señora... os llamé desesperado; 
Pero... «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?» 
«Que me cargues la leña solamente.»

Tenga paciencia quien se cree infelice; 
Que aun en la situación más lamentable 
Es la vida del hombre siempre amable: 
El Viejo de la leña nos lo dice.

 




FÁBULA V

5.El enfermo y el médico

Un miserable Enfermo se moría,
Y el Médico importuno le decía: 
«Usted se muere; yo se lo confieso; 
Pero por la alta ciencia que profeso, 
Conozco, y le aseguro firmemente, 
Que ya estuviera sano,
Si se hubiese acudido más temprano 
Con el benigno clister detergente.»
El triste Enfermo, que lo estaba oyendo, 
Volvió la espalda al Médico, diciendo: 
«Señor Galeno, su consejo alabo.
Al asno muerto la cebada al rabo.» 

Todo varón prudente
Aconseja en el tiempo conveniente; 
Que es hacer de la ciencia vano alarde 
Dar el consejo cuando llega tarde.

 




FÁBULA VI

6.La zorra y las uvas

Es voz común que a más del mediodía, 
En ayunas la Zorra iba cazando;
Halla una parra, quédase mirando 
De la alta vid el fruto que pendía. 
Cansábala mil ansias y congojas 
No alcanzar a las uvas con la garra, 
Al mostrar a sus dientes la alta parra 
Negros racimos entre verdes hojas. 
Miró, saltó y anduvo en probaduras, 
Pero vio el imposible ya de fijo. 
Entonces fue cuando la Zorra dijo:
«No las quiero comer. No están maduras.»

No por eso te muestres impaciente, 
Si te se frustra, Fabio, algún intento: 
Aplica bien el cuento,
Y di: No están maduras, frescamente.

 




FÁBULA VII

7.La cierva y la viña

Huyendo de enemigos cazadores 
Una Cierva ligera;
Siente ya fatigada en la carrera
Más cercanos los perros y ojeadores. 
No viendo la infeliz algún seguro 
Y vecino paraje
De gruta o de ramaje,
Crece su timidez, crece su apuro.
Al fin, sacando fuerzas de flaqueza, 
Continúa la fuga presurosa;
Halla al paso una Viña muy frondosa, 
Y en lo espeso se oculta con presteza. 
Cambia el susto y pesar en alegría, 
Viéndose a paz y a salvo en tan buen hora. 
Olvida el bien, y de su defensora
Los frescos verdes pámpanos comía. 
Mas ¡ay! que de esta suerte, 
Quitando ella las hojas de delante, 
Abrió puerta a la flecha penetrante, 
Y el listo Cazador la dio la muerte.
Castigó con la pena merecida 
El justo cielo a la cierva ingrata. 
Mas ¿qué puede esperar el que maltrata 
Al mismo que le está dando la vida?

 




FÁBULA VIII

8.El asno cargado de reliquias

De reliquias cargado,
Un Asno recibía adoraciones,
Como si a él se hubiesen consagrado
Reverencias, inciensos y oraciones. 
En lo vano, lo grave y lo severo 
Que se manifestaba,
Hubo quien conoció que se engañaba, 
Y le dijo: «Yo infiero
De vuestra vanidad vuestra locura; 
El reverente culto que procura 
Tributar cada cual este momento, 
No es dirigido a vos, señor Jumento, 
Que sólo va en honor, aunque lo sientas, 
De la sagrada carga que sustentas.»

Cuando un hombre sin mérito estuviere 
En elevado empleo o gran riqueza,
Y se ensoberbeciere
Porque todos le bajan la cabeza, 
Para que su locura no prosiga
Tema encontrar tal vez con quien le diga: 
«Señor jumento no se engría tanto;
Que si besan la peana es por el santo.»

 



FÁBULA IX

9.Los dos machos

Dos Machos caminaban: el primero, 
Cargado de dinero,
Mostrando su penacho envanecido, 
Iba marchando erguido
Al son de los redondos cascabeles. 
El segundo, desnudo de oropeles, 
Con un pobre aparejo solamente, 
Alargando el pescuezo eternamente, 
Seguía de reata su jornada, 
Cargado de costales de cebada. 
Salen unos ladrones, y al instante 
Asieron de la rienda al arrogante; 
Él se defiende, ellos le maltratan,
Y después que el dinero le arrebatan, 
Huyen, y dice entonces el segundo:
«Si a estos riesgos exponen en el mundo 
Las riquezas, no quiero, a fe de Macho, 
Dinero, cascabeles ni penacho.»

 




FÁBULA X

10.El cazador y el perro

Mustafá, perro viejo,
Lebrel en montería ejercitado, 
Y de antiguas heridas señalado 
A colmillo y a cuerno su pellejo, 
Seguía a un jabalí sin esperanza
De poderle alcanzar; pero, no obstante,
Aguzándole su amo a cada instante,
A duras penas Mustafá le alcanza. 
El cerdoso valiente
No escuchaba recados a la oreja; 
Y así, su resistencia no le deja 
Cebar al Perro su cansado diente;
Con airado colmillo le rechaza, 
Y bufando se marcha victorioso. 
El cazador, furioso,
Reniega del Lebrel y de su raza.
«Viejo estoy, le responde, ya lo veo; 
Mas di: ¿sin Mustafá cuándo tuvieras 
Las pieles y cabezas de las fieras
En tu casa, de abrigo y de trofeo?
Miras a lo que soy, no a lo que he sido. 
¡Oh suerte desgraciada!
Presente tienes mi vejez cansada, 
Y mis robustos años en olvido. 
Mas ¿para qué me mato,
Si no he de conseguir cosa ninguna? 
Es ladrar a la luna
El alegar servicios al ingrato»

 




FÁBULA XI

11.La tortuga y el águila

Una Tortuga a una Águila rogaba 
La enseñase a volar; así la hablaba: 
«Con sólo que me des cuatro lecciones, 
Ligera volaré por las regiones;
Ya remontando el vuelo
Por medio de los aires hasta el cielo, 
Veré cercano al sol y las estrellas,
Y otras cien cosas bellas; 
Ya rápida bajando,
De ciudad en ciudad iré pasando; 
Y de este fácil, delicioso modo, 
Lograré en pocos días verlo todo.» 
La Águila se rió del desatino;
La aconseja que siga su destinó, 
Cazando torpemente con paciencia, 
Pues lo dispuso así la Providencia.
Ella insiste en su antojo ciegamente. 
La reina de las aves prontamente 
La arrebata, la lleva por las nubes. 
«Mira, la dice, mira cómo subes.»
Y al preguntarla, digo, «¿vas contenta?» 
Se la deja caer y se revienta.

Para que así escarmiente
Quien desprecia el consejo del prudente.

 


FÁBULA XII

12.El león y el ratón

Estaba un Ratoncillo aprisionado
En las garras de un León; el desdichado 
En la tal ratonera no fue preso
Por ladrón de tocino ni de queso, 
Sino porque con otros molestaba 
Al León, que en su retiro descansaba. 
Pide perdón, llorando su insolencia; 
Al oír implorar la real clemencia, 
Responde el Rey en majestuoso tono, 
No dijera más Tito: «Te perdono.» 
Poco después cazando el León tropieza 
En una red oculta en la maleza; 
Quiere salir, mas queda prisionero,
Atronando la selva ruge fiero. 
El libre ratoncillo, que lo siente, 
Corriendo llega, roe diligente
Los nudos de la red de tal manera, 
Que al fin rompió los grillos de la fiera. 

Conviene al poderoso
Para los infelices ser piadoso; 
Tal vez se puede ver necesitado
Del auxilio de aquel más desdichado.

 




FÁBULA XIII

13.Las liebres y las ranas

Asustadas las fiebres de un estruendo, 
Echaron a correr todas, diciendo:
«A quien la vida cuesta tanto susto, 
La muerte causará menos disgusto» 
Llegan a una laguna de esta suerte 
A dar en lo profundo con la muerte. 
Al ver a tanta Rana que, asustada, 
A las aguas se arroja a su llegada,
«Hola, dijo una liebre, ¿conque, hay otras 
Tan tímidas, que aún tiemblan de nosotras? 
Pues suframos con ellas el destino.» 
Conocieron sin más su desatino.

Así la suerte adversa es tolerable 
Comparada con otra miserable.

 




FÁBULA XIV

14.El gallo y el zorro

Un Gallo muy maduro,
De edad provecta, duros espolones, 
Pacífico y seguro,
Sobre un árbol oía las razones
De un Zorro muy cortés y muy atento, 
Más elocuente cuanto más hambriento. 
«Hermano, le decía,
Ya cesó entre nosotros una guerra, 
Que cruel repartía
Sangre y plumas al viento y a la tierra; 
Baja; daré, para perpetuo sello,
Mis amorosos brazos a tu cuello». 
«Amigo de mi alma,
Responde el Gallo, ¡qué placer inmenso, 
En deliciosa calma,
Deja esta vez mi espíritu suspenso! 
Allá bajo, allá voy tierno y ansioso 
A gozar en tu seno mi reposo. 
Pero aguarda un instante,
Porque vienen, ligeros como el viento 
Y ya están adelante,
Dos correos que llegan al momento, 
De esta noticia portadores fieles,
Y son, según la traza, dos lebreles.» 
«Adiós, adiós, amigo,
Dijo el Zorro, que estoy muy ocupado; 
Luego hablaré contigo
Para finalizar este tratado.»
El Gallo se quedó lleno de gloria, 
Cantando en esta letra su victoria: 

Siempre trabaja en su daño
El astuto engañador;
A un engaño hay otro engaño 
A un pícaro otro mayor.

 



FÁBULA XV

15.El león y la cabra

Un señor León andaba, como un perro, 
Del valle al monte, de la selva al cerro,
A caza, sin hallar pelo ni lana, 
Perdiendo la paciencia y la mañana. 
Por un risco escarpado
Ve trepar una Cabra a lo encumbrado, 
De modo que parece que se empeña 
En hacer creer al León que se despeña. 
El pretender seguirla fuera en vano; 
El cazador entonces cortesano
La dice: «Baja, baja, mi querida; 
No busques precipicios a tu vida: 
En el valle frondoso
Pacerás a mi lado con reposó.»
«¿Desde cuándo, señor, la real persona 
Cuida con tanto amor de la barbona? 
Esos halagos tiernos
No son por bien, apostaré los cuernos.» 
Así le respondió la astuta Cabra,
Y el León se fue sin replicar palabra. 
Lo paga la infeliz con el pellejo, 
Si toma sin examen el consejo.

 




FÁBULA XVI

16.La hacha y el mango

Un hombre que en el bosque se miraba 
Con una Hacha sin Mango, suplicaba
A los árboles diesen la madera 
Que más sólida fuera
Para hacerle uno fuerte y muy durable. 
Al punto la arboleda innumerable
Le cedió el acebuche; y él, contento,
 Perfeccionando luego su instrumento, 
De rama en rama va cortando a gusto 
Del alto roble el brazo más robusto. 
Ya los árboles todos recorría,
Y mientras los mejores elegía,
Dijo la triste encina al fresno: «Amigo:
Infeliz del que ayuda a su enemigo»

 




FÁBULA XVII

17.La onza y los pastores

En una trampa una Onza inadvertida 
Dio mísera caída.
Al verla sin defensa, 
Corrieron a la ofensa 
Los vecinos Pastores, 
No valerosos, pero sí traidores. 
Cada cual por su lado
La maltrataba airado,
Hasta dejar sus fuerzas desmayadas, 
Unos a palos, otros a pedradas.
Al fin la abandonaron por perdida; 
Pero viéndola dar muestras de vida, 
Cierto Pastor, dolido de su suerte, 
Por evitar su muerte,
La arrojó la mitad de su alimento, 
Con que pudiese recobrar aliento. 
Llega la noche, témplase la saña; 
Marchan a descansar a la cabaña 
Todos, con esperanza muy fundada 
De hallarla muerta por la madrugada; 
Mas la fiera entre tanto,
Volviendo poco a poco del quebranto, 
Toma nuevo valor y fuerza nueva; 
Salta, deja la trampa, va a su cueva,
Y al sentirse del todo reforzada, 
Sale si muy ligera, más airada. 
Ya destruye ganados,
Ya deja los Pastores destrozados; 
Nada aplaca su cólera violenta,
Todo lo tala, en todo se ensangrienta. 
El buen Pastor, por quien tal vez vivía, 
Lleno de horror, la vida le pedía.
«No serás maltratado,
Dijo la Onza, vive descuidado; 
Que yo sólo persigo a los traidores
Que me ofendieron, no a mis bienhechores.» 

Quien hace agravios tema la venganza; 
Quien hace bien, al fin el premio alcanza.

 




FÁBULA XVIII

18.El grajo vano

Con las plumas de un pavo
Un Grajo se vistió; pomposo y bravo 
En medio de los pavos se pasea;
La manada lo advierte, lo rodea: 
Todos le pican, burlan y lo envían, 
¿Dónde, si ni los grajos le querían? 

¿Cuánto ha que repetimos este cuento, 
Sin que haya en los plagiarios escarmiento?

 



FÁBULA XIX

19.El hombre y la comadreja

Así decía cierta Comadreja
A un Hombre que la había aprisionado: 
«¿Por qué no me dejáis? ¿Os he yo dado 
Motivo de disgusto ni de queja?
¿No soy la que desvanes y rincones, 
Tu casa toda, cual si fuese mía, 
Cuidadosa registro noche y día, 
Para que vivas libre de ratones?» 
«¡Gran fineza por cierto!
El Hombre respondió. Pues di, ladrona, 
Si tu glotonería no perdona
Ni a ratón vivo ni a cochino muerto,
Ni a cuanto guardan ruines despenseras, 
¿Cómo he de creer que tu cuidado apura 
Por mi bien los ratones? ¡Qué locura!
No tendría yo malas tragaderas.
Morirás; y el astuto que pretenda 
Vender como fineza lo que ha hecho 
Sin mirar a más fin que a su provecho, 
Sabrá que hay en el mundo quien lo entienda.»

 



FÁBULA XX

20.Batalla de las comadrejas  y de los ratones

Vencidos los ratones, 
Huían con presteza 
De una atroz enemiga 
Tropa de Comadrejas; 
Marchaban con desorden, 
Que cuando el miedo reina, 
Es la confusión sola
El jefe que gobierna. 
Llegaron presurosos 
A sus angostas cuevas, 
Logrando los soldados 
Entrar a duras penas;
Pero los capitanes,
Que en las estrechas puertas 
Quedaron atascados
Sin ninguna defensa,
A causa de unos cuernos 
Puestos en las cabezas, 
Para ser de sus tropas 
vistos en la refriega, 
Fueron las desdichadas 
Víctimas de la guerra, 
Haciendo de sus cuerpos 
Pasto las Comadrejas.

¡Cuántas veces los hombres 
Distinciones anhelan,
Y suelen ser la causa 
De sus desdichas ellas! 
Si Júpiter dispara
Sus rayos a la tierra 
Antes que a las cabañas 
A los palacios y a las torres llegan.

 



FÁBULA XXI

21.El león y la rana

Una lóbrega noche silenciosa 
Iba un León horroroso
Con mesurado paso majestuoso 
Por una selva; oyó una voz ruidosa, 
Que con tono molesto y continuado 
Llamaba la atención y aun el cuidado 
Del reinante animal, que no sabía 
De qué bestia feroz quizá saldría 
Aquella voz, que tanto más sonaba 
Cuanto más en silencio todo estaba. 
Su majestad leonesa
La selva toda registrar procura;
Mas nada encuentra con la noche oscura, 
Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa! 
Que sale de un estanque a la mañana 
La tal bestia feroz, y era una Rana.

Llamará la atención de mucha gente 
El charlatán con su manía loca;
Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente 
Que no es sino una Rana, todo boca?

 



FÁBULA XXII

22.El ciervo y los bueyes

Con inminente riesgo de la vida
un ciervo se escapó de una batida, 
Y en la quinta cercana de repente 
Se metió en el establo incautamente. 
Dícele un buey: «¿Ignoras, desdichado, 
Que aquí viven los hombres? ¡Ah cuitado! 
Detente, y hallarás tanto reposo
Como perdiz en boca de raposo.»
El Ciervo respondió: «Pero, no obstante, 
Dejadme descansar algún instante,
Y en la ocasión primera
Al bosque espeso emprendo mi carrera.» 
Oculto en el ramaje permanece;
A la noche el boyero se aparece, 
Al ganado reparte su alimento, 
Nada divisa, sálese al momento. 
El mayoral y los criados entran, 
Y tampoco le encuentran. 
Libre de aquel apuro
El ciervo se contaba por seguro; 
Pero el Buey, más anciano,
Le dice: «¿Qué? ¿Te alegras tan temprano? 
Si el amo llega, lo perdiste todo;
Yo le llamo cien-ojos por apodo: 
Mas chitón, que ya viene.»
Entra Cien-ojos; todo lo previene;
A los rústicos dice: «No hay consuelo; 
Las colleras tiradas por el suelo, 
Limpio el pesebre, pero muy de paso; 
El ramaje muy seco y más escaso.
Señor mayoral, ¿es éste buen gobierno?» 
En esto mira al enramado cuerno
Del triste Ciervo; grita, acuden todos 
Contra el pobre animal de varios modos, 
Y a la rústica usanza
Se celebró la fiesta de matanza.

Esto quiere decir que el amo bueno 
No se debe fiar del ojo ajeno.

 




FÁBULA XXIII

23.Los navegantes

Lloraban unos tristes Pasajeros 
Vendo su pobre nave combatida 
De recias olas y de vientos fieros, 
Ya casi sumergida;
Cuando súbitamente
El viento calma, el cielo se serena, 
Y la afligida gente
Convierte en risa la pasada pena; 
Mas el piloto estuvo muy sereno 
Tanto en la tempestad como en bonanza, 
Pues sabe que lo malo y que lo bueno 
Está sujeto a súbita mudanza.



FÁBULA XXIV

24.El torrente y el río

Despeñado un Torrente
De un encumbrado cerro 
Caía en una peña,
Y atronaba el recinto con su estruendo. 
Seguido de ladrones
Un triste pasajero, 
Despreciando el ruido, 
Atravesó el raudal sin desaliento; 
Que es común en los hombres 
Poseídos del miedo,
Para salvar la vida,
Exponerla tal vez a mayor riesgo. 
Llegaron los bandidos, 
Practicaron lo mesmo
Que antes el caminante,
Y fueron en su alcance y seguimiento. 
Encontró el miserable
De allí a muy poco trecho 
Un Río caudaloso,
Que corría apacible y con silencio. 
Con tan buenas señales,
Y el próspero suceso
Del raudal bullicioso, 
Determinó vadearle sin recelo; 
Mas apenas dio un paso 
Pagó su desacuerdo, 
Quedando sepultado
En las aleves aguas sin remedio. 

Temamos los peligros
De designios secretos; 
Que el ruidoso aparato
Si no se desvanece, anuncia el riesgo.

 



FÁBULA XXV

25.El león, el lobo y la zorra

Trémulo y achacoso
A fuerza de años un León estaba; 
Hizo venir los médicos, ansioso 
De ver si alguno de ellos le curaba. 
De todas las especies y regiones 
Profesores llegaban a millones. 
Todos conocen incurable el daño; 
Ninguno al Rey propone el desengaño; 
Cada cual sus remedios le procura, 
Como si la vejez tuviese cura.
Un Lobo cortesano
Con tono adulador y fin torcido 
Dijo a su Soberano:
«He notado, Señor, que no ha asistido 
La Zorra como médico al congreso, 
Y pudiera esperarse buen suceso
De su dictamen en tan grave asunto.» 
Quiso su Majestad que luego al punto 
Por la posta viniese;
Llega, sube a palacio, y como viese 
Al Lobo, su enemigo, ya instruida 
De que él era autor de su venida, 
Que ella excusaba cautelosamente, 
Inclinándose al Rey profundamente, 
Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado 
Quien haya mi tardanza acriminado; 
Mas será porque ignora
Que vengo de cumplir un voto ahora, 
Que por vuestra salud tenía hecho; 
Y para más provecho,
En mi viaje traté gentes de ciencia 
Sobre vuestra dolencia.
Convienen pues los grandes profesores 
En que no tenéis vicio en los humores, 
Y que sólo los años han dejado
El calor natural algo apagado; 
Pero éste se recobra y vivifica 
Sin fastidio, sin drogas de botica, 
Con un remedio simple, liso y llano, 
Que vuestra majestad tiene en la mano. 
A un Lobo vivo arránquenle el pellejo, 
Y mandad que os le apliquen al instante, 
Y por más que estéis débil, flaco y viejo, 
Os sentiréis robusto y rozagante,
Con apetito tal, que sin esfuerzo
El mismo Lobo os servirá de almuerzo.» 
Convino el Rey, y entre el furor y el hierro 
Murió el infeliz Lobo como un perro.
Así viven y mueren cada día
En su guerra interior los palaciegos 
Que con la emulación rabiosa ciegos 
Al degüello se tiran a porfía. 
Tomen esta lección muy oportuna: 
Lleguen a la privanza enhorabuena, 
Mas labren su fortuna
Sin cimentarla en la desgracia ajena.




LIBRO QUINTO


FÁBULA PRIMERA

1.Los ratones y el gato

Marramaquiz, gran gato,
De nariz roma, pero largo olfato, 
Se metió en una casa de Ratones. 
En uno de sus lóbregos rincones 
Puso su alojamiento;
Por delante de sí, de ciento en ciento 
Les dejaba por gusto libre el paso, 
Como hace el bebedor, que mira al vaso; 
Y ensanchando así más sus tragaderas, 
Al fin los escogía como peras.
Éste fue su ejercicio cotidiano; 
Pero tarde o temprano,
Al fin ya los Ratones conocían
Que por instantes se disminuían. 
Don Roepan, cacique el más prudente 
De la Ratona gente,
Con los suyos formó pleno consejo, 
Y dijo así con natural despejo:
«Supuesto, hermanos, que el sangriento bruto,
Que metidos nos tiene en llanto y luto, 
Habita el cuarto bajo,
Sin que pueda subir ni aun con trabajo 
Hasta nuestra vivienda,, es evidente 
Que se atajará el daño solamente
Con no bajar allá de modo alguno.» 
El medio pareció muy oportuno; 
Y fue tan observado,
Que ya Marramaquiz, el muy taimado, 
Metido por el hambre en calzas prietas, 
Discurrió entre mil tretas
La de colgarse por los pies de un palo, 
Haciendo el muerto: no era ardid malo; 
Pero don Roepan, luego que advierte 
Que su enemigo estaba de tal suerte, 
Asomando el hocico a su agujero, 
«Hola, dice, ¿qué es eso, caballero? 
¿Estás muerto de burlas o de veras?
Si es lo que yo recelo en vano esperas; 
Pues no nos contaremos ya seguros 
Aun sabiendo de cierto
Que eras, a más de Gato muerto, 
Gato relleno ya de pesos duros». 

Si alguno llega con astuta maña, 
Y una vez nos engaña,
Es cosa muy sabida
Que puede algunas veces
El huir de sus trazas y dobleces 
Valernos nada menos que la vida.

 




FÁBULA II

2.El asno y el lobo

Un Burro cojo vio que le seguía 
Un Lobo cazador, y no pudiendo 
Huir de su enemigo, le decía:
«Amigo Lobo, yo me estoy muriendo; 
Me acaban por instantes los dolores 
De este maldito pie de que cojeo;
Si yo no me valiese de herradores, 
No me vería así como me veo.
Y pues fallezco, sé caritativo; 
Sácame con los dientes este clavo, 
Muera yo sin dolor tan excesivo,
Y cómeme después de cabo a rabo.» 
«¡Oh! dijo el cazador con ironía, 
Contando con la presa ya en la mano, 
No solamente sé la anatomía,
Sino que soy perfecto cirujano. 
El caso es para mí una patarata,
La operación no más que de un momento; 
Alargue bien la pata,
Y no se me acobarde, buen Jumento.» 
Con su estuche molar desenvainado 
El nuevo profesor llega al doliente; 
Mas éste le dispara de contado
Una coz que le deja sin un diente. 
Escapa el cojo, pero el triste herido 
Llorando se quedó su desventura. 
«¡Ay infeliz de mí! bien merecido
El pago tengo de mi gran locura.
Yo siempre me llevé el mejor bocado 
En mi oficio de Lobo carnicero;
Pues si puedo vivir tan regalado,
éA qué meterme ahora a curandero?» 

Hablemos en razón: no tiene juicio 
Quien deja el propio por ajeno oficio.

 



FÁBULA III

3.El asno y el caballo

Iban, mas no sé adonde ciertamente, 
Un Caballo y un Asno juntamente; 
Este cargado, pero aquel sin carga.
El grave peso, la carrera larga 
Causaron al Borrico tal fatiga, 
Que la necesidad misma le obliga 
A dar en tierra. «Amigo compañero, 
No puedo más, decía; yo me muero. 
Repartamos la carga, y será poca;
Si no, se me va el alma por la boca.» 
Dice el otro: «Revienta enhorabuena: 
¿Por eso he de sufrir la carga ajena? 
Gran bestia seré yo si tal hiciere.
Miren y qué borrico se me muere.» 
Tan justamente se quejó el Jumento, 
Que expiró el infeliz en el momento. 
El Caballo conoce su pecado,
Pues tuvo que llevar mal de su grado 
Los fardos y aparejos todo junto, 
Ítem más el pellejo del difunto.

Juan, alivia en sus penas al vecino; 
Y él, cuando tú las tengas, déte ayuda; 
Si no lo hacéis así, temed sin duda 
Que seréis el Caballo y el Pollino.

 




FÁBULA IV

4.El labrador y la providencia

Un labrador cansado,
En el ardiente estío, 
Debajo de una encina 
Reposaba pacífico y tranquilo. 
Desde su dulce estancia 
Miraba agradecido
El bien con que la tierra 
Premiaba sus penosos ejercicios. 
Entre mil producciones,
Hijas de su cultivo, 
Veía calabazas, 
Melones por los suelos esparcidos. 
«¿Por qué la Providencia,
Decía entre sí mismo, 
Puso a la ruin bellota 
En elevado preeminente sitio? 
¿Cuánto mejor sería
Que, trocando el destino, 
Pendiesen de las ramas 
Calabazas, melones y pepinos?» 
Bien oportunamente,
Al tiempo que esto dijo, 
Cayendo una bellota,
Le pegó en las narices de improviso. 
«Pardiez, prorrumpió entonces
El Labrador sencillo, 
Si lo que fue bellota,
Algún gordo melón hubiera sido, 
Desde luego pudiera
Tomar a buen partido 
En caso semejante 
Quedar desnarigado, pero vivo.» 

Aquí la Providencia 
Manifestarle quiso
Que supo a cada cosa
Señalar sabiamente su destino. 
A mayor bien del hombre 
Todo está repartido:
Preso el pez en su concha,
Y libre por el aire el pajarillo.

 




FÁBULA V

5.El asno vestido de león

Un Asno disfrazado
Con una grande piel de León andaba; 
Por su temible aspecto casi estaba 
Desierto el bosque, solitario el prado. 
Pero quiso el destino
Que le llegase a ver desde el molino 
La punta de una oreja el molinero. 
Armado entonces de un garrote fiero, 
Dale de palos, llévalo a su casa. 
Divúlgase al contorno lo que pasa;
Llegan todos a ver en el instante
Al que habían temido León reinante; 
Y haciendo mofa de su idea necia, 
Quien más le respetó, más le desprecia.

Desde que oí del Asno contar esto 
Dos ochavos apuesto,
Si es que Pedro Fernández no se deja 
De andar con el disfraz del caballero, 
A vueltas del vestido y el sombrero, 
Que le han de ver la punta de la oreja.

 




FÁBULA VI

6.La gallina de los huevos de oro

Érase una Gallina que ponía
Un huevo de oro al dueño cada día. 
Aun con tanta ganancia mal contento, 
Quiso el rico avariento
Descubrir de una vez la mina de oro, 
Y hallar en menos tiempo más tesoro. 
Matóla, abrióla el vientre de contado; 
Pero, después de haberla registrado, 
¿Qué sucedió? que muerta la Gallina, 
Perdió su huevo de oro y no halló mina.

¡Cuántos hay que teniendo lo bastante 
Enriquecerse quieren al instante, 
Abrazando proyectos
A veces de tan rápidos efectos
Que sólo en pocos meses,
Cuando se contemplaban ya marqueses, 
Contando sus millones
Se vieron en la calle sin calzones.

 



FÁBULA VII

7.Los cangrejos

Los más autorizados, los más viejos 
De todos los Cangrejos
Una gran asamblea celebraron. 
Entre los graves puntos que trataron, 
A propuesta de un docto presidente, 
Como resolución la más urgente 
Tomaron la que sigue: «Pues que al mundo 
Estamos dando ejemplo sin segundo,
El más vil y grosero
En andar hacia atrás como el soguero; 
Siendo cierto también que los ancianos, 
Duros de pies y manos,
Causándonos los años pesadumbre,
No podemos vencer nuestra costumbre; 
Toda madre desde este mismo instante 
Ha de enseñar andar hacia delante
A sus hijos; y dure la enseñanza
Hasta quitar del mundo tal usanza.» 
«Garras a la obra», dicen las maestras, 
Que se creían diestras;
Y sin dejar ninguno,
Ordenan a sus hijos uno a uno
Que muevan sus patitas blandamente 
Hacia adelante sucesivamente. 
Pasito a paso, al modo que podían, 
Ellos obedecían;
Pero al ver a sus madres que marchaban 
Al revés de lo que ellas enseñaban, 
Olvidando los nuevos documentos, 
Imitaban sus pasos, más contentos. 
Repetían sus madres sus lecciones, 
Mas no bastaban teóricas razones; 
Porque obraba en los jóvenes Cangrejos 
Sólo un ejemplo más que mil consejos. 
Cada maestra se aflige y desconsuela, 
No pudiendo hacer práctica su escuela; 
De modo que en efecto
Abandonaron todas el proyecto. 
Los magistrados saben el suceso, 
Y en su pleno congreso
La nueva ley al punto derogaron, 
Porque se aseguraron
De que en vano intentaban la reforma, 
Cuando ellos no sabían ser la norma. 

Y es así, que la fuerza de las leyes 
Suele ser el ejemplo de los reyes.

 




FÁBULA VIII

8.Las ranas sedientas

Dos ranas que vivían juntamente, 
En un verano ardiente
Se quedaron en seco en su laguna. 
Saltando aquí y allí, llegó la una 
A la orilla de un pozo.
Llena entonces de gozo, 
Gritó a su compañera: 
«Ven y salta ligera.»
Llegó, y estando entrambas a la orilla, 
Notando como grande maravilla, 
Entre los agotados juncos y heno,
El fresco pozo casi de agua lleno, 
Prorrumpió la primera: «¿A qué esperamos, 
Que no nos arrojamos
Al agua, que apacible nos convida?» 
La segunda responde: «Inadvertida, 
Yo tengo igual deseo,
Pero pienso y preveo
Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada, 
La agua, con los calores exhalada,
Según vaya faltando,
Nos irá dulcemente sepultando, 
Y al tiempo que salir solicitemos, 
En la Estigia laguna nos veremos.»

Por consultar al gusto solamente 
Entra en la nasa el pez incautamente, 
El pájaro sencillo en la red queda,
Y ten qué lazos el hombre no se enreda?

 



FÁBULA IX

9.El cuervo y el zorro

En la rama de un árbol, 
Bien ufano y contento,
Con un queso en el pico, 
Estaba el señor Cuervo. 
Del olor atraído
Un Zorro muy maestro, 
Le dijo estas palabras, 
A poco más o menos: 
«Tenga usted buenos días, 
Señor Cuervo, mi dueño; 
Vaya que estáis donoso, 
Mono, lindo en extremo; 
Yo no gasto lisonjas,
Y digo lo que siento; 
Que si a tu bella traza 
Corresponde el gorjeo, 
Juro a la diosa Ceres, 
Siendo testigo el cielo,
Que tú serás el fénix
De sus vastos imperios.» 
Al oír un discurso
Tan dulce y halagüeño, 
De vanidad llevado, 
Quiso cantar el Cuervo. 
Abrió su negro pico, 
Dejó caer el queso;
El muy astuto Zorro, 
Después de haberle preso, 
Le dijo: «Señor bobo, 
Pues sin otro alimento, 
Quedáis con alabanzas 
Tan hinchado y repleto, 
Digerid las lisonjas
Mientras yo como el queso.» 

Quien oye aduladores, 
Nunca espere otro premio.

 



FÁBULA X

10.Un cojo y un picarón

A un buen Cojo un descortés
Insultó atrevidamente; 
Oyólo pacientemente, 
Continuando su carrera, 
Cuando al son de la cojera 
Dijo el otro: «Una, dos, tres, 
Cojo es.»
Oyólo el Cojo: aquí fue 
Donde el buen hombre perdió 
Los estribos, pues le dio 
Tanta cólera y tal ira,
Que la muleta le tira, 
Quedándose, ya se ve, 
Sobre un pie.
«Sólo el no poder correr, 
Para darte el escarmiento 
Dijo el Cojo, es lo que siento,
Que este mal no me atormenta; 
Porque al hombre sólo afrenta 
Lo que supo merecer, 
Padecer.»

 



FÁBULA XI

11.El carretero y Hércules

En un atolladero
El carro se atascó de Juan Regaña; 
Él a nada se mueve ni se amaña, 
Pero jura muy bien: gran Carretero.
A Hércules invocó; y el dios le dice: 
«Aligera la carga; ceja un tanto;
Quita ahora ese canto;
¿Está?» «Sí, le responde, ya lo hice.» 
«Pues enarbola el látigo, y con eso 
Puedes ya caminar.» De esta manera, 
Arreando a la Mohina y la Roncera, 
Salió Juan con su carro del suceso.

Si haces lo que estuviere de tu parte 
Pide al cielo favor: ha de ayudarte.

 



FÁBULA XII

12.La zorra y el chivo

Una Zorra cazaba;
Y al seguir a un gazapo,
Entre aquí se escabulle, allí le atrapo, 
En un pozo cayó que al paso estaba. 
Cuando más la afligía su tristeza, 
Por no hallar la infeliz salida alguna, 
Vio asomarse al brocal, por su fortuna, 
Del Chivo padre la gentil cabeza.
«¿Qué tal? dijo el barbón, ¿la agua es salada?» 
«Es tan dulce, tan fresca y deliciosa, 
Respondió la Raposa,
Que en tal pozo estoy como encantada.» 
Al agua el Chivo se arrojó, sediento; 
Monta sobre él la Zorra de manera 
Que haciendo de sus cuernos escalera, 
Pilla el brocal y sale en el momento.
Quedó el pobre atollado: cosa dura. 
Mas ¿quién podrá a la Zorra dar castigo, 
Cuando el hombre, aun a costa de su amigo, 
Del peligro mayor salir procura?