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RIMAS Y LEYENDAS
La mujer de piedra
La rosa de pasiónTodas las Rimas de Bécquer en: Poesía sensual
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I
La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que a la guerra se partía.
-Te vas y acaso no tornes.
-Tornaré por vida mía.-
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
II
El conde con la mesnada
de su castillo salía:
ella, que le ha conocido,
con gran afición gemía:
-¡Ay de mí, que se va el conde
y se lleva la honra mía!-
Mientras la cuitada llora,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
III
Su hermano, que estaba allí,
estas palabras oía:
-Nos has deshonrado dice.
-Me juró que tornaría.
-No te encontrará, si torna,
donde encontrarte solía.-
Mientras la infelice muere,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
IV
Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que le echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dio el conde tenía.
De noche, sobre la tumba,
dizque el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
Una tarde de
verano, y en un jardín de Toledo, me refirió esta singular historia una muchacha muy
buena y muy bonita.
Mientras me explicaba el misterio de su forma
especial, besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando uno a uno de la flor que da
su nombre a esta leyenda.
Si yo la pudiera referir con el suave encanto y
la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como a mí me conmovió la
historia de la infeliz Sara.
Ya que esto no es posible, ahí va lo que de
esta tradición se me acuerda en este instante.
I
En una de las callejas más oscuras y tortuosas
de la ciudad imperial, empotrada y casi escondida entre la alta morisca de una antigua
parroquia mozárabe y los sombríos y blasonados muros de una casa solariega, tenía hace
muchos años su habitación, raquítica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío
Daniel Levi.
Era este judío rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero más que ninguno
engañador e hipócrita.
Dueño, según los rumores del vulgo, de una
inmensa fortuna, veíasele, no obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de
su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos o guarniciones
rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truhanes del Zocodover, las
revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.
Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto a ellos pudiera pertenecer, jamás
pasó junto a un caballero principal o un canónigo de la primada sin quitarse una y hasta
diez veces el mugriento bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta, ni acogió en
su tenducho a uno de sus habituales parroquianos sin agobiarle a fuerza de humildes
salutaciones acompañadas de aduladoras sonrisas.
La sonrisa de Daniel había llegado a
hacerse proverbial en todo Toledo, y su mansedumbre, a prueba de las jugarretas pesadas y
las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conocía límites.
Inútilmente los muchachos, para
desesperarle, tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de
armas del próximo palacio pretendían aburrirle con los nombres más injuriosos, o las
viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el umbral de su puerta como
si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonreía eternamente con una sonrisa
extraña e indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban a la sombra de su
nariz enorme y corva, como el pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeños,
verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas brotaba una chispa de mal
reprimida cólera, seguía impasible golpeando con su martillo de hierro el yunque donde
aderezaba las mil baratijas mohosas y, al parecer, sin aplicación alguna de que se
componía su tráfico.
Sobre la puerta de la casucha del judío
y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de
las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del
ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales,
subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes
y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos.
En la parte de la casa que recibía una
dudosa luz por los estrechos vanos de aquel ajimez, único abierto en el musgoso y
agrietado paredón de la caIleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por
delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras una de las celosías
de su ajimez morisco ya Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban en voz alta,
admirados de las perfecciones de la hebrea:
-¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado
de sí tan hermoso vástago!
Porque, en efecto, Sara era un prodigio de
belleza. Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en
cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como una estrella en el cielo
de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecían recortados hábilmente en
un paño de púrpura por las invisibles manos de un hada. Su tez era blanca, pálida y
transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas dieciséis
años, y ya se veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las inteligencias
precoces, y ya hinchaban su seno y esperaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago
despertar del deseo.
Los judíos más poderosos de la ciudad,
prendados de su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea,
insensible a los homenajes de sus adoradores y a los consejos de su
padre, que la instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se
mantenía
encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el
capricho de permanecer libre. Al fin, un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara y
sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún
secreto importante, uno de sus adoradores se
acercó a Daniel y le dijo:
-¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos
se murmura de tu hija?
El judío levantó un instante los ojos de su yunque,
suspendió su continuo martilleo y, sin mostrar la menor emoción, preguntó a su
interpelante:
-¿Y qué dicen de ella?
-Dicen -prosiguió su interlocutor-, dicen..., qué
sé yo..., muchas cosas..., entre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano...
-Al llegar a este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para
ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.
Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato
fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida
tarea, exclamó:
-¿Y quién dice que eso no es una calumnia?
-Quien los ha visto conversar más de una vez
en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros rabinos
-insistió el joven hebreo admirado de que sus sospechas primero y después sus
afirmaciones no hiciesen mella en el ánimo de Daniel.
Este, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en
el yunque, sobre el que después de dejar a un lado el martillo, se ocupaba de bruñir el
broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en voz baja y
entrecortada, como si maquinalmente fuesen repitiendo sus labios las ideas que cruzaban
por su mente.
-¡Je! ¡Je! ¡Je! -decía riéndose de una manera
extraña y diabólica-. ¿Conque a mi Sara, el orgullo de la tribu, el báculo en
que se apoya mi vejez, piensa arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros
creéis que lo hará? ¡Je! ¡Je! -continuaba hablando para sí y siempre riéndose,
mientras la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de
acero-. ¡Je! ¡Je! Pobre Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese
viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan
joven, si no sabe resguardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¡Je!
¡Je! ¿Crees tú
por ventura que Daniel duerme? ¿Crees tú por ventura que si mi hija tiene un amante...,
que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo
es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye mañana, por ejemplo,
lo cual cabe dentro de lo humano, crees tú que Daniel se dejará así arrebatar su
tesoro, crees tú que no sabrá vengarse?
-Pero -exclamó, interrumpiendo el joven- ¿sabeis
acaso...?
-Sé -dijo Daniel, levantándose y dándole un golpecito en la
espalda-, sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora
de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan.
Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. jAdiós!
Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor
hacia la calle, recogió sus trebejos muy despacio, y comenzó a cerrar con dobles
cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla.
El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premisos goznes, impidió al
que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez, que en aquel punto cayeron de
golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar.
II
Era la noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido a
las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño, o referían al
amor de la lumbre consejas parecidas a la del Cristo de la luz, que, robado por unos
judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, o la historia del
Santo niño de la Guarda, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la
cruel pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido a
intervalos, ya por las lejanas voces de los guardianes nocturnos que en aquella época
celaban en derredor del alcázar, ya por los gemidos del viento que hacía girar las
veletas de las torres o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el
dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que
parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta
la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos
senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien al parecer
aguardaba con impaciencia.
-¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero-. ¡No parece sino que
esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se
tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden a mi barca teniendo tan cerca el
puente?... No, no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse de manos a boca con los
hombres de armas de San Servando...; pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros a
ganar, y a su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y
cuando Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta
entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a
bogar en dirección a la orilla opuesta.
-¿Cuántos han pasado esta noche? -preguntó Sara al barquero apenas se
hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose a algo de que ya habían tratado
anteriormente.
-Ni los he podido contar -respondió el interpelado-; ¡un enjambre!...
Parece que esta noche será la última que se reúnen.
-¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad a estas
horas?
-Lo ignoro...; pero ello es que aguardan a alguien que debe llegar esta
noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un
profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas. «No hay duda -pensaba entre
sí-; mi padre ha sorprendido nuestro amor y prepara alguna venganza horrible. Es preciso
que yo sepa a dónde van, qué
hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.»
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas que
la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto de un sudor
glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta.
-Bueno hombre -dijo la hermosa hebrea arrojando algunas monedas a su conductor y
señalando un camino estrecho que subía serpenteando por entre las rocas-, ¿es ése el
camino que siguen?
-Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del Moro desaparecen por la izquierda. Después el
diablo y ellos sabrán a dónde se dirigen -respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se
la vio aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas
oscuras y cortadas a pico; después, y cuando hubo llegado a la cima llamada la Cabeza del
Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por último
desapareció entre las sombras de la noche.
III
Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y
como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del
Moro, existían aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina,
anterior a la conquista de los árabes.
En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y
hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una
columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles y
grotescos de informes figuras
humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y
cubiertos de hiedra.
Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le
había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que
debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las
abandonadas ruinas de la iglesia.
En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía, Daniel que no
era ya el viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo cólera de sus
pequeños y redondos ojos,
parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud, como él, ávida
de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y parecía
multiplicarse dando órdenes a los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo,
en fin, con una horrible solicitud de aprestos necesarios para la consumación de la
espantosa obra que había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el
yunque en su covacha de Toledo.
Sara, que a favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo
que hacer un esfuerzo supremo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su
interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de
aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían
esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las
ramas de los zarzales y aplastaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de
hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que a los de su raza los habían
acusado una vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del
Niño Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada
por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos.
Pero ya no le cabía duda alguna: allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles
instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban la víctima.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe
inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse a
la vista de aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba,
presentóse de improviso en el umbral
del templo.
Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; Daniel, dando un paso hacia
su hija en ademán amenazador, le preguntó con voz ronca:
-¿Qué buscas aquí, desdichada?
-Vengo a arrojar sobre vuestras frentes -dijo Sara con voz firme y resuelta- todo el
baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis la víctima para
el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre, porque el
cristiano a quien aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas.
-¡Sara! -exclamó el judío, rugiendo de cólera-. Sara, eso no es verdad; tú no puedes
habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es
verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...
-No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para los suyos, un padre a
quien vosotros enclavásteis en una afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos,
abriéndonos por la eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque
soy cristiana y me avergüenzo de
mi origen.
Al oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en
boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea, y
derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un
espíritu infernal hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para
recibirla, exclamando al dirigirse a los que les rodeaban:
-Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su
religión y a sus hermanos.
IV
Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando a
gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos a los
judíos de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de nuestras
poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía de costumbre, y con su
eterna sonrisa en los labios comenzó a saludar a los que pasaban, sin dejar por eso de
golpear en el yunque con su martillo de hierro; pero las celosías del morisco ajimez de
Sara no volvieron a abrirse, ni nadie vio más a la hermosa hebrea recostada en su
alféizar de azulejos de colores.
..................................................................................................................................................................
Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta entonces
nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador;
flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado sus tallos por entre los uinosos
muros de la derruida iglesia.
Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que
se halló el esqueleto de una mujer y enterrados con ella otros tantos atributos como la
flor tenía.
El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años
con veneración especial en la ermita de San Pedro, y la flor, que hoy se ha hecho
bastante común, se llama Rosa de Pasión.
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INTRODUCCIÓN SINFÓNICA
Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los
extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la
palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más
hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la
cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los
años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión,
los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas
miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las
entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y
convertirse al beso del sol en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que
deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas
ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y
agitándose en terrible, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la
luz, de las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la
forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra tímida y perezosa
se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil
lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas,
si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres:
ellas son la causa desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y
así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí: paseando por entre la indiferente multitud
esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen
un término y a éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus
creaciones, apretadas ya, como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su
fantástica existencia, disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de
una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por
romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Anda, pues! andad y vivid con la única vida que puedo daros.
Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá, aunque
sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar
para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida de frases exquisitas, en las que
os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder
cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar
un preciado perfume. ¡Mas es imposible! No obstante necesito descansar: necesito, del
mismo modo que se sangra el cuerpo, por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con
pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un
desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el
aire la muerte antes que su Creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la
claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en
extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de
la realidad del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero
que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan a la vez que el instrumento las
ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo,
una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El
sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear y las gentes de
diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué casos he soñado y
cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y
personajes reales; mi memoria clasifica, revueltos nombres y fechas de mujeres y días que
han muerto o han pasado con los de días y mujeres que no han existido sino en mi mente.
Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte sin que vengáis a ser
mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id,
pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que
encontraron en un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus
esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje; de una hora a otra
puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No
quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un
saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los
desvanes del cerebro.
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Yo tengo una particular predilección hacia todo lo que no puede vulgarizar el contacto o
el juicio de la multitud indiferente. Si pintara paisajes, los pintaría sin figuras. Me
gustan las ideas peregrinas que resbalan sin dejar huella por las inteligencias de los
hombres positivistas, como una gota de agua sobre un tablero de mármol. En las ciudades
que visito busco las calles estrechas y solitarias: en los edificios que recorro los
rincones oscuros y los ángulos de los patios interiores donde crece la yerba, y la
humedad enriquece con sus manchas de color verdoso la tostada tinta del muro; en las
mujeres que me causan impresión, algo de misterioso que creo traslucir confusamente en el
fondo de sus pupilas, como el resplandor incierto de una lámpara que arde ignorada en el
santuario de su corazón, sin que nadie sospeche su existencia; hasta en las flores de un
mismo arbusto creo encontrar algo de más pudoroso y excitante en la que se esconde entre
las hojas y allí, oculta, llena de perfume el aire sin que la profanen las miradas.
Encuentro en todo ello algo de la virginidad de los sentimientos y de las cosas.
Esta pronunciada afición degenera a veces en extravagancia y sólo teniéndola en cuenta
podrá comprenderse la historia que voy a referir.
I
Vagando al acaso por el laberinto de calles estrechas y tortuosas de cierta antigua
población castellana, acerté a pasar cerca de un templo en cuya fachada el arte ojival y
el bizantino, amalgamados por la mano de dos centurias, habían escrito una de las
páginas más originales de la arquitectura española. Una ojiva, gallarda y coronada de
hojas de cardo desenvueltas, contenía la redonda clave del arco de la iglesia, en la que
el tosco picapedrero del -siglo XII dejó esculpidas, en interminables hileras de figuras
enanas y características de aquel siglo, las más extrañas fantasías de su cerebro,
rico en leyendas y piadosas tradiciones. Por todo el frente de la fachada se veían,
interpolados con un desorden, del cual no obstante resultaba cierta inexplicable armonía,
fragmentos de arcadas románicas incluidas en lienzos de muro, cuyos entrepaños dibujaban
las descarnadas líneas de los pilares acodillados, con sus basas angulosas y sus
capiteles de espárrago, propios del género gótico; trozos de molduras compuestas de
adornos circulares combinados geométricamente que se interrumpían a veces para dejar
espacio a la ornamentación afiligranada y ondeante de una ventana de arco apuntado,
enriquecido de figurinas más airosas y altas, y adornada de vidrios de colores.
Adonde quiera que se fijaban los ojos, podían observarse detalles delicados de los dos
géneros a que pertenecía el edificio y muestras de la feliz alianza con que la
generación posterior supo, imprimiéndole su sello especial, conservar algo de la
fisonomía y el espíritu severo y sencillo en su tosquedad, del primitivo monumento.
Siguiendo una invariable costumbre mía, después de haber contemplado atentamente la
fachada del templo, de haber abarcado el conjunto del pórtico, con la cuadrada torre
bizantina y las puntas de las agudas flechas ojivales que coronaban, flanqueándola, la
cúpula de la nave central, comencé a dar vueltas alrededor de su recinto, inspeccionando
sus muros, que ora, se presentaban en lienzos de prolongadas líneas, ora se escondían
tras algunas miserables casuquillas adosadas a los sillares, para asomar mar a lo lejos
sus dentelladas crestas por cima de los humildes tejados. A poco de comenzada esta
minuciosa inspección de la parte exterior del templo, y habiendo cruzado por debajo de un
pasadizo cubierto que, a manera de puente, unía la iglesia a un antiguo edificio contiguo
a ella, me encontré en una pequeña plaza de forma irregular, cuyo perímetro dibujaban
por un lado la antiquísima portada de un palacio en ruinas, y por otro las altas y
descarnadas tapias del jardín de un convento; ocupando el resto y cerrando el mal trazado
semicirlo de aquella placeta sin salida, parte de la vetusta muralla romana de la
población y el ábside del templo que acababa de admirar, ábside maravilloso de color y
de formas, y en el cual, satisfecho sin duda el maestro que lo trazó, al verle tan
gallardo y rico de líneas y accidentes, empleó para ejecutarle los más hábiles
artífices de aquella época, en que era vulgar labrar la piedra con la exquisita ligereza
con que se teje un encaje.
Por grande que sea la impresión que me causa un objeto, expuesto de continuo a la mirada
del vulgo, parece como que la debilita la idea de que aquella impresión tengo que
compartirla con muchos otros. Por el contrario, cuando descubro un detalle o un accidente
que creo ha pasado hasta entonces desapercibido, encuentro cierta egoísta voluptuosidad
en contemplarle a solas, en creer que únicamente para mí existe guardado, para que yo lo
aspire y goce un delicado perfume de virginidad y misterio. Al encontrar en el ángulo de
aquella pequeña plaza, cuyo piso cubierto de menuda yerba indica bien a las claras su
soledad continua, el cubo de piedra, flanqueado de arbotantes terminados en agudos
pináculos de granito, que constituía el ábside o parte posterior del magnífico templo,
experimenté una sensación profunda, semejante a la del avaro que, removiendo la tierra,
encuentra inopinadamente un tesoro. Y en efecto, para un entusiasta por el arte, aquel
armonioso conjunto de líneas elegantes y airosas, aquella proporción de ojivas rasgadas
y llenas de delicadas tracerías, por entre cuyos huecos se dibujaban confusamente los
vidrios de color, enriquecidos de imágenes, hojas revueltas y blasones heráldicos, junto
con las grandes masas de sombra y luz que ofrecían los pilares, al presentarse iluminados
de una claridad dorada, mientras bañaban los muros con sus anchos batientes azulados y
ligeros, constituían una verdadera maravilla.
Largo rato estuve contemplando obra tan magnífica, recorriendo con los ojos todos sus
delicados accidentes y deteniéndome a desentrañar el sentido simbólico de las
figurillas monstruosas y los animales fantásticos, que se ocultaban o aparecían
alternativamente entre los calados festones de las molduras. Una por una admiré las
extrañas creaciones con que el artífice había coronado el muro para dar salida a las
aguas por las fauces de un grifo, de una sierpe, de un león alado o de un demonio
horrible con cabeza de murciélago y garra de águila; una por una estudié asimismo las
severas y magníficas cabezas de las imágenes de tamaño natural que, envueltas en
grandes paños, simétricamente plegados, custodiaban inmóviles el santuario, como
centinelas de granito, desde lo alto de las caladas repisas que formaban, al unirse y
retorcerse entre sí las hojas y los nervios de los pilares exteriores. Todas ellas
pertenecían a la mejor época del arte ojival ofreciendo en sus contornos generales, en
la expresión de sus rostros y en la propia y acentuada plegería de sus ropas el modelo
perfecto del misterioso canon establecido por los ignorados escultores que, siguiendo una
tradición que arranca de las logias germanas, poblaron de un mundo de piedra las
catedrales de toda la Europa.
Heraldos con blasonadas casullas, ángeles con triples alas, evangelistas, patriarcas y
apóstoles llamaban hacia sí, por sus imponentes o graciosas formas, por sus cualidades
de ejecución o de gallardía, la atención y el estudio del que los contemplaba; pero y
entre todas estas figuras una fue la que logró impresionarme con una impresión semejante
a la que al descubrirlo me produjo el ábside de la iglesia: una figura que parecía
reconcentrar todo el interés de aquella máquina maravillosa, para la cual parecía
levantada la mejor y más hermosa parte del monumento como pedestal de una estatua o marco
de un cuadro de la cual podía decirse era la pudorosa flor que, escondida entre las
hojas, perfumaba de misterio y poesía aquella selva petrificada y apocalíptica, en cuyo
seno y por entre las guirnaldas de acanto, los tréboles y los cardos puntiagudos
pululaban millares de criaturas deformes, reptiles, sierpes, trasgos y dragones con alas
membranosas e inmensas.
Yo guardo aún vivo el recuerdo de la imagen de piedra, del rincón solitario, del color y
de las formas que armoniosamente combinadas formaban un conjunto inexplicable; pero no
creo posible dar con la palabra una idea de ella, ni mucho menos reducir a términos
comprensibles la impresión que me produjo.
Sobre una repisa volada, compuesta de un blasón entrelazado de hojas y sostenido por la
deforme cabeza de un demonio, que parecía gemir con espantosas contorsiones bajo el peso
del sillar, se levantaba una figura de mujer esbelta y airosa. El dosel de granito, que
cobijaba su cabeza, trasunto en miniatura de uno de esas torres agudas y en forma de
linterna que sobresalen majestuosas sobre la mole de las catedrales, bañaba en sombra su
frente. Una toca plegada recogía sus cabellos de los cuales se escapaban dos trenzas, que
bajaban ondulando desde el hombro hasta la cintura, después de encerrar como en un marco
el perfecto óvalo de su cara. En sus ojos modestamente entornados parecía arder una luz
que se transparentaba al través del granito; su ligera sonrisa animaba todas las
facciones del rostro de un encanto suave, que penetraba hasta el fondo del alma del que la
veía, agitando allí sentimientos dormidos, mezcla confusa de impulsos de éxtasis y de
sombras de deseos indefinibles...
El sol, que doraba las agudas flechas de los arbotantes, que arrojaba sobre el templo el
dentellado batiente de las almenas del muro y perfilaba de luz el ennegrecido y roto
blasón de la casa solariega, que cerraba uno de los costados de la plaza, comenzó poco a
poco a ocultarse detrás de una masa de edificios cercanos. Las sombras tendidas antes por
el suelo y que insensiblemente se habían ido alargando hasta llegar al pie del ábside,
por cuyos lienzos subían como una marea creciente, acabaron por envolverle en una tinta
azulada y ligera. La silueta oscura del templo se dibujó vigorosa sobre el claro cielo
del crepúsculo que se desarrollaba a su espalda limpio y transparente como esos fondos
luminosos que dejan ver por un hueco las tablas de los antiguos pintores alemanes. Los
detalles de la arquitectura comenzaban a confundirse, los ángulos perdían algo de la
dureza de sus cortes a bisel, las figuras de los pilares se dibujaban indecisas, como
fantasmas sin consistencia, envueltas en la oscuridad que arrojaban sobre ellas los
monumentales doseles.
Inmóvil, absorto en una contemplación muda, yo permanecía aún con los ojos fijos en la
figura de aquella mujer, cuya especial belleza había herido mi imaginación de un modo
tan extraordinario.
Parecíame a veces que su contorno se desfumaba entre la oscuridad, que notaba en toda
ella como una imperceptible oscilación, que de un momento a otro iba a moverse y
adelantar el pie que se asomaba por entre los grandes pliegues de su vestido al borde de
la repisa.
Y así estuve hasta que la noche cerró por completo. Una noche sin luna, sin más que una
confusa claridad de las estrellas que apenas bastaba a destacar unas de otras las grandes
masas de construcción que cerraban el ámbito de la plaza. Yo creía, no obstante,
distinguir aún la imagen de la mujer entre las tinieblas. Mas no era verdad. Lo que veía
de una manera muy confusa era el reflejo de aquella visión, conservada por la fantasía,
porque cuando me separé de allí aún creía percibirla flotando delante de mí entre las
espesas sombras de las torcidas calles que conducía a mi alojamiento.
II
Por qué durante los catorce o quince días que llevaba de residencia en aquella
población, aunque continuamente estuve dando vueltas sin rumbo fijo por sus calles, nunca
tropecé con aquella iglesia y aquella plaza, y desde la tarde en que la descubrí, todos
los días fuera el que fuese el camino que emprendiera siempre iba a dar a aquel sitio, es
lo que yo no podré explicar nunca, como nunca pude darme razón cuando muchacho por qué
para ir a cualquier punto de la ciudad donde nací eran preciso pasar antes por la casa de
mi novia.
Pero ello era que unas veces de propósito hecho, otras por casualidad, ya porque por las
mañanas se tomaba bien el sol contra la tapia del convento, ya porque al caer la tarde de
un día nebuloso y frío se sentía allí menos el embate del aire diariamente, y a todas
horas podía encontrárseme frente al ábside de la iglesia, sentado en algunas piedras
amontonadas al pie del arco de la antigua casa solariega, y con los ojos clavados en
aquella figura que parecía atraerme así con una fuerza irresistible.
Más de una vez, deseando llevar conmigo un recuerdo de ella, intenté copiarla. Tantas
como lo intenté rompí en pedazos el lápiz y maldije de la torpeza de mi mano, inhábil
para fijar el esbelto contorno de aquella figura. Acostumbrado a reproducir el correcto
perfil de las estatuas griegas, irreprochables de forma pero debajo de cuya modulada
superficie cuando más se ve palpitar la carne y plegarse o dilatarse el músculo, no
podía encontrar la fórmula de aquella estatua, a la vez incorrecta y hermosa, que sin
tener la idealidad de forma del antiguo, antes por el contrario, rebosando vida real en
ciertos detalles, tenía, sin embargo, en el más alto grado el ideal del sentimiento y la
expresión. Inmóvil, las ropas cayendo a plomo y vistiendo de amplios partados de
pliegues el tronco para detenerse, quebrando las líneas al tocar el pedestal, los ojos
entornados, las manos cruzadas sobre un libro de oraciones, y el largo brial perdido entre
las ondulaciones de la falda, podía asegurarse, hacía al menos el efecto de que debajo
de aquel granito circulaba como un fluido sutil un espíritu que le prestaba aquella vida
incomprensible, vida de idea sin movimiento y sin agitación, vida extraña que no he
podido traslucir jamás en esas otras figuras, cuyas ropas mueve el aire al marchar, cuyas
facciones se contraen o dilatan con una determinada expresión y que, a pesar de todo, son
únicamente al tocar la meta de la perfección posible mármol que se mueve como un
maravilloso autómata, sin sentir ni pensar.
Indudablemente la fisonomía de aquella escultura reflejaba la de una persona que había
existido. Podían observarse en ella ciertos detalles característicos que sólo se
reproducen delante del natural o guardando un vivísimo recuerdo. Las obras de la
imaginación tienen muchos puntos de contacto entre sí. Hay una belleza típica y
uniforme hacia la que, así en lo bueno como en lo malo, se nota la tendencia: el placer y
el dolor, la risa y el llanto tienen expresiones especiales, consignadas por las reglas.
La cabeza de aquella mujer rompía con todas las tradiciones, era hermosa sin ser
perfecta; ofrecía rasgos tan propios como los que se notan en un retrato de la mano de un
maestro, el cual tiene tanta personalidad, por decirlo así, que aun sin conocer el tipo a
que se refiere, se siente la verdad de la semejanza. Cada mujer tiene su sonrisa propia y
esa suave dilatación de los labios toma formas infinitas, perceptibles apenas, pero que
les sirve de sello. La hermosa mujer de piedra que contemplaba extasiado, tenía asimismo
una sonrisa suya, que le daba tal carácter y expresión que enamorarse de aquel gesto
especial era enamorarse de aquella escultura, pues no sería posible hallar otra
perfectamente semejante. Con los ojos entornados y los labios ligerísimamente
entreabiertos parecía que pensaba algo agradable y que la luz de su pura e interior
alegría se revelaba por medio de reflejos imperceptibles, como se acusa por la
transparencia la luz que arde dentro de un vaso de alabastro. ¿Pero quién era aquella
mujer? ¿Por qué capricho el escultor interrumpiendo la larga fila de graves personajes
que rodean el ábside, había colocado en el sitio más escondido, es verdad, pero
seguramente el que parecía más misterioso y como el santa santorum de toda la fábrica
arquitectónica, aquella figura que tenía algo de ángel, pero que carecía de alas, que
revelaba en su rostro la dulzura y la bondad de los bienaventurados, pe[ro que] no
ostentaba sobre su cabeza el nimbo celeste [de los santos] y de los apóstoles? ¿Sería
acaso recuerdo de una protectora del templo? No podía ser. Yo había visto posteriormente
la oscura losa sepulcral que cubría los restos del fundador, prelado valeroso que
contribuyó con un rey leonés a la reconquista de aquel pueblo, y en la capilla mayor a
la sombra de un lucillo realzado de gótica crestería, había tenido igualmente ocasión
de examinar las tumbas con estatuas yacentes de los ilustres magnates que en época
posterior restauraron la iglesia, imprimiéndole el carácter ojival. En ninguno de estos
monumentos funerarios encontré un blasón que tuviese siquiera un cuartel del que se
veía en la repisa de la estatua del ábside. ¿Quién podría ser entonces? Es muy común
encontrar en las portadas de las catedrales, en los capiteles de los claustros y las entre
ojivas de la urna de los sepulcros góticos multitud de figuras extrañas, y que sin
embargo parece que se refieren a personajes reales, indescifrable simbolismo de los
escultores de aquella época con el cual escribían a la manera que los egipcios en sus
obeliscos, sátiras, tradiciones, páginas personales, caricaturas, o fórmulas
cabalísticas de alquimia o adivinación. Cuando la inteligencia se ha acostumbrado a
deletrear esos libros de piedra poco a poco se va haciendo la luz en el caos de líneas y
accidentes que ofrecen a la mirada del profano, el cual necesita mucho tiempo y mucha
tenacidad para iniciarse en sus fórmulas misteriosas y sorprender una a una las letras de
su escritura jeroglífica. A fuerza de contemplación y meditaciones, yo había llegado
por aquella época a deletrear algo del oscuro germanismo de los monumentos de la Edad
Media; sabía buscar en el recodo más sombrío de los pilares acodillados el sillar que
contenía la marca masónica de los constructores, calculaba con acierto el machón o la
parte del muro que gravitaba sobre [el arca] de plomo o la piedra redonda en que se
grababan [con el nombre] de secta del maestro, su escuadra, el martillo y la simbólica
estrella de cinco puntas, o la cabeza del pájaro que recuerda el ibis de los faraones.
Una parábola, aun bajo el segundo velo, una alusión histórica o un rasgo de las
costumbres, aunque ataviadas con el disfraz místico, no era fácil que pasase
desapercibido a mis ojos si la hacía objeto de inspección minuciosa. No obstante, por
más que buscaba la cifra del misterio, sumando y restando la entidad de aquella figura
con las que la rodeaban, por más que trataba de encontrar una relación entre ella y las
creaciones de los capiteles y franjas, algunas de efecto microscópico, y combinaba el
todo con la idea del diablo que abrazaba el escudo, gimiendo bajo el peso de la repisa,
nunca veía claro, nunca me era posible explicarme el verdadero objeto, el sentido oculto,
la idea particular que movió al autor de la imagen para modelarla con tanto amor e
imprimirle tan extraordinario sello de realismo. Cierto que algunas veces creía ver
flotar ante mi vista el hilo de luz que había de conducirme seguro a través del dédalo
de confusas ideas de mi fantasía y por un momento se me figuraba encontrar y ver palpable
la escondida relación de los versos sueltos de aquel maravilloso poema de piedra, en el
cual se presentaba en primer término y rodeaba de ángeles y monstruos, de santos y de
hijos de las tinieblas, la imagen de la desconocida dama, como Beatriz en la divina y
terrible trilogía del genio florentino, pero también es verdad que, después de
vislumbrar todo un mundo de misterios como iluminado por la breve luz de un relámpago,
volvía a sumergirme en nuevas dudas y más profunda oscuridad.
Entregado a estas ideas pasaba días enteros...
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